Paolo Rumiz convierte su recorrido por los monasterios benedictinos en una defensa de la Europa humanista. Lo hace con una mirada poética y sensorial, en las antípodas de la banalización imperante y que representan líderes como Trump o Putin.
© VICENTE MANJÓN GUINEA
Dijo en cierta ocasión Julio Llamazares: «No concibo la literatura sin poesía. La labor de los escritores es pulir la palabra hasta que las palabras sean piedras preciosas». En eso precisamente consiste el libro del escritor oriundo de Trieste, El hilo infinito. En el trabajo de un alfarero que moldea la arcilla, de un carpintero que talla la madera o de un escultor que esculpe el mármol, solo que en esta ocasión la materia prima es el lenguaje.
A través de un libro de viaje por los monasterios de Europa, Paolo Rumiz, nacido en 1947, pretende encontrar las coordenadas que nos ayuden a movernos en un mundo que se nos presenta apocalíptico y donde se impone el miedo y los vientos nacionalistas. Gracias a la literatura, a una poesía en una prosa pulida minuciosamente, Rumiz sacará a la luz parte de las astillas del mundo que hemos creado. En su afán por combatirlo lijará cada uno de esos salientes punzantes con las doctrinas benedictinas, origen de la cultura occidental. Una sabiduría edificada sobre la fórmula ora et labora et lege et noli contristari (reza y trabaja y estudia y no te dejes vencer por el desánimo).

Rumiz borda el libro de viajes
Paolo Rumiz nos orienta a través de un pentagrama colmado de poesía y gracias a una musicalidad que no deja de ser otra cosa más que un amplificador del alma. Pone en valor a la tierra, como una madre que nutre, y no como una prostituta a la que explotan. Frente al consumismo de hoy día, donde lo sagrado no es más que un estorbo, y donde por encima de cualquier cosa se busca el negocio urdido en el engaño, el escritor nacido en la ciudad del viento nos vuelve a recordar otras virtudes. A saber, el valor de la agricultura, de las elaboradas técnicas benedictinas para conseguir los mejores quesos, cultivar la vid y extraer de ella la bondad del vino, el efluvio de la cerveza o de los aguardientes de hierbas aromáticas. Porque como decía Cicerón, «el placer de la agricultura se aproxima mucho a la vida del sabio. La tierra nunca rehúsa el poder del agricultor y nunca le devuelve con usura lo que ha recibido».
Sin embargo, ahora hemos dado la espalda a todo eso: al trabajo con paciencia y humildad. Hemos llegado a un momento en donde la mayor parte del mundo, no solo Italia, está siendo extorsionado por ejércitos evasores de impuestos, devorado por la incuria, gobernado por tertulianos televisivos, saqueado por los bancos, azotado por impuestos que terminan en las arcas equivocadas. Según comenta el escritor, somos rehenes de sectas de gerontocracias y cofradías de zánganos y, sin embargo, hemos sido sedados de tal manera que solo nos desquitamos con los más débiles. En lugar de hacer la revolución contra los poderosos para subvertir el orden establecido, hemos caído en el engaño de atacar al inmigrante. Al eslabón más bajo de toda esta voraz pirámide.
Este libro de viajes no es solo un periplo por las piedras y edificaciones de los monasterios de Europa. Es, sobre todo, la reivindicación de una Europa como garante de los valores éticos y morales tan denostados en la actualidad, porque cuando «los gobernantes no son capaces de dar respuestas al pueblo, le ofrecen enemigos fáciles de avasallar». Se emborracha a la gente de nacionalismo absurdo con la intención de focalizar el malestar social. La gran ocurrencia no es otra que transformar al emigrante en pararrayos, convertirlo en tema electoral. Tal y como indica el escritor italiano «los poderosos han querido siempre mano de obra a bajo costo y en vez de eso llegaron hombres con hijos que querían labrarse un futuro». ¿Pero qué atrevimiento es ese?
«Hay que ser papanatas —dice Paolo Rumiz— para creer que un multimillonario como Trump o un excomunista como Putin pueden ser los paladines de los más necesitados». Precisamente son Trump y Putin los primeros interesados en hacer caer a la Unión Europea. El mismísimo Stefan Zweig murió después de haber soñado la unión de los pueblos de Europa como una tierra prometida. E incluso tiempo atrás, en 1851, cuando Victor Hugo habló de una Europa unida en la Asamblea Nacional francesa, le abuchearon. Para Rumiz hay que superar el escarnio de una mayoría incompetente. Hay que evitar caer en la trampa construida por otros. Por una coalición de tecnócratas que va desde Zuckerberg hasta el Kremlin, desde Jeff Bezos hasta Xi Jinping. Por dictadores políticos y económicos cuyo único fin es establecer la bandera del totalitarismo de los monopolios y de la explotación total cuyo último bastión es la democracia europea que, en su debilidad y agonía, se sigue resistiendo a la aniquilación del hombre, a la deshumanización.
Comenta el escritor italiano, en ese viaje por las abadías benedictinas y al interior de su propia alma, que en la doctrina de san Benito de Nursia ha encontrado siempre un puerto seguro, «una defensa que me ha puesto siempre a salvo del griterío infernal, de la desorientación de las conciencias y del egoísmo materialista que nos rodea. No sé qué quedará de todo esto. Estoy preocupado por el destino de Europa. Quizá todo se vea arrollado por el impacto de la sociedad global, con la complicidad de los profesionales del miedo». Pero, igualmente, el autor de Canto por Europa nos da pie a la esperanza. A esa frágil ilusión sustentada por literatos como Victor Hugo y Stefan Zweig.
El libro es un viaje por las abadías benedictinas y al interior de su propia alma.
Desde tiempos de la mitología griega, Europa ha sido siempre una deseosa doncella a la que han pretendido violentar, raptarla y violarla como lo hizo el todopoderoso Zeus. Una doncella fenicia que ha bañado su piel en el Mediterráneo bajo la luna llena y junto a un mar de olivos plateados. Codiciada y deseada siempre por la avaricia del Maligno personificado en individuos autócratas, totalitarios y sanguinarios. Individuos que se esconden como alimañas entre los campos donde nacen las mejores vides y el trigo más fértil, confundidos con la venenosa cizaña. Por eso, es necesario detenernos, contemplar el paisaje desde la memoria y mirar de nuevo hacia las raíces que brotan en las montañas, junto al silencio de los monasterios, donde se esconde la fórmula y el misterio del renacimiento.
Quizá este libro de Paolo Rumiz, tejido con los hilos de la independencia benedictina, donde los valores como la hospitalidad, la solidaridad y la caridad son los principales cimientos de la democracia, nos enseñe a cuidar de nuestras raíces que, sin titubeo alguno, constituyen nuestro futuro.
El hilo infinito, Paolo Rumiz, traducción de Alida Ares, Anagrama, mayo de 2026, 384 páginas, 24,90 euros.
EL AUTOR

F. VICENTE MANJÓN GUINEA (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Es autor del ensayo literario titulado De la literatura y las pequeñas cosas y del libro de relatos Altas miras. Como novelista, ha publicado Una lluvia fina mentirosa y Con tal de verte reír.
Editor y escritor del blog de artículos Memoria de un náufrago y colaborador en el Diario Siglo XXI.
Es socio de ACE.



