La segunda y última sesión de ‘Archipiélagos de la literatura europea’ cedió el paso a las librerías, con la participación de la responsable de una de las más dinámicas del país, la Ramon Llull, con la presencia de su responsable, Almudena Amador, que celebró el buen momento, que, a su juicio, vive el tejido editorial español. Una librería conocida también por su compromiso con la traducción y el valor de puente cultural que representa.
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En tiempos en que la geopolítica no invita al optimismo, con amenazas de destruir civilizaciones enteras de la noche a la mañana, sumado a la tendencia apocalíptica habitual, escuchar el testimonio de agentes culturales como Almudena Amador, responsable de la librería Ramon Llull (Valencia) es todo un «gozo», por usar un término que se pudo escuchar varias veces en la sesión celebrada en la Residencia de Estudiantes (Madrid).
Porque si bien, reconoció, hay quien desengaña al levantar un negocio sin conocer antes las «bambalinas» del mismo, en su opinión se vive un «momento luminoso para el sector librero», con «herramientas muy valiosas que antes no había». Un escenario favorable en el que la mayor pega, según Amador, sería esa tendencia acelerada, con sobreproducción y mesas de novedades inabordables, lo que no quita para afirmar que «los mimbres del mundo del libro son inmejorables». Entre esos elementos que permiten dotar de vida cultural a las librerías, se encuentran también las ayudas públicas que ofrece el Ministerio de Cultura, como la última destinada a la Revalorización cultural y modernización de las librerías.
Habrá quien se sorprenda de esa visión tan jubilosa en un momento en que abren librerías, cierto, pero cierran otras muchas, algunas víctimas de unos alquileres leoninos que tumban cualquier sostenibilidad posible en los balances de ingresos y gastos anuales. Y habrá quien piense también que el buen hacer, la pasión por la lectura y, sobre todo, una profesionalidad a prueba incluso de tragedias climáticas, explican también la salud del proyecto.

Almudena Amador, en conversación con el traductor Mateo Pierre Amit Ferrero, en la Residencia de Estudiantes
La literatura se traduce en cultura
Porque la librería Ramon Llull ha ganado prestigio, como demuestra el flamante galardón del año pasado, otorgado por colegas de profesión como reconocimiento a una labor que se extiende ya más de un cuarto de siglo, gracias a una apuesta firme por convertir a la librería en algo mucho más atractivo y poderoso que un contenedor de libros. A saber, en palabras de la propia librera: «Darle una vuelta a la presentación al uso, hacer propuestas, establecer conversaciones, generar interés y curiosidad y celebrar el conocimiento. Cuando alguien sabe mucho y lo transmite bien, el gozo se multiplica. Se intenta que la programación tenga una vertiente de aprendizaje y de diálogo».
Dotar de personalidad y, sobre todo, de vida, cultural, intelectual, se consigue con perseverancia. Y entendiendo la cultura como algo más que un concepto simpático: ejemplo de esa actitud lo encontramos en su apoyo a las traductoras y traductores que hacen posible que otras culturas, a través del vehículo de una lengua extraña que deja de serlo gracias a su labor, brillen en forma de libro. Una sección ordenada por orden alfabético pone en valor (reivindiquemos esa expresión a falta de otras) el trabajo de esos escritores peculiares que son traductoras y traductores. Así, en la A encontramos los trabajos de Selma Ancira, con sus aplaudidas traducciones de Tolstói en Acantilado, y las obras traducidas de Marian Ochoa de Eribe, Javier Calvo, Rubén Martín Giráldez o Inga Pellisa, por citar algunos de los mejores traductores en ejercicio.
«Buscamos establecer conversaciones, generar curiosidad y celebrar el conocimiento».
