La triple cicatriz del caso Déborah Fernández

La novela de Darío Vilas recrea el crimen real de Déborah Fernández con una atmósfera perturbadora que retiene la atención del lector. Pero Una cara conocida (Insólita) va más lejos del relato trepidante para subrayar el daño que generó un caso sin resolver, como este. La novela vuelve a las librerías en edición revisada.
© VICENTE MANJÓN GUINEA 

Una cara conocida, la última novela de Darío Vilas es lo más próximo a una cicatriz abierta. Una llaga física, moral y psicológica. Sin duda alguna y a pesar de las intenciones previas de la editorial de evitar problemas jurídicos, la novela aborda el asesinato de Déborah Fernández. «Cualquier coincidencia con la realidad —tal como dice el apunte introductorio— responde a asociaciones personales del lector».

Interpretaciones como las mías, sobre todo cuando la propia novela reproduce a través de los imaginarios recortes del Diario Decano de Vigo (que por casualidad es en el mundo real El Faro de Vigo) los sucesos que se remontan a la fecha exacta del 30 de abril de 2002, fecha en la que Déborah Fernández desapareció al salir de su casa para hacer running. Hasta que el 10 de mayo del mismo año su cadáver fuera encontrado desnudo a 40 kilómetros de distancia de donde se la vio por última vez, y rodeado de una serie de pistas falsas, como cabellos y restos de semen colocados a propósito con el único fin de despistar en la investigación policial.

Edición mejorada vía Insólita

Sin embargo, la novela, que comienza provocando la necesidad de desvelar los silencios impuestos por la falta de pruebas y supuesta negligencia en la investigación policial, cae en un vacío no deseado por el ávido lector. Pues las indagaciones y la labor arqueológica del escritor quedan sustentadas únicamente en comentarios banales de redes sociales que se parecen más a un cotilleo de portería que a una investigación consciente, planificada y seria.

Pero en contra de lo que uno puede pensar, todo ello viene provocado por el propio minimalismo narrativo, sobrio y a la vez difuso, como la propia construcción del personaje principal de la novela. Un personaje presentado como un hombre melancólico, con ciertas trazas de indolencia, abocado a un destino impuesto, quizá genéticamente, como un simple peón que es arrastrado en un tablero de ajedrez. O mejor aún, como un marino en una barca varada en una roca de alta mar, que es golpeada de un lado a otro por las olas. Asustado y sin querer darse cuenta de que él mismo es el principal culpable de que esto suceda al no tomar el timón y escondido tras su abulia de neblina gallega.

Frente a esto, probablemente, uno de los personajes más sólidos sea la abuela, Amelia, que muestra su energía y su insurrección ante las injusticias. Y su propio carácter y la manera de afrontar las situaciones convierte a Jaime, el protagonista, en un joven perdido con retazos de dignidad y justicia, pero que en realidad son impulsos de lenta ameba hasta el punto de recurrir a la ingesta de ansiolíticos para aplacar el estrés que le produce una discusión en la fila de un supermercado. O que, en su paupérrimo trabajo, se deja maltratar por dos rancios empresarios del chanchulleo.

El personaje principal, lejos de convertirse en un héroe, se nos presenta como un tipo vulnerable y poco fiable, hasta el punto de que, en el avance de la narración, el lector de espíritu rebelde y contestatario puede ver al protagonista, Jaime, como un miserable cobarde que ni tan siquiera tiene los arrestos para proteger a su abuela cuando un espectro se aparece al final del pasillo. Un ánima en pena que, como en el caso de Déborah Fernández ruega memoria para esas mujeres que nunca obtienen justicia. Casos no resueltos que terminan enterrados en el olvido y el dolor, por culpa de una criminalidad inquietante que vive cercana, y de la cual se es consciente.

La novela de Darío Vilas actúa como una llaga física, moral y psicológica.

Y, quizá, sea aquí donde se encuentra el juego de malabares de Darío Vilas. Su truco de ilusionismo que consiste en habernos dejado caer en la trampa de coger inquina al protagonista a medida que avanza la novela. Hasta que, de manera sigilosa y sorprendente, comienzan a manifestarse los síntomas iniciales de las enfermedades mentales. Es entonces cuando uno cae en la cuenta de que tras ese temor de Jaime ante el mundo subyace un trasfondo de secuelas y dolencias psiquiátricas, que se entremezclan con el temor a lo cotidiano. Un miedo al mundo real ante el que no tiene los medios ni el valor suficiente para afrontarlo. Un paralizante terror a la barbarie amenazante que puede estar más cerca de lo que imaginamos. Límites extremadamente fáciles de traspasar entre lo cotidiano y lo siniestro. Es cuando uno toma conciencia de que los antecedentes personales le han marcado en esa parquedad de palabras, en esa inacción ante un entorno alienante.

Por eso, tal y como decía al inicio de esta reseña, la novela de Darío Vilas actúa como una llaga física, moral y psicológica. Física, por el abyecto crimen en sí que forma parte de la novela, aunque sea de manera colateral. Moral, por la vulnerabilidad a la que se ven sometidos los débiles de carácter y las mujeres abusadas. Y psicológica por el perpetuo daño ocasionado a consecuencia de un crimen sin resolver, como en el caso de Déborah Fernández. Por el desamparo institucional al que se ven abocados los carentes de salud mental.

Un panorama tan perturbador como la propia novela del escritor vigués.

 

Una cara conocida, Darío Vilas, Insólita Editorial, febrero de 2026, 256 páginas, 20 euros,


EL AUTOR

F. VICENTE MANJÓN GUINEA (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.

Es autor del ensayo literario titulado De la literatura y las pequeñas cosas y del libro de relatos Altas miras. Como novelista, ha publicado Una lluvia fina mentirosa y Con tal de verte reír.

Editor y escritor del blog de artículos Memoria de un náufrago y colaborador en el Diario Siglo XXI.

Es socio de ACE.