Marina Casado convierte la fragilidad en permanencia

Marina Casado (Madrid, 1989) profundiza en los grandes temas de su obra —memoria, amor, pérdida— en Un mar que nadie mira, un poemario cargado de una intensa belleza que invita a la reflexión.

© JESÚS CÁRDENAS

 

La poesía de Marina Casado se ha ido construyendo, libro a libro, como una indagación lírica en la memoria, el tiempo y las formas de la pérdida. Ensayista especializada en la Generación del 27, novelista y crítica literaria, su trayectoria revela una voz cada vez más depurada y consciente de sus propios símbolos. En Un mar que nadie mira —galardonado con el 46 Premio Literario Kutxa Fundazioa de Poesía en Castellano y publicado por Reino de Cordelia— esa búsqueda alcanza una de sus formulaciones más hondas y sugestivas. El mar, la infancia, la muerte y el amor configuran aquí un territorio emocional donde la experiencia íntima se transforma en reflexión compartida.

Desde el inicio, el libro instala una conciencia de fugacidad que remite al viejo tempus fugit, aunque reformulado desde una sensibilidad contemporánea y meditativa. Se trata de la tentativa de rescatar, mediante la palabra, aquello que parecía condenado a desaparecer. De ahí que el mar funcione como símbolo central: espacio de origen, refugio de la infancia y también escenario de pérdida. La escritura se convierte así en una forma de resistencia frente al olvido.

Edita Reino de Cordelia

La sólida arquitectura intertextual del poemario confirma, además, la inteligencia literaria de Casado. Las referencias a Rafael Alberti, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Juan Ramón Jiménez, Francisco Brines o María Victoria Atencia conforman una conversación viva con la tradición. A ello se suman ecos de Ida Vitale, Constantino Cavafis, Francis Scott Fitzgerald e incluso referencias musicales ligadas a Jim Morrison. Todo este entramado amplía el sentido del libro y lo dota de una resonancia particularmente rica.

El volumen se organiza en cuatro secciones de extensión desigual pero perfectamente cohesionadas. La primera, «El mar», concentra algunos de los poemas más representativos del conjunto. Predominan aquí las composiciones breves y un ritmo endecasilábico que aporta una musicalidad serena y envolvente. Ya en versos de «Las adelfas», título machadiano, como «Mi historia es diminuta como un mundo. / En un instante descubrí / la hermosura y la muerte» se advierte una de las claves del libro: la convivencia entre revelación y pérdida. La experiencia humana aparece reducida a un instante donde belleza y conciencia de finitud se descubren simultáneamente.

A partir de ahí, los poemas avanzan hacia un despojamiento expresivo muy eficaz. Casado evita el exceso retórico y apuesta por una dicción limpia, capaz de convertir la evocación en reflexión lírica. En «Un mar que nadie mira», por ejemplo, escribe: «Imágenes sin nombre, / dentro de la memoria, / […] defienden / la persistencia inútil del recuerdo». El recuerdo se presenta como resistencia frágil y casi clandestina frente al desgaste del tiempo. La memoria apenas si sostiene destellos. Sin embargo, precisamente en esa precariedad reside la emoción del poema. También lo comprobamos en el inicio metafórico de «Sonámbula», donde se lee: «Mi cuerpo es el altar de un viejo deseo. / Estoy enferma de voces que susurran / hasta traer de vuelta a los ausentes».

La muerte y la orfandad atraviesan también esta primera sección. En «Boceto para un apocalipsis», Casado proyecta el final del mundo para regresar, paradójicamente, a un espacio de protección: «Yo solo volvería a aquel viejo jardín / para esperar despierta / junto al ángel gastado de las cosas que fueron». El jardín y el ángel condensan aquí una nostalgia de la inocencia perdida. Frente al desastre, el sujeto busca refugio en aquello que la memoria todavía conserva iluminado.

Cada poema parece avanzar entre claridad y misterio.

La segunda sección, «Escondites», desplaza el foco hacia los paisajes de la evocación. Los lugares adquieren entonces una dimensión introspectiva: son depósitos emocionales donde persisten restos del pasado. La mirada reconstruye fragmentos de identidad a través de espacios aparentemente cotidianos. En esta sección destacan también varios poemas nacidos a la luz de referentes culturales. «Edfu», inspirado en el templo egipcio, abre con unos versos especialmente sugerentes: «Se han quedado dormidos los relojes / en un siglo lejano que vuelve la mirada». La suspensión temporal transforma el paisaje histórico en experiencia viva. El pasado deviene entonces en espejo del presente. Algo semejante ocurre en «Thot» o en «Jim Morrison contempla El jardín de las delicias», donde la autora articula un diálogo audaz entre mito, arte y cultura contemporánea.

Con «Los que duermen», tal vez la sección más intensa del libro, emerge una conciencia más nítida de la vulnerabilidad humana. Aquí Marina Casado demuestra una notable habilidad para condensar pensamiento y emoción en poemas breves de gran fuerza lírica. «Acantilado» resulta ejemplar en este sentido: «Me alimento de música / para olvidar el precipicio. // Es inútil mi afán: / ya nada será mío / salvo este incendio». La música aparece como refugio momentáneo frente al vértigo existencial, aunque finalmente solo permanezca el incendio interior, símbolo de una identidad herida pero aún viva.

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La poeta, en un acto reciente

En otros textos, el amor comparece atravesado por la conciencia de despedida. La composición «Tampoco el amor podría salvarnos» contiene algunos de los versos más conmovedores del libro: «Somos extrañamente transparentes / en el momento de la despedida». La transparencia implica aquí despojamiento absoluto. Solo cuando todo parece extinguirse emerge la verdad más desnuda del vínculo amoroso. Casado convierte así la fragilidad afectiva en una forma de conocimiento.

Por último, «Certeza», introduce una modulación distinta. Sin abandonar la conciencia de pérdida, el libro se abre ahora hacia una afirmación del amor como fuerza reparadora. En «Te llamé y el amor / amaneció en tu nombre», el sentimiento amoroso adquiere una dimensión casi epifánica. La oscuridad que dominaba las secciones anteriores comienza a iluminarse, porque el amor ofrece una mano tendida frente al vacío. Por eso los poemas finales avanzan hacia una calidez nueva, donde la intimidad compartida se convierte en refugio contra la incertidumbre. La imagen esperanzadora de «Nos guiarán por los oscuros túneles del mundo» sugiere precisamente ese tránsito por la sombra acompañado por una presencia salvadora.

Formalmente, el libro destaca por un lenguaje fluido, inteligente y de gran capacidad evocadora. Marina Casado combina una dicción sobria con imágenes de fuerte intensidad simbólica. La musicalidad se conjuga con naturalidad a la idea que se transmite. Su lirismo evita tanto la abstracción hermética como el sentimentalismo fácil. Cada poema parece avanzar entre claridad y misterio, entre contemplación y revelación, entre el jardín y las puertas del sueño.

En definitiva, Un mar que nadie mira confirma a Marina Casado como una de las voces más sólidas y sugestivas de su generación. Entre memoria, amor y pérdida, el libro levanta una geografía íntima donde la palabra poética resiste al tiempo y convierte la fragilidad en una forma luminosa de permanencia.

 

Un mar que nadie mira, Marina Casado. Reino de Cordelia. Colección Los Versos de Cordelia, 2026, Madrid, 144 p., 14,95 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.