Gerard Vázquez desentierra el silencio en su última pieza

El enterrador, de Gerard Vázquez, nos sumerge en una conmovedora reflexión sobre las heridas aún abiertas de la posguerra española. La función puede verse en el Teatro Raval de Barcelona hasta el 26 de julio.
© ALBERTO RIZZO

Mientras rasga el aire una canción de Miguel de Molina, La hija de Juan Simón, el público accede a lo que pareciera un galpón, una pequeña sala escénica casi lista para un ensayo general —mezcla de la escenografía final, de época, con objetos actuales— ocupando su butaca. Un actor de teatro —interpretado por Pepe Zapata— hace ejercicios, revisa el atrezo, musita unas líneas, ensaya, presenta su monólogo mientras todo el tiempo tiene su teléfono móvil encendido —algo que estaría vetado en cualquier ensayo y perseguido durante una función— pero que aquí es un cordón umbilical con la realidad: es un actor sí, pero con una madre enferma de alzhéimer, que si se desorienta no se calma si no es con una voz que conoce.

No se trata sólo de un dispositivo metateatral que produce ruptura y distanciamiento, si el teatro es memoria y estamos precisamente ante una pieza que nos habla de los primeros años del franquismo, en esta ficción el actor está a punto de estrenar una obra construida a partir de los recuerdos de su madre, de la historia de su abuelo fusilado y de la de sus dos amigos. Aunque no sea algo que se remarque en escena hay cierta premura, el actor necesita que exista la obra porque es parte de su identidad: está poniendo en pie lo que queda de unos recuerdos heredados antes que la memoria de su madre desaparezca del todo.

Y lo hace no interpretando a su abuelo, sino poniéndose en los zapatos del único superviviente de la tríada de amigos, el que al acabar la guerra fue depurado por republicano y condenado al único trabajo que nadie quiere: ejercer de enterrador y ser testigo mudo de la desaparición de miles de vecinos de la Huerta de Valencia que fueron ajusticiados de noche en una tapia cercana.

Pepe Zapata, hacha en mano, y el resto del elenco de esta obra en cartel hasta el 26 de julio en el Teatro del Raval de Barcelona

Este enterrador, trasunto de Leoncio Badía Navarro, conocido como el ‘enterrador de Paterna’, no se limita a deshacerse de unos cuerpos cada noche en fosas sin nombre. Los lava, recorta una pieza de ropa para que más adelante lo puedan reconocer sus familiares y les coloca bajo la nuca una ampolla con su nombre o lo que supiera de ellos, tomando nota mental de cada fecha, cada cuerpo, porque no hay dictadura que diez años dure y algo tiene que hacer para que haya algo de dignidad entre tanto instinto de supervivencia. El detonante en la trama es la aparición del cadáver del tercer amigo. Ahí alguien forzado a callar al amparo de la noche rompe su silencio: iniciándose así el diálogo, la evocación de los días felices, el enterrador le habla de su nuevo oficio, de los crímenes, la impunidad; de las dudas, la culpa y la desesperanza.

Con estos pocos mimbres Gerard Vázquez despliega un juguete escénico que une a través de la ficción pasado y presente revelando cuánto afecta uno al otro pero también cómo puede cambiar la interpretación del pasado cuando se conocen todos los matices. El autor sigue la senda del «teatro de la memoria» que propone Sinisterra, uno centrado no en los protagonistas sino en los pequeños héroes anónimos y en la memoria colectiva. En el caso de Vázquez esta pieza pone el acento en la reconciliación donde el teatro puede ser depositario de esa memoria y a la vez un espacio de denuncia, reflexión y restitución simbólica de las víctimas, pues el fantasma aquí es un espectro que, sea por sobreprotección u omertad, no conocemos realmente y no podrá pasar al más allá hasta que sepamos mirarle a los ojos y aceptemos sus sombras, su traición y miseria.

Mutis publicó el texto de la obra en 2025

Ochenta años después más de cien mil cuerpos todavía esperan recuperar sus nombres e historias en cementerios, zanjas, pozos y cunetas. La reparación es todavía posible y necesaria pero, precisamente por su dimensión y capacidad de polarización, no deberíamos permitir que se use como arma política. Desde una mirada que no esconde el horror Vázquez ve posible una búsqueda de una memoria común sin revanchismos ni tener que faltar a la verdad y, lo más importante, sin tener que renunciar a la justicia.

«Venganza no. Ni odio. Odio tampoco. No quiero sentir odio. (…) Justicia. Justicia, sí. Y que cada uno responda de sus actos. Todos, unos y otros. (…) Justicia aquí, en este mundo».

*El enterrador, de Gerard Vázquez, está programado este verano hasta el 26 de julio en la sala Tadeusz Kantor del Teatro Raval en Barcelona. El texto, publicado por Ediciones Mutis en 2025, cuenta con ilustraciones de Teresa Herrero, prólogo de Pepe Zapata y un estudio de la investigadora teatral Isabel Marcillas-Piquer y está disponible en Alibri, La Central del Raval y en la librería Jàssena.

 


EL AUTOR

ALBERTO RIZZO (Barcelona, 1981) es dramaturgo, director e investigador teatral. Licenciado en arquitectura con maestría en artes escénicas es académico de la Academia de las Artes Escénicas de España y fundador del Festival MUTIS de teatro emergente de Barcelona. Como director ha escenificado una treintena de piezas, como editor, una quincena de libros. Como escritor ha publicado el libro de ensayo Haciendo mutis (Dédalo, 2013), y los textos Carrusel y Almisdaé (La cabaña del loco, 2019 y 2024). Ha colaborado con artículos en revistas como Red Escénica, Artes Escénicas, ADE o Paso de Gato. Es el actual presidente de la Federación Española de Teatro Universitario.