Veinticuatro horas en la vida de una familia: el neorrealismo gallego de Manuel Jabois

Manuel Jabois aborda en ‘La víspera’ la condición trágica y cómica a la vez que atraviesa esa sociedad en pequeñito, a menudo a punto de explotar, que son las familias. Una novela que seduce con su templada ironía y lo que podríamos llamar un neorrealismo gallego marca de la casa.
© EDUARDO LAPORTE

Las novelas que transcurren en un solo día son un género en sí. Una editorial podría dedicar una colección a ese tema en concreto. Ahí está la famosa novela de Stefan Zweig, Veinticuatro horas en la vida de una mujer, que nos permite ese juego de palabras con el titular, Ulises de Joyce o, más recientes, Mil cosas, de Juan Tallón. De hecho, La víspera recuerda a la prosa, a la mirada, de Tallón: ambos comparten origen (gallego) y quizá una manera de convertir lo trágico en comedia pero sin activar en ningún momento la máquina, digamos, de hacer comedia. Y ese recurso, en ambos autores, resulta un acierto. Ignoro si es un rasgo de identidad de la galleguidad, pero se agradece ese sumergir el dramatismo en una suerte de salmuera que permite leer sin amargarse. Un poco como el nepente, ese bebedizo de La Odisea que permitía a quien lo consumía mitigar sus penas pero sin aparentes efectos secundarios.

Edita Alfaguara

Porque los dramas, como las meigas, haylos en La víspera. Desde la primera página en la que se anuncia el pasado nada grato de Amalia Constenla, que de niña tuvo la mala fortuna de matar a un zagal y herir a otro. Una catástrofe que no acabaría ahí, porque el niño que resultó herido, años después, reclamaría su derecho a una indemnización moral, digamos, forzando sexualmente a la adolescente Amalia, con el resultado de un hijo no solo no esperado, sino llegado tan pronto (madre a los catorce). Un hijo que, curiosamente, acabaría siendo futbolista de éxito y un gol suyo clasificaría a la selección española para un Mundial. Haber llevado adelante ese embarazo tan joven y de una estrella del balompié le daría un secreto poder. Parecido al que sintió cuando blandió aquella pistola que pensaba de juguete. Ese tipo de digresiones son pepitas de oro que motean la novela.

¿Más mimbres? La propia deriva de Chami Palmeira, el hijo que habla ya como exfutbolista, en un personaje (paranoico, drogatilla, con problemas de disfunción eréctil) es otro hallazgo. Y dos desapariciones: de la de Luis y Marcos, dos niños de unos diez años, y la de Mon. Aunque la de este personaje, hermano del exfutbolista Chami y por tanto hijo de Amalia y Ramón (todo el mundo parece llamarse Ramón o derivados en el neorrealismo gallego de Manuel Jabois), tiene otro cariz. Más bien no se sabe dónde está, y si llegará a tiempo para el cumpleaños de la madre, y lo cierto es que no entendí bien ese doble juego de desapariciones, más allá de algo poético y también propio de ese neorrealismo que decimos: la Galicia de las «viudas en vida» (esta expresión se la escuché a Manuel Rivas) parece asumir esa fragilidad en los afectos. La gente está pero puede no estar. Y cuando está, como el Ramón eternamente sentado de La víspera, uno casi preferiría que no estuviera. O que estuviera menos. O que se lanzara a la mar de cuando en cuando.

Hablaba Jordi Gracia en su crítica de El País de esos libros que, una vez llegados al final, modifican lo leído hasta ahora, provocando en el lector una suerte de revisionismo de la historia que hasta entonces había transitado. Y a Gracia no se le ocurría ningún ejemplo para ilustrar eso, cuando bien podría haber citado la ya aquí aludida Mil cosas, de Tallón, cuyo bien engranado final hace que, en efecto, todo cobre un sentido nuevo.

‘La víspera’ recuerda a la prosa, a la mirada, de Tallón.

No obstante, y esto es cuestión de gustos, esas triquiñuelas de guionista como de El sexto sentido, me interesan menos. Es más, lo que aprecio cada vez más como lector es un planteamiento lo más sencillo posible —La carretera, de McCarthy, Esperando a Godot, de Beckett— para poder centrar el tiro. Ahí brilla, por seguir con la (odiosa) comparación, la novela de Tallón, con un planteamiento sencillo en el que el lector, al menos yo, se siente cómodo. La víspera, en cambio, abre más frentes, quizá demasiados: la impotencia sexual del exfutbolista Chami, su paranoia y miedo a cancelaciones y #MeToos por parte de sus ligues o exligues, sin siquiera haber dado motivo para tales acusaciones (claro que la posibilidad de mentir y arruinar la reputación de alguien está ahí), el cumpleaños de la madre, su propio rol en el mundo, el pasado oscuro (homicida por accidente, madre violada), su relación con las amigas, el marido y los propios hijos desaparecidos hacen a veces algo errática la narración.

Se nos cuentan cosas, pero el lector no acaba de entender si forman parte de un todo narrativo, o son más cuentas dispersas de un rosario sin hilo. Porque está ese afán de darle redondez narrativa a la historia, de jugar con trama, suspense, puntos de giro, desenlaces y puntos ciegos varios, cuando quizá a Jabois le hubiera bastado, para crear una novela redonda, con limitarse a desplegar su talento para la construcción de ese particular universo, el del neorrealismo gallego, sin abrir tantas vías. O buscando un desenlace más poético que de técnicas de escritura con truco final.

Al levantar un mundo propio es donde más brilla el libro y su autor.

Amar la trama más que el desenlace, cantaba Jorge Drexler, por ahí es donde más brilla Jabois y el libro; en ese discurrir literario nunca plano, en ese levantar un mundo propio, el que conoce bien pues lo ha mamado como gallego que es pero también como plumilla a lo Chaves Nogales que fue, es decir, en las calles más que en la redacción. Y eso se huele, se nota, se aprecia. Y uno subraya no pocos párrafos y dobla no pocas esquinas, como esa descripción psicológica, humana, que en un momento se hace Amalia. Y de cómo a través de una conducta impecable, sin tacha, quisiera borrar para siempre las manchas del pasado, las que hizo por accidente, las que le hicieron como injusta venganza:

«La querrían no por bendita, sino por extraordinaria. No por cercana, sino por única. Y si eso no llegaba, al menos que la necesitaran. Eso sí que lo entendía: ser necesaria. Ser la única que sabía hacer las cosas bien. La única que aguantaba. La única que no se rompía o no se daba el regalo de romperse».

 

La víspera, Manuel Jabois, Alfaguara, 208 páginas, 19,85 euros.


EL AUTOR

 

Foto Berta Delgado. YANMAG

EDUARDO LAPORTE. Escritor y periodista cultural. Nacido en Pamplona en 1979, reside en Madrid desde 2005. Ha publicado libros como Luz de noviembre, por la tarde, o La tabla, en Demipage, así como un diario íntimo en la editorial Pamiela y su particular visión sobre Baroja en Ipso Ediciones.

En 2021, publicó otra entrega de su Diario a ninguna parte en la editorial papeles mínimos bajo el título de Tiempo ordinario y la primera biografía en español sobre Battiato (tras la de Margaretto de 1990) en el sello Sílex: En presencia de Battiato. En 2024, ha reunido su visión sobre su tierra natal en Navarra-Madrid, también en Sílex.

En enero de 2025 publicó, en Sr. Scott, La vida suspendida, la historia de un duelo minúsculo.