Víctor Angulo (Soria, 1978) ha construido, libro a libro, una de las obras poéticas más coherentes de su generación. Una casa victoriana, publicada en Sr. Scott, reúne una década de escritura atenta a la vida ordinaria.
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La más antigua tradición literaria y, paradójicamente, la más amenazada sostiene que la poesía existe para que alguien, sentado junto a una ventana en Tudela de Navarra o en Columbus, Ohio, pueda reconocer su propia vida en las palabras de un desconocido. Es la línea de Philip Larkin observando hospitales y bodas provincianas, la de Jaime Gil de Biedma o Manuel Rico midiendo el envejecimiento desde la lucidez, la de José María Fonollosa transcribiendo la ciudad como dictado de los desheredados —aunque Víctor Angulo trabaje siempre con menos sordidez y más luz—, también la de Raymond Carver y toda la generación confesional norteamericana. En esa línea, sin estridencias ni manifiestos, se inscribe Una casa victoriana, la poesía reunida (2012-2022) de Víctor Angulo que Sr. Scott incorpora ahora a su catálogo de obras de fondo.

Edita Sr. Scott
Angulo, profesor de Lengua y Literatura afincado en Tudela, ganó en 2012 el premio Miguel Hernández con Cierra despacio al salir. Desde entonces ha ido construyendo una obra coherente, que prefiere la carretera secundaria al monte sagrado y la rotonda al ágora. Es una poesía, por lo tanto, anclada en los espacios donde se desenvuelve la mayor parte de la vida adulta; Angulo, sin teorizar nunca sobre ellos, los habita con una atención que recuerda al hombre del campo observando el cielo. Utiliza el extrañamiento como método y el asombro como condición previa al verso.
Si Angulo sobresale es por su capacidad de ver algo donde la inmensa mayoría no ve nada y por su elegancia matemática —la palabra exacta en el lugar exacto— que aporta la impresión de que cualquiera podría haber escrito tales versos, y que solo la lectura atenta revela como producto de un trabajo paciente. La aparente sencillez del tono conversacional, la ausencia calculada de fuegos artificiales, el modo en que los versos largos se quiebran: nada de esto es casual.
Esa sencillez no debe confundirse, sin embargo, con uniformidad. Una de las virtudes ocultas del libro es la facilidad con que Angulo se desplaza entre registros muy distintos sin que el lector perciba la juntura. Hay un Angulo conceptual, casi sentencioso, capaz de cerrar un poema con un fragmento como este: «En realidad todo se rompe / porque todo tiene su tiempo y sus símbolos, / incluso la fragilidad / y esa forma de subsistir en precario. / Después ya se sabe lo que pasa en estos casos. / Siempre se hace tarde para añadir algo». Coexiste con un Angulo decididamente lírico, que recupera la tradición más alta del verso castellano sin sonrojarse: «Ven aquí y mira esto, y después mira mis ojos, / los dedos inocentes del idioma. / En ellos hallarás los almendros / inclinados en constante negación como tú».
Y hay, finalmente, el Angulo narrativo, el más reconocible, el que abre escenas con pavorosa facilidad: «Poco después de salir de casa / llego al hospital con mi padre, a quien llevo. / Ni siquiera hemos cenado». Tres voces que coexisten con un solo modo de mirar que, sin embargo, caben en el mismo libro porque las transiciones se han trabajado con la paciencia de quien sabe que el verdadero artesanado consiste en hacer invisible el oficio.
Hay además una empatía que recorre el volumen sin enunciarse. El humor soterrado y la ironía —empleada, como el propio autor ha dicho, para no incurrir en sentimentalismo— funcionan aquí como mecanismos de respeto hacia el lector y hacia los personajes que pueblan los poemas. Angulo no juzga; observa. Y al observar sin condescendencia consigue lo que tan pocas veces logra la poesía contemporánea: que el lector se reconozca a sí mismo sin sentirse halagado ni acusado. La universalidad no se proclama, se ejerce desde la cotidianidad más concreta. Esa es la paradoja productiva de la mejor poesía realista: lo más local resulta lo más traducible, lo más mío termina siendo lo más nuestro.
Hay una empatía que recorre el volumen sin enunciarse.
Una casa victoriana pertenece a esa rara categoría de libros escritos por pura necesidad, sin un interés evidente en el escalafón, en la repercusión o en el premio siguiente. Es literatura hecha por amor a la propia literatura. En tiempos de ruido, esa pureza —que no es ingenuidad, sino una forma de elegancia moral— constituye un acto casi político.
Una casa victoriana, Víctor Angulo, Sr Scott. Madrid, 2026, 274 páginas, 19 euros.
EL AUTOR

RECAREDO VEREDAS (Madrid, 1970) ha estudiado Derecho, Edición y Creación Literaria. Ha publicado diez libros. Incluye los poemarios Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y Esa franja de luz (Bartleby, 2019), el ensayo No es para tanto (Sílex, 2016), la recopilación de testimonios Todo es verdad (Sílex, 2020), las novelas Deudas vencidas (Salto de Página, 2014) y Amores torcidos (Tres Hermanas, 2021), las colecciones de relatos Actos imperdonables (Bartleby, 2013) y Pendiente (Dilema-Escuela de Letras 2004) y el manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema-Escuela de Letras, 2006). Ha trabajado para diversas editoriales, entre las que destaca Alfaguara. Ha sido profesor en la Escuela de Letras y en Fuentetaja. Ha reseñado, entre otros medios, en Quimera, ABC, Política Exterior, Letras Libres y Revista de Letras. Su última publicación tras Vida después del sueño (Sílex, 2021), co-escrita con el editor Ramiro Domínguez Hernanz, es Soberbia (De Conatus, 2024).



