Rocío Rojas-Marcos aborda en Miedo una exploración precisa de la angustia como experiencia íntima y como construcción verbal. El libro indaga en cómo el lenguaje nombra, fija y transforma el temor, hasta convertirlo en materia poética y en una forma de conocimiento.
Por Jesús Cárdenas
Hay una oscuridad particular que habita en los intersticios de la noche, cuando el alma se queda a solas con sus propias sombras. Es en esa penumbra donde nace el verdadero terror, aquel que germina desde las raíces mismas de nuestra existencia. Rocío Rojas-Marcos, profesora de Estudios Árabes e Islámicos, comprende esta verdad con una lucidez que desarma. En su quinto volumen lírico, Miedo, editado por la Fundación José Manuel Lara en la prestigiosa colección, la creadora sevillana pretende dialogar con aquella angustia que nos paraliza y, paradójicamente, nos mantiene vivos.
Lo que distingue a esta publicación de otras indagaciones sobre el pánico humano es su doble naturaleza: es al mismo tiempo una confesión íntima y un manual de supervivencia. Rojas-Marcos, quien ya había dejado huella con títulos anteriores como Habitada por palabras (2020), GMTT (2021), Y si supieran (2022) y el evocador Anoche soñé que regresaba a Manderley (2023, reeditado en 2024), construye aquí una arquitectura poética que respira en dos tiempos distintos, como si el latido de su propia inquietud necesitara distintas cadencias para revelarse.
La primera sección, que lleva el mismo título que el conjunto, se compone de cuatro composiciones extensas donde los versos se despliegan con la fuerza de una corriente torrencial. Aquí la voz poética adopta la segunda persona, creando un extrañamiento formal y ético: hablarse como «tú» implica desdoblarse, observar el propio miedo desde una cierta distancia que permite soportarlo. El miedo se aborda desde una especie de teatralización interior.
En «Algunos temores», el texto inaugural, el sujeto poético enuncia una verdad casi existencial: «Hay muchas cosas que te dan pánico / […] porque cuando las cosas tienen nombre / existen / pesan y deambulan». Nombrar es materializar. El miedo, antes difuso, adquiere densidad al ser verbalizado. Y esa densidad es física, casi opresiva. El lenguaje no libera; vuelve pesado lo invisible. Lo no dicho no desaparece, pero lo dicho deja de ser evitable.
En este primer bloque se percibe una conciencia clara del valor performativo del lenguaje. Nombrar supone enfrentarse a lo nombrado. El poema avanza como un catálogo emocional donde lo abstracto —la guerra, la mentira, la culpa, el silencio— se vuelve materia casi tangible. «Apisonadora / que surca la rutina de días frágiles»: la imagen golpea con precisión. El miedo se presenta como maquinaria que atraviesa la vida cotidiana.
Uno de los aciertos del libro reside en cómo lo abstracto se concreta sin perder su capacidad simbólica. En «Lo que da más miedo / cuando se hace real / es que sonría», el terror no proviene de lo monstruoso evidente, sino de lo familiar que adopta una forma demasiado humana. Esa sonrisa desestabiliza porque es íntima, casi doméstica. El miedo se infiltra en lo reconocible.
En otro momento, el sujeto se observa desde fuera: «Te miras desde fuera: / pareces una mala pieza de cerámica / […] pero te sirve. Por eso escribes: / por reconocer tus límites». Aquí la escritura aparece como dispositivo de autoconocimiento, pero también de reparación. La imagen de la cerámica rota remite a la posibilidad de recomposición. El yo es «territorio invadido», pero también territorio que puede leerse, interpretarse, quizá reorganizarse.
Este desplazamiento progresivo del yo —de la observación externa a la afirmación interna— alcanza un punto decisivo en «El nombre del miedo», donde el poema se articula casi como una serie de mantras fragmentarios: «se ha roto el cristal de una ventana». La repetición no busca insistencia vacía, sino fijación de una imagen que actúa como núcleo emocional. El cristal roto es más que un objeto: es una fisura en lo cotidiano que permite ver lo que había detrás.
La poesía de Rojas-Marcos busca la claridad.
Es especialmente interesante la dimensión metaliteraria que aparece en estos textos. Cuando se afirma: «Una vida vale menos / que un cristal roto», el poema introduce una reflexión incómoda sobre la jerarquía de valores en la contemporaneidad. El miedo es también estructural, social, incluso político. La fragilidad de la vida frente a la sustituibilidad de los objetos revela una conciencia crítica que atraviesa el conjunto.
La autora, en una foto promocional
El tránsito narrativo que recorre esta primera sección constituye uno de los logros más sólidos del libro. El paso de la segunda persona a la primera no es solo un recurso gramatical, sino una transformación ética. El «tú» inicial permite observar el miedo sin colapso inmediato; el «yo» final implica asumirlo. «Ahí estoy yo de pie»: la frase sugiere presencia. Estar de pie es permanecer. La propia autora ha señalado en diversas ocasiones que poner palabras a la angustia permite modificar su relación con ella. Se trata de hacer habitable el miedo. Esta idea atraviesa todo el volumen: la poesía reconfigura la percepción del daño.
La segunda parte, «Gaman», introduce un cambio de ritmo que no rompe el sentido del conjunto, sino que lo condensa. El término japonés remite a la capacidad de soportar la adversidad sin rendición visible. Los treinta haikus funcionan como destilaciones extremas del material anterior. Estos textos breves actúan como desplazamientos de intensidad. «Suenan cristales / realidad difusa / ruptura azul»: el lenguaje se fragmenta hasta convertirse en percepción pura. En «Escucha el grito / a través del cristal / luz roja y fría», la distancia entre percepción y objeto se vuelve esencial. El mundo se presenta atravesado por superficies que lo deforman. «Querías fuego / para barrer cenizas. / Solo hubo escarcha»: aquí la expectativa frustrada se resuelve en constatación. El lenguaje mínimo adquiere una capacidad de impacto que proviene de su economía. Lo esencial es que la brevedad, intensifica el sentido. Cada haiku concentra el miedo en estado puro.
Lo que atraviesa Miedo es la voluntad de hacer la angustia visible sin destrucción. La poesía de Rojas-Marcos busca la claridad.
En conjunto, la fuerza del volumen reside en su capacidad para mantener lo pequeño, la imagen mínima, como núcleo de una tensión que no se disipa. Encontramos una poesía que obliga a percibir, a conjugar tiempo, espacio, identidad y deseo, transformando lo cotidiano y fragmentario en territorio de asombro. La antología demuestra que la dimensión surrealista está en la intensidad de lo comprimido, en la capacidad de sostener mundos en un detalle, en un susurro de imagen que persiste después de la lectura.
Miedo, Rocío Rojas-Marcos, Vandalia Fundación José Manuel Lara, nov. de 2025, 96 páginas, 11,90 euros.
EL AUTOR
JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.
Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.
Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.



