En su último poemario, Sandro Luna reivindica el amor, la atención y la experiencia compartida. Y lo hace lo más alejado posible del artificio; lo más cerca de la voluntad de verdad.
© JESÚS CÁRDENAS
Sandro Luna (L´Hospitalet de Llobregat, 1978) pertenece a esa estirpe de poeta profesor, alguien que hace del aula y de la vida un mismo territorio de indagación. Cuenta con seis poemarios, en su mayoría vinculados a premios —¿Estamos todos muertos?, Eva tendiendo la ropa, Casa sin lugar, Fuego de San Telmo, El monstruo de las galletas, La noche que a Eddie Felson le rompieron los dedos— y una antología, Mañana dios dirá (2024). Me reitero en las palabras dichas: su trayectoria es sólida y prolongada, ajena a modas.
Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado obtuvo el I Premio de Poesía Julio Mariscal, publicándose en la colección Pie de Página, bajo el cuidado de José Mateos.
En una reciente entrevista, Luna afirmaba que «la cotidianidad sigue siendo esa fiera indomable que me fascina». Esa declaración encuentra aquí su cauce. Como profesor de instituto, traslada al poema lo aprendido en las aulas y, sobre todo, lo vivido en ellas. Su materia es doble: palabra y experiencia. De ahí que su poesía resulte comunicativa sin renunciar a la música, sostenida por un asombro que convierte lo habitual en revelación.
El volumen se articula en dos partes, con una resonancia bíblica evidente: «Levántate» y «… Y anda». En la primera, la mirada se vuelve hacia el pasado con una ternura sin complacencia. Aparece el estudiante que fue, así como la figura de «Evita» en «Exámenes finales (Ética de Spinoza)», donde se reconoce: «Y escribo estos poemas / que sé que, en realidad, / son esas tonterías / que me ordenan el mundo». En ese gesto se cifra una poética: escribir no como exhibición, sino como forma humilde de sostener el caos.

Sandro Luna (1978) es profesor de instituto. Como poeta, ha recogido varios de los premios más prestigiosos.
El aula reaparece como un escenario vivo, casi palpitante. Allí, el poeta propone a sus alumnos una atención alerta, cercana a lo amoroso: «Cuando se escucha claro me parece / que los ojos son luces que disponen / lo de dentro con tal perseverancia / que la necesidad, / en realidad, no es tanta». La enseñanza deviene así una ética sensorial: aprender a mirar, a escuchar, a habitar el instante.
No obstante, esa mirada no esquiva la aspereza. Las referencias al oficio de profesor atraviesan los poemas («Hablaba a mis alumnos del azar», en «9.8 M/S2») y admiten el tono directo, incluso el exabrupto: «Quiero que se resuelvan / viviendo en puro azar, / en lo puta que, a veces, / es la vida». Sin embargo, ese desgarro convive con la celebración: vivir también «en la alegría, / en ese don tan fértil». El equilibrio no es impostado: la vida es ambas cosas, y el poema las sostiene sin jerarquías.
A ese pulso se suma la música, que recorre el libro como un latido paralelo. El rock aporta su energía irreverente; el jazz, una cadencia más insinuada, como en «Grupo salvaje», dedicado a una promoción de alumnos. Tras una larga enumeración, el poema se abre en un retrato coral: «Igual que un fruto extraño / sois vosotros, / indómita alegría». La juventud aparece aquí como una fuerza todavía indócil, no domesticada por el desgaste.
Sandro Luna despliega una poética de la atención y de la entrega.
Porque el desgaste también tiene su lugar. Luna observa con precisión ese cansancio adolescente que invade las aulas a ciertas horas, una somnolencia casi estructural. Frente a ello, «Tú me mueves» desplaza el foco hacia lo íntimo: la hija, su forma de estar en el mundo, el impulso vital que encarna. A pesar de las asonancias y de cierta torsión sintáctica, el poema convence por su verdad: «Deja que el cuerpo mueva tus raíces / y en cada campanada […] / sé lo mismo que el agua / que de la fuente mana». Se insinúa aquí una ética del fluir, una invitación a no fijarse en lo rígido.
La segunda sección, más extensa, amplía el registro sin perder la cercanía. La figura de la abuela, el perro o los gestos mínimos de la vida cotidiana adquieren una dimensión casi sagrada. En «Confesión», por ejemplo, la escena doméstica —la lectura, el animal cercano— se carga de una quietud reveladora. Lo místico no irrumpe desde lo extraordinario, sino que brota de lo humilde.
Dentro de este tramo, «Romance in Durango» ocupa un lugar central. Su ritmo heptasilábico y sus polisíndetos insistentes sostienen un poema dedicado a su perro Dylan, cuyos versos resuenan desde el inicio del libro: «Amar es necesario, / ser amado no importa». Aquí el amor se formula como acto unilateral, una entrega sin garantía que, aun así, basta.
Por su parte, el poema que da título al volumen se erige como una de las piezas más logradas. Parte de una anécdota —casi confesional— para ascender hacia una dimensión más honda: «He bebido, creedme, hasta perder el ánimo, / con tanta sed, Dios mío, / sólo por derrotarme». La caída no se concibe como final, sino como tránsito. De ahí que la conclusión resulte tan contundente: «Sólo el amor me mueve». Pocas veces una afirmación tan directa alcanza tal grado de convicción.

Otra de sus celebradas obras
A partir de ahí, el amor se expande más allá de la pareja. Se extiende hacia la familia, los vínculos cotidianos e incluso la tradición literaria. El diálogo con otros textos se vuelve explícito: «Y he recordado el ángel del poema de Rainer Maria Rilke / y lo he visto sentarse en el asiento / de atrás mientras cantábamos los tres / de camino hacia casa». El ángel rilkeano desciende aquí a lo doméstico, se vuelve presencia cercana. También reaparece al evocar a la abuela, como si la memoria necesitara de ese símbolo para sostenerse.
En paralelo, la imaginería bíblica se integra en lo cotidiano: «A compartir el pan has venido a mi mesa, / a compartir el vino». Más que solemnidad, hay gratitud. Una gratitud que atraviesa el libro entero y se manifiesta en detalles mínimos —los gorriones, los objetos, los gestos repetidos—, todos ellos dotados de un brillo inesperado.
«Taburete», uno de los poemas más reconocibles, condensa la infancia como deseo de alcanzar lo que queda fuera de nuestro alcance. Ese impulso —ver más, ser más— se entrelaza con la memoria familiar: la madre, la cocina, la presencia de la abuela como fondo afectivo. Lo que emerge no es una nostalgia enfática, sino una dicha contenida, sostenida en lo vivido.
En ocasiones, Luna adopta una perspectiva que recuerda a David Bowie: una mirada que parece venir de lejos, casi desde el espacio exterior, para concentrarse de pronto en lo inmediato, en el temblor de un instante. Esa oscilación entre distancia y cercanía otorga al libro una respiración singular.
En conjunto, Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado despliega una poética de la atención y de la entrega. No hay aquí voluntad de artificio, sino de verdad: mirar lo que ocurre, sostenerlo con palabras, permitir que el amor —en sus múltiples formas— actúe como hilo conductor. Frente a una época inclinada al cinismo o al desapego, el libro propone lo contrario: una intensidad total y una fidelidad a lo vivido.
Esa velocidad que tanto se parece a estar enamorado, de Sandro Luna. Pie de Página, Jerez, 2025, 122 páginas, 12 euros.
EL AUTOR
JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.
Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.
Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.



