El cómic y, en otro plano, la novela gráfica, han cobrado un importante protagonismo en la realidad cultural española en los úlitmos años. El autor se ocupa de la última publicación de Enrique Bonet y Joaquín Löpez Cruces.
© JOSÉ CARLOS ROSALES
Muchas ideas podrían desarrollarse tras la lectura de esta memorable novela gráfica que, bajo el título de El otro mundo, nos acerca no solo a un periodo fructífero de nuestra historia -el verano de 1933- sino que también nos plantea algunas dicotomías todavía presentes entre nosotros y de las que ya no se habla con demasiado interés. Parece como si ya no nos interesaran tanto las complejas relaciones subyacentes entre el mundo rural olvidado y una cultura urbana en constante desarrollo, entre la memoria invisible de los muertos y la congoja de los vivos que la sostienen, entre una juventud ilustrada que aspira a cambiar el mundo y la ignorancia complacida de aquellos que solo saben vivir sometidos al cacique de turno. Dos espacios que se miran con desconfianza, dos visiones antagónicas, dos mundos opuestos donde uno de ellos se ve obligado a ser otro mundo, un espacio desconocido, arrinconado.
A veces el título de una obra, casi sin darnos cuenta, nos sugiere más cosas de las que nos dice. Y más aún cuando, en la cubierta de este valioso libro, su título nos llega acompañado de una imagen que subraya su dilatado sentido, tan escueto en su elegante sencillez que, tras leer sus viñetas, volveremos más de una vez a la cubierta para percibir en sus trazos una gama muy amplia de todos aquellos matices que tal vez nos pasaron desapercibidos al principio y que ahora, tras recorrer sus páginas, nos hacen comprender mejor el significado de una época tan cargada de ilusiones, atrevimientos o entusiasmos, la época feliz de los primeros años de la Segunda República española. Estoy hablando de una historieta o, mejor dicho, de un tebeo, como siempre se dijo entre nosotros, El otro mundo, de Enrique Bonet (guionista) y Joaquín López Cruces (dibujante), editado cuidadosamente, según acostumbra desde sus inicios, por Astiberri Ediciones.

Con ese título de El otro mundo se alude a las fisuras entre el mundo visible de cada día y esos otros mundos que estando ahí, muy cerca, no sabemos que existen. Y son varias las que se van desplegando ante nuestros ojos. La más poderosa surge con la misteriosa magia de Charles Chaplin, una fisura insinuada en esos rostros campesinos que, dentro de la oscuridad impenetrable de un cine improvisado en medio de una plaza, sonríen, se asombran o se entusiasman ante la proyección de una película muda, La calle de la Paz (págs. 31-35), secuencia magistral donde una niña abusada y menospreciada (La Tizná) contempla por primera vez cómo alguien atolondrado es capaz de vencer al grandullón del barrio, un camorrista profesional al que nadie había derrotado. Y la niña sin nombre sonríe; ha percibido que el mundo pueden ser de otra manera y se deja abrazar por María, la esbelta mujer del pelo rojo, esa refinada melena del mismo color que la ropa gastada de la niña huérfana. Las dos son de otro mundo. Y esos dos mundos están destinados a encontrarse, y es que con esa sesión de cine ha comenzado una catarsis casi imperceptible, la que servirá para que la niña sin destino o sin voz, de la mano de su maestro, recupere más adelante su voz y su nombre («soy Lucía», dirá con naturalidad y firmeza) en las dos páginas finales, dos páginas que son un espléndido plano general, la luz de la cultura desgarrando una penumbra ancestral o impenetrable.
La acción de este relato encuentra su origen en un hecho histórico: la llegada de un equipo de estudiantes y maestros de las Misiones Pedagógicas del Gobierno de la República, en agosto de 1933, a un lejano pueblo de la Alpujarra, Neveros, un sitio tan verídico como ficticio. Algunos de sus personajes también son reales: el cineasta José Val del Omar, el escritor Antonio Sánchez Barbudo o el padre Francisco Antolín Hitos. La acción solo dura son tres días, tres días y tres noches para recorrer un territorio áspero, un territorio que ya es otro mundo, un territorio adonde arriban los que anuncian el otro mundo de los libros y el cine, de la palabra y los deseos, un territorio donde sobrevuela el espectro de una anciana recién fallecida que, empezando a residir en otro mundo, no deja por ello de seguir con los vivos, de acompañarlos en sus afanes, de adivinar su inevitable y sangriento futuro (págs. 79 y 104), alguien a quien siempre le gustó «hablar con la gente de fuera» (pág. 21), un espectro que, dibujado con la misma tonalidad rojiza usada con Lucía y María, es uno de los logros más significativos de esta novela gráfica. Y aquí no he podido evitar acordarme de una canción de Vetusta Morla, Año Nuevo, «con vivos, con muertos, brindando juntos». Una cosa lleva a la otra y los buenos libros son así, son capaces de construir vínculos fértiles, asociaciones inesperadas, capaces de desencadenar vibraciones emocionales y permanecer en la memoria. Y todo esto ocurre (o me ha ocurrido a mí) con El otro mundo.

Enrique Bonet

Joaquín López Cruces
Y a todo ello contribuye la desnuda solidez de un guion muy bien construido, una contenida paleta de colores articulada con enorme eficacia, unos trazos que añaden claridad y cercanía, una sutil combinación de secuencias, viñetas y planos aéreos de notable alcance narrativo, pero también imágenes muy hermosas, hábilmente documentadas, con innumerables detalles de atrezo, mobiliario y ambiente: la reconstrucción feliz de una época y de unas vivencias que no se quedan ancladas en un pasado remoto. No en vano esta historieta ha merecido, entre otras, las siguientes distinciones: finalista de los Premios Todostuslibros.com de 2025, mención especial en los Premios a la Memoria Histórica Luis Romero Solano de Cáceres y considerado por la revista Mondosonoro uno de los diez mejores cómic publicados el año pasado. Terminemos señalando que hace poco se ha publicado su segunda edición.
El otro mundo, Enrique Bonet y Joaquín López Cruces. Astiberri Ediciones, Bilbao, 2025.
EL AUTOR

JOSÉ CARLOS ROSALES (Granada, 1952) es Doctor en Filología Hispánica. En 1989 recibió del Ministerio de Cultura una ayuda a la creación literaria para escribir El precio de los días (Renacimiento, Sevilla, 1991). Con El horizonte (Huerga y Fierro, Madrid, 2003) obtuvo en 2002 el Premio de Poesía Ciudad de San Fernando; con Poemas a Milena (Pre-Textos, Valencia, 2011), el Premio Internacional de Poesía Gerardo Diego; y con Si quisieras podrías levantarte y volar (Bartleby, Madrid, 2017), el Premio al Mejor libro de poesía del año 2017 otorgado por Estado Crítico, revista virtual de crítica literaria. También ha publicado Libro de faros (Málaga, 2008; antología y estudio preliminar sobre la figura del faro en la literatura hispánica) y Memoria poética de la Alhambra (Sevilla, 2011; estudio introductorio y selección de poemas relacionados con la Alhambra y el Generalife). Alguien lleva una piedra escondida en la ropa (Bartleby, Madrid, 2023) y Vida aparte (Centro Generación del 27, Málaga, 2026) son sus dos últimas publicaciones.



