La editorial Contraseña recupera Orilla del mar, la novela con la que Véronique Olmi (Niza, 1962) retrató la pobreza, la enfermedad mental y la exclusión social mediante una escritura seca, poética y profundamente compasiva.
© HILARIO J. RODRÍGUEZ
Cuando Orilla del mar apareció por primera vez en castellano ni siquiera se titulaba así, se titulaba La orilla del mar y la publicó Lengua de Trapo en 2002. El original francés es Bord de mer, de modo que la elección que acaba de hacer el traductor y editor Francisco Muñiz para la editorial Contraseña es más precisa aunque también más arriesgada. Un simple artículo determinado no parece gran cosa, pero a veces una frase sin él puede leerse como una casa sin mobiliario, no digamos un sintagma preposicional. ¿Y qué es una casa sin muebles? Lo más parecido a una película sin efectos especiales y sin carreras, sin esas cosas que hacen que las películas nos resulten familiares, sean comedias o dramas. Realmente, para la mayoría de los lectores y espectadores, los libros y las películas da igual de qué traten mientras tengan lugar en escenarios reconocibles, amueblados. Sin muebles uno se arriesga a entrar en el territorio de Samuel Beckett o de Robert Bresson. O en el de Véronique Olmi.

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¿Corremos, por tanto, peligro si entramos en Orilla del mar? Yo diría que el mismo que correríamos si fuésemos a Senegal a ver el mundo más allá de nuestro mundito. Se me ocurre que el mayor riesgo o peligro que correríamos sería pretender que allí todo aquel con quien nos encontremos hable en nuestra lengua. Con esto no quiero decir que esta extraordinaria novela pretenda llevarnos a orillas distantes, solo quiere singularizarse ya desde su título porque quiere ayudarnos a entrar en nuestro mundito como si fuésemos extranjeros. No nos lleva a Dakar, sino a una pequeña localidad francesa al lado del mar. Nada ni nadie tiene nombre en la novela, a no ser los dos hijos de la narradora, que se llaman Kevin y Stan, y la maestra de estos últimos, que se llama Marie-Hélène.
Todo lo demás es la ciudad, el hotel, las calles… Y sobre todo la lluvia y el frío. No estamos, pues, en un paisaje reconocible, a lo sumo estamos en uno comprensible donde lo que más zozobra nos produce es la voz de la narradora. La mitad del tiempo está desorientada porque toma fármacos y sus hijos, a pesar de ser jovencísimos, son los que le tienen que recordar cómo y cuándo hacer las cosas más sencillas: regresar al hotel después de un paseo, cenar, hacer las necesidades antes de irse a la cama… Su voz, de hecho, puede resultar absurda, inquietante; también vulnerable, sobrepasada.
No estamos en una novela documental pese a estar basada en un caso real, seguramente porque su autora no creyó que el realismo fuese a hacerla más legible o útil. Optó, en lugar de eso, por un estilo seco y poético, con los adjetivos precisos. Seco para no frenar a los acontecimientos con mobiliario innecesario, y poético para forzar las palabras y exprimirlas hasta su esencia, quitándoles toda su retórica y proporcionándoles en lugar de eso un poder metafórico fuera de toda duda. Y en este caso utilizo la palabra «metafórico» en su acepción más inmediata, que es la de «utilizar el lenguaje en sentido figurado y no literal».
De esa manera, un viaje de una madre con sus dos hijos a una ciudad costera, para que vean el mar por primera vez, se convierte en manos de Véronique Olmi en el último viaje de una madre y sus dos hijos, para que juntos vean «las últimas cosas»; la ciudad al lado del mar se convierte en cualquier ciudad al lado del mar, en ese punto donde la tierra y el mar se funden, y la lluvia constante se convierte en el final de los buenos tiempos, si es que algún día hubo algo así en la vida de esta madre y sus dos hijos.
