Nostalgia, belleza y algo más en el debut de Irene de la Torre

La traductora Irene de la Torre debuta con paso firme en la narrativa con Crema solar, un conjunto de relatos que ofrecen un grato equilibrio entre sensibilidad y una mirada elegante que no cae en complacencias gratuitas.
© EDUARDO LAPORTE

Forjada en la traducción literaria, especializada en neerlandés, con trabajos para autoras como Jennifer Down o Kerri Maher (ambas en Navona), Irene de la Torre (Madrid, 1988) rezuma literatura. De ahí que su primera obra, un libro de relatos, Crema solar, también lo haga y rezume literatura de la buena, de la forjada a fuego lento, con ecos de Alice Munro, Flannery O’Connor o su admirada Corina Oproae.

Edita RIL

Y si bien el título, con cierto aroma pop, podría dar lugar a equívocos, a sugerir una temática ligera, nada más lejos de la realidad. Empleado en uno de los relatos, curiosamente uno de los más breves y quizá discretos del conjunto, reúne algunos de los elementos que definen la prosa de esta escritora. Como el recurso metonímico, ese ir de la parte al todo, que podría recordar a Agua y jabón, de Marta D. Riezu, aunque se trate de obras de géneros distintos. En aquel libro se hacía una defensa de las cosas invisibles, de la necesidad de que las catedrales tuvieran ornatos allá donde el ojo del hombre no llegaba, porque Dios sí podía verlos. Y no había en ello una defensa teológica, sino más bien una defensa de la belleza a ultranza, más allá del pragmatismo, de la función. Como si hubiera elementos, la propia crema solar, que pudieran protegernos del sol, pero no de las heridas que la vida nos inflige. Vaya aquí una posible interpretación del sugerente relato.

Hay una mirada a las pequeñas cosas, pero sin descender tampoco a un nivel microscópico, lo cual también es de agradecer. De la Torre sabe emplear, digamos, la lente adecuada según las exigencias de cada historia y seducir al lector con un equilibrio poco frecuente: se requiere su implicación, pero el viaje merece la pena. Como sucede en el evocador «Y a lo lejos el mar», que narra con delicadeza el viaje de Maude a una casa alquilada, de retiro, en la que digerir por fin el duelo (que recordaría, por cierto, a la reciente Erietta, de Clara Pastor (Acantilado); el tema no deja de ser clásico: el apartamiento voluntario para purgar una ruptura). De la Torre logra crear una atmósfera que nos invita a entrar en esa melancolía que no es amarga ni tóxica, pues se trata de una nostalgia salvífica, de una belleza redentora. No olvidemos que nostalgia viene a significar «dolor del regreso» y que en ese regresar a ciertos recuerdos, a las huellas compartidas, hay dolor, pero la nostalgia también es la constatación, feliz, de que se ha vivido.

Aquí uno subraya detalles de la mirada de la autora, como la prevención ante ese taxista que podría «destrozar» con su discurso las primeras impresiones del lugar al que se llega. O eso de «las comisuras de los labios iluminadas» cuando su antiguo amor recitaba un poeta. Y, en un plano meramente técnico, filológico, ese eludir el uso del posesivo «su» cuando este da lugar a confusión (casi siempre, el español tiene ese punto débil), en favor de expresiones como «de ella» o «en la cocina de la casa de ella». Leer a una conocedora del lenguaje, de los lenguajes, es lo que tiene.

De la Torre sabe emplear la lente adecuada en cada relato.

Otro de los relatos destacados, del que habla maravillas nada menos que Eloy Tizón, maestro del relato, es «Pollo entero deshuesado», título de evidentes resonancias carverianas, porque la influencia del escritor norteamericano está presente. Todo sea dicho, quizá más la del autor de La velocidad de los jardines, aunque la prosa de De la Torre resulta más clásica, en el buen sentido, que la de Tizón, más explosiva y revolucionaria. En ese relato hay mucho de Irene de la Torre y de su potencial. Para empezar, la imagen: ese pollo como muñeco de trapo, como elemento de otro tiempo, un tanto desprovisto de su dignidad, como podría sentirse también la abuela que protagoniza el relato. Un texto entre impresionista y realista, con su dosis de ternura por un lado, pero en las antípodas de la complacencia. Como sucede en muchos de los cuentos del volumen, ofrece varias capas que prometen una lectura, nunca mejor dicho, jugosa. Es ese algo más.

También es impresionista, casi un poema largo, sensual y plástico, el relato «Engullir un río». Ahí se demuestra de nuevo el potencial de Irene de la Torre para, a través de la palabra y apenas tres páginas, trasladarnos a sus ricos universos.

Crema solar, Irene de la Torre, RIL Editores, mayo de 2026, 106 páginas, 17,90 euros.


EL AUTOR

 

Foto Berta Delgado. YANMAG

EDUARDO LAPORTE. Escritor y periodista cultural. Nacido en Pamplona en 1979, reside en Madrid desde 2005. Ha publicado libros como Luz de noviembre, por la tarde, o La tabla, en Demipage, así como un diario íntimo en la editorial Pamiela y su particular visión sobre Baroja en Ipso Ediciones.

En 2021, publicó otra entrega de su Diario a ninguna parte en la editorial papeles mínimos bajo el título de Tiempo ordinario y la primera biografía en español sobre Battiato (tras la de Margaretto de 1990) en el sello Sílex: En presencia de Battiato. En 2024, ha reunido su visión sobre su tierra natal en Navarra-Madrid, también en Sílex.

En enero de 2025 publicó, en Sr. Scott, La vida suspendida, la historia de un duelo minúsculo