Otra muestra de su amor y trabajo de reconocimiento de la figura del traductor es el club de lectura de literatura traducida que impulsan en la llibreria Ramon Llull. Para ello invitan a traductores, «que son los mejores interlocutores para hablar de un texto», y, como se recordó en una de las sesiones de la jornada anterior, un puente entre culturas. Interlocutores, pero también introductores de figuras literarias que, sin el concurso de esos traductores, no serían conocidos en España. O en los países a cuyas lenguas se adaptan. Ahí están los casos de Natalia Ginzburg o de Vivian Gornick, dos grandes escritoras cuyo trabajo se conoce en nuestro país en buena medida gracias a la labor de traductoras como Mercedes Corral y Raquel Vicedo, que tradujo La mujer y la ciudad, y que, también como editora en Sexto Piso, la acercó a los lectores.
Foco cultural activo y atípico
Inercia o predecible no son dos términos que casen con la filosofía de la librería Ramon Llull. Así lo demostró su responsable, Almudena Amador, al confesar su reticencia al formato de presentación de libro clásica. «No quiero ser un contenedor de giras; la librería puede hacer otras cosas», dijo Amador. Y como muestra están los clubes de lectura, en un formato que no es el convencional. Además del ya citado club de lectura de literatura traducida, con participación activa de las traductoras, destaca, además ya por su longevidad, con quince años de andadura, el club de lectura de literatura japonesa. O el de narrativa breve, que goza también de buena aceptación, normalmente con una duración bimensual.
Además, están los ciclos, una de las actividades que más interesan a Amador y que más proyección dan a la librería, convertida ahora en una suerte de ágora griega en pequeñito. Ciclos como el de traducción literaria, pero también de poesía, literatura china, jornadas sobre pensamiento o cuestiones que surgen a partir de los libros de ensayo, relacionadas con la ciencia o la geopolítica. «Disfruto mucho pensando: relacionando libros, argumentos, confesiones… Me parece interesante. Se aprende», celebró esta librera.
Otra actividad que ilustra bien su compromiso con la cultura más allá del freno que supuso, pongámonos en modo simbólico, la torre de Babel, es la que trajo a Núria Molines, traductora conocida por haber sido capaz de crear su propia línea editorial. Porque, si toda editorial que se precie aspira a construir un catálogo que le represente y además proyecte al mundo los títulos que merecen la pena ser publicados, lo mismo se puede aplicar a la labor de la traducción. Su trabajo en Biografía de X (Alfaguara), de Catherine Lacey, texto especialmente afín al mundo de la traducción, pues presenta el mundo entero como un material que se presta a ser interpretado, descifrado.
Novedades, las justas
Que la librería Ramon Llull sea una de las librerías que todo amante del papel apunta en su particular hoja de ruta tiene mucho que ver por cómo está concebido el espacio. Un poco a contracorriente, un poco como declaración de intenciones, las novedades, efímeras por definición, exentas del poso del tiempo, no son el principal reclamo. No significa eso que el lector que busque la última novela, pongamos, de Emmanuel Carrère o Belén Gopegui no la vaya a encontrar, claro que no; pero las novedades, en esta librería, tienen su espacio: al fondo.
«Disfruto mucho pensando, relacionando libros, argumentos, confesiones…».
Antes, está el fondo (en proporción 20.000 libros, frente a los 1000, oscilantes, que representan las novedades), pero no de cualquier manera, sino según los criterios propios, como las editoriales destacadas con su espacio predominante (Atalanta, o Alba, ahora mismo en el escaparate), o la sección bautizada como Biblioteca Ramon Llull, elaborada en colaboración con algunas de las mejores editoriales del país, que entre todas han elegido hasta setenta de los títulos más representativos de los siglos XIX y XX, y que se exponen cronológicamente.
Una vuelta de tuerca, parafraseando a Henry James, del modo de entender el arte de vender libros, que no solo genera una comunidad y un intercambio vivo, sino que es la mejor herramienta del fomento de la lectura, de la cultura.

Lema del lema de las dos jornadas celebradas el 8 y 9 de abril en Madrid, ‘Archipiélagos de la literatura europea’, con el impuso de ACE Traductores