Esta novela no deja en ningún momento que los acontecimientos sigan un curso normal. Por eso podría decirse que sus protagonistas se mueven peligrosamente «on the road to nowhere», como dirían los Talking Heads. Se mueven hacia ninguna parte porque el dinero se les acaba y en cuanto se les acabe se habrán acabado sus posibilidades y la novela. Dinero hecho añicos, convertido en moneditas. Una cantidad insignificante que, con la contabilidad adecuada, quizás habría dado para más acontecimientos, para más páginas, pero a Véronique Olmi no le interesa prorrogar la trama de manera innecesaria, tampoco racional. Lo que nos cuenta a veces es la posible elección de un niño entre un gofre y algún tipo de alimento más saludable, escogiendo la peor opción, para recordarnos que ante nosotros se mueven dos hijos a quienes su madre ya no puede salvar de sus veleidosos deseos, del mismo modo que los hijos ya no pueden salvar a su madre de su cansancio, su tristeza y su depresión. Son personajes malditos, marcados por la escasez de dinero y por no saber qué hacer, adónde ir, cómo divertirse, qué ver.
Novelas como Orilla del mar son las que nos ayudan a ver el mundo como un lugar donde no todo cae en el terreno de lo conocido y donde a veces tenemos que conformarnos con ser capaces de avanzar aunque intuyamos que no es hacia el reino de la luz sino hacia el territorio de la noche. Nos ayudan a entender que el mundo no está cortado a nuestro capricho y que nos queda mucho que aprender, pero sobre todo nos enseñan que debemos dar voz a quienes no la tienen en general, porque no son los típicos protagonistas de las novelas (en este caso, una depresiva en estado de trance y sus desorientados hijos). «Entender», eso sí, quiere decir «respetar» y no necesariamente «racionalizar»; «entender» quiere decir «aceptar» y no necesariamente «tolerar», «entender» quiere decir «visualizar» y no necesariamente «apartar» (para medicar y hospitalizar)…
La enfermedad también puede ser un motivo de marginación social.
Hace años, cuando apareció Orilla del mar por primera vez en francés y ganó el premio Alain-Fournier, Véronique Olmi aseguraba en una entrevista que casi siempre «culpamos a los pobres de su pobreza y a los enfermos de su enfermedad, solo queremos que alguien los quite de nuestro paisaje vital para no verlos; pero es preciso que veamos de qué manera se esfuerzan por sobrevivir cada día, como hacemos cualquiera de nosotros». Me pregunto si la novelista y dramaturga francesa no considera la pobreza una enfermedad y viceversa. Desde luego, la pobreza o la enfermedad no son en ningún caso ecuaciones de más o menos fácil solución.
Esta novela pone de relieve que la enfermedad puede ser un motivo de marginación social tan excluyente como la pobreza, y en el mundo de la literatura también puede convertirse en un serio inconveniente cuando uno no la trata de una forma sanitaria y a cambio pretende enseñarnos a observar la realidad de forma compasiva aun cuando su apariencia pueda resultar desagradable, como hizo en su día Véronique Olmi y todavía hoy puede leerse gracias al rescate de la editorial Contraseña.
Orilla del mar, Véronique Olmi (traducción: Francisco Muñiz), Contraseña Editorial, 2026, 112 páginas, 16 euros.
EL AUTOR
HILARIO J. RODRÍGUEZ es viajero, profesor y escritor. Ha colaborado con medios de prensa y revistas (El Estado Mental, JotDown, ABC, La Vanguardia, Leer, Revista de Occidente, Dirigido por o Imágenes de actualidad). También ha escrito estudios sobre géneros cinematográficos, películas y directores, además de dirigir y coordinar ciclos, exposiciones y publicaciones para numerosos festivales de cine. En su obra de ficción destacan Construyendo Babel (que fue editada por primera vez en el sello Tropismos en 2004 y reeditada por Editorial Contraseña en 2023), Mapa mudo, El otro mundo, Perder ciudades y Un astronauta perfecto, estas dos últimas obras publicadas por Newcastle, donde apareció Las desapariciones en 2022 y donde aparecerá este año Libro de las imágenes. Actualmente trabaja en un libro de viajes sobre Los Balcanes y en una novela. Su último libro publicado es El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro, en la Editorial Providence.



