El teatro como literatura rompe la cuarta pared para llegar a cualquier lector

Juan Carlos Rubio, María Velasco y Alfonso Plou, autores de teatro, participaron el pasado 27 de abril en un debate, moderado por Ana Fernández Valbuena, que puso el acento en el carácter literario de todo texto teatral, al margen de su recorrido por las tablas. Tercera sesión de la tercera temporada del ciclo ‘Escribir y sus circunstancias’, organizado por ACE y con apoyo de CEDRO, en la Fundación Ortega-Marañón.
© REDACCIÓN ACE

El teatro tiene un escenario, su misteriosa cuarta pared, su patio de butacas, su tramoya, su apuntador, su telón… y su público. Un público puede estar sentado en palco o platea, pero también en su butacón de orejas favorito de casa, o en el metro, o en la playa. Porque la experiencia teatral, como llegaron a consensuar los dramaturgos que participaron en el debate Vivir de la literatura dramática, tiene una dimensión independiente de las tablas. Y ese hecho, su autonomía como género literario, es algo que hay que seguir reivindicando.

Así lo subrayó Alfonso Plou, veterano dramaturgo o «teatrero», como él mismo se definió, y que a finales de los ochenta comenzó a descollar con la consecución del premio Marqués de Bradomín, por El laberinto de cristal. Plou, que tiene su centro de operaciones teatrales en Zaragoza pero luego se pasa media vida en gira, defendió la literatura dramática como lectura, no solo como representación. De hecho, comentó que conoció a María Velasco, a su lado en la mesa del debate, leyéndola, y no tanto viendo sus obras. Como también le sedujo Humo, una de las obras más conocidas de Juan Carlos Rubio, también presente, como ejemplo de autor interesante al que seguir a partir de un texto.

El aludido Rubio discrepó en el modo de crear esas obras, de mandarlas a la imprenta. Desde su experiencia, todas las obras que ha publicado han alcanzado esa condición una vez han sido estrenadas. Como si la edición fuera una etapa final y quizá hasta secundaria dentro del proceso, de la vida, de una obra de teatro. Insistió en que necesita ver que ha funcionado en escena, que todos los elementos han empastado (dentro de lo posible) y que, en fin, el texto puede tener otra vida más allá de los escenarios. Y ponerse a disposición, claro está, de otros directores que la puedan tener en cuenta para hacer con ella otro montaje (entrando ahí en juego los derechos de autor por obra representada, es decir, los derechos de representación, que son los que, si la obra tiene recorrido, generan cantidades más sustanciosas).

«Velasco: Me atraen los textos que no son inmediatamente representables»

Porque el flanco editorial sigue siendo débil, como lamentó el propio  Alfonso Plou, que cada año comprueba la magra presencia de títulos netamente teatrales en los puestos de Sant Jordi, algo que sucede también en la distribución habitual. «Uno se cansa de arrodillarse para encontrar el estante de teatro», dijo, con un punto de ironía, al referirse a tantas y tantas librerías en España que apenas dedican espacio a la dramaturgia.

De izq a derecha: Alfonso Plou, María Velasco, Ana Fernández Valbuena y Juan Carlos Rubio, en una de las salas de la Fundación Ortega-Marañón

La miseria no es romántica

María Velasco, que entre sus muchos reconocimientos atesora el Premio Nacional de Narrativa Dramática 2024, quitó valor a esa romantización de la miseria en la que no pocas veces se cae en el mundo del teatro, las giras, los estrenos, los ensayos. Para ella, pagarse una comida, una noche de hotel, una ropa para una función o cualquier otro gasto relacionado con el proyecto que se esté llevando a cabo ya es co-producción, y como tal debería estar considerado.

Velasco, que ha publicado títulos como Talaré a los hombres de sobre la faz de la tierra, se considera ante todo escritora. Luego descubrió las capacidades del cuerpo como motor de expresión, incluso como vehículo de un erotismo cargado de posibilidades para una dramaturga. Y aunque defiende la dignidad del oficio, eso no significa, al menos en su casa, tener que traicionar la propia obra, la propia trayectoria. Velasco se mantiene fiel a un tipo de teatro que, desde sus inicios «batalleros y garajeros», han logrado encontrar un hueco. Y cuando no lo encontraban, pues a menudo eran acogidos como «extraños», ha sido ella quien se las ha ingeniado para llevar adelante, cogiendo el toro de la producción por los cuernos, dichos montajes.

Eso no es un camino de rosas, pero también se aprende y se va construyendo una red de afectos, una comunidad. Todo ello sin miedo a dar algún que otro en falso, como animaba Samuel Beckett, filosofía que comparte la propia Velasco: «Fracasa y fracasa cada vez un poco mejor». Como autora, también defiende el reto de textos que no lo pongan fácil, que no sean inmediatamente representables y defiende una autoría compartida, con procesos que diluyen las identidades, las autorías, el ego, en pos de una creación compartida. Una apuesta radical, si se quiere, que no obstante le ha colocado en una posición de referencia dentro de la escena teatral contemporánea.

Eso sí, Velasco sueña con que se rompa no ya la cuarta pared, sino esa frontera que existe aún entre el pueblo llano y los escenarios, hábitat aún reservado a unas élites, aunque las salas se encuentren en barrios tan populares como el Lavapiés que acoge la sala Valle-Inclán del Centro Dramático Nacional.

El apoyo editorial

De la vertiente como autor dramático, Juan Carlos Rubio, que empezó a publicar sus incontables obras en 1997, señaló el valor de editoriales como Antígona, sello dirigido por Conchita Piña, que da todo un soporte y una proyección, tanto nacional como internacional a los textos, como se vio, por cierto, en una sesión dedicada específicamente al libro teatral, y en la que participó la propia Piña. Para Rubio, cualquier tiempo pasado no fue mejor: no está tan lejos aquella época en el que en la mítica y desaparecida librería teatral La Avispa se trasegaban textos fotocopiados bajo manga a la manera del trapicheo de sustancias mucho más prohibida. Por suerte, destacó Rubio, el sector se ha profesionalizado y organizado considerablemente de un par de décadas a esta parte.

Rubio: «Necesito estrenar la obra antes de publicar el texto».

¿Y se vende? ¿Hay quien puede vivir del libro teatral? Manuel Rico, presidente de ACE y presente en la sala, lanzó la pregunta que muchos asistentes esperaban. Ana Fernández Valbuena, directora del Centro de Documentación de las Artes Escénicas y de la Música y que ejerció de maestra de ceremonias, puso el ejemplo de Juan Mayorga, quizá el autor teatral español vivo más prestigioso. ¿Vive de los libros? No, pero estos ejercen de la mejor carta de presentación posible, más aún si están traducidos a varias lenguas, lo que multiplica las posibilidades de representación de dichos textos. Se accede así a unas cuantías, en concepto de derechos de representación mucho más considerables que las que se obtienen por los royalties tradicionales de la venta del libro, sea teatro o novela, que no pasan del 10 %.

¿Vivir del teatro? Los asistentes abrazaron la idea de una vida dedicada al teatro, desde la pasión, que suele ser un camino sensato que a la postre, con un poco de suerte, brinda las debidas recompensas.