Malditas tarifas: el oficio de traductor en España no levanta cabeza

La cuarta sesión del ciclo Escribir y sus circunstancia de la temporada llevó por título Vivir de la traducción. Celebrada el pasado 25 de mayo en la Fundación Ortega-Marañón, dejó un agridulce sabor de boca entra los asistentes: el de comprobar cómo un bello oficio continúa maltratado por sus responsables más directos. Participaron Irene de la Torre, Gemma Rovira, Jesús Cuéllar Menezo y la también traductora, en el papel de moderadora, Amaya García Gallego.
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El sector de la traducción en el mundo hispanohablante tiene una fortaleza y una debilidad. La fortaleza la dan lo más de 500 millones de hablantes de esta lengua dispuestos a leer en su idioma natal la ingente cantidad de textos que se publican al año en lenguas igualmente fuertes como el inglés. Sin esa labor traductora, los castellanoparlantes no podrían leer a Ian McEwan, Zadie Smith o JM Coetzee. Tampoco a Annie Ernaux o a autores neerlandeses como Joost Oomen, cuya El sol al caer tradujo Irene de la Torre, una de las traductoras que participaron en la cuarta sesión, para Ediciones Franz.

La debilidad, esa cruz en esa moneda envenenada, son las tarifas. Un pago por unos servicios que sigue siendo bajo en relación a otros gremios, cuestión especialmente sangrante en una coyuntura de crecimiento del sector editorial en general. ¿Causas de este maltrato? Una de las asistentes al acto, poco antes de concluir la charla titulada Vivir de la traducción, lanzó una idea para la reflexión. La del hecho de que en distintos países, y citó a Reino Unido, la traducción se ve como una actividad complementaria a trabajos como la docencia, la edición o el periodismo, pero que por norma general no se vive de la traducción. «¿No será ese nuestro error?», planteó.

Claro que habrá pocos que piensen que sea un ‘error’ que, pongamos, los aceituneros de Jaén, quieran vivir de su trabajo… En un contexto de gran demanda de traducción, como el que supone una comunidad lectora con tanto potencial como la de habla hispana, se hace más doloroso aún escuchar el relato de quienes también son un eslabón la cadena de valor del libro, piezas fundamentales de términos como bibliodiversidad, puente entre culturas y demás conceptos valiosos, pero cuya labor no se reconocido del modo más grato: con unas tarifas justas. Porque salir en la cubierta de un libro resulta estimulante, pero si no va acompañando de una remuneración adecuada, no deja de ser parte de «afán de miseria», en lúcida expresión de la traductora Elía Maqueda, presente en el debate.

De izq. a dcha: Jesús Cuéllar Menezo, Gemma Rovira, Amaya García Gallego e Irene de la Torre

Veinte años de hielo

Parece un poema de Lorca pero por desgracia se trata algo mucho más prosaico. Las dos décadas que los traductores han pasado viendo sus tarifas congeladas. Estas declaraciones de Gemma Rovira, con casi cuatro décadas de actividad profesional, resultan reveladoras: «Que las tarifas sigan congeladas después de tantos años debería ser ilegal. ¿Qué directivo conocéis que cobre lo mismo desde hace veinte años? Yo misma planteé, con documentos, que llevaba diez años cobrando exactamente igual. Lo expones y lo único que recibes es un “no”. Y cuando te enfrentas a un libro de dificultad extrema, ni siquiera te motivan con un extra».

No obstante, Rovira se considera dentro del grupo de las privilegiadas: tal ha sido desde el principio de su carrera el afán por llamar a todas las puertas y de trabajar a destajo para que no le faltara el pan, que ha conseguido tener una clientela regular durante todos estos años. Eso sí, con tarifas estancadas (en torno a los 12 euros por 2.100 caracteres con espacios) que contemplan con asombro cómo el coste de la vida no para de aumentar mientras se sigue cobrando lo mismo.

El caso de Jesús Cuéllar Menezo, también con miles de páginas traducidas en su haber, también resulta significativo. Reconoce que en su actual situación, con piso pagado, con gastos compartidos con su pareja, puede sobrevivir con traducciones y algunas colaboraciones en prensa sobre cine. Pero que si tuviera que enfrentarse a los costes de la vida (o de la vivienda, más bien) en una ciudad tan complicada como el Madrid de 2026.

Traducir no basta

Amaya García Gallego ejerció de moderadora en un coloquio que tuvo lugar, como todos esta temporada, en una de las salas de la preciosa Fundación Ortega-Marañón. Además de moderar, también se mojó, como traductora (de Joël Dicker, entre otros) con amplia experiencia que es, y recordó que lo suyo no es llorar, sino una simple cuestión de justicia: «La conclusión es que no podemos vivir de la traducción por culpa de las tarifas…».

Sesión celebrada en la F. Ortega-Marañón

De ello es consciente Irene de la Torre. Más joven que los demás ponentes, esta traductora nacida en 1988, traduce del inglés, francés y catalán pero cuenta además con el valor añadido de traducir del neerlandés; si bien no son muchas las obras que se traducen al español desde esa lengua, conocer una lengua considerada minoritaria permite tener un trato más directo con las editoriales y establecer una relación más fluida y de confianza. «Si tuviera más libros traducidos del neerlandés, viviría mejor. Se paga bastante bien, pero no se traduce tanto; ese es el problema», lamenta De la Torre, que ha trabajado para sellos como Navona o Taurus.

También señala que en Países Bajos, existen unas tarifas mínimas que, en el supuesto que el proveedor no pudiera hacerles frente, el Estado se compromete a cubrir, evitando así situaciones de autoexplotación demasiado habituales en nuestro país. Además, son frecuentes subvenciones a la traducción que cubren el 70 % de los costes de un libro. Pero eso no es suficiente para que una traductora como ella se pueda dedicar exclusivamente a la traducción. Así, se plantea un objetivo realista: traducir al menos un libro al año, para matar así el gusanillo de llevar a cabo traducciones literarias; mientras, continúa con la traducción comercial, corrección de manuscritos, redacción de reseñas y esa labor de multitasker cada vez más habitual en el sector editorial.

Con esos mimbres, la mera posibilidad de ahorrar resulta casi una provocación, como coincidieron ponentes y moderadora.

 

El caso Harpers Collins y la IA

Respecto a la cuestión de la Inteligencia Artificial y su incidencia en el trabajo de los traductores, se comentó la necesidad de poner coto a traducciones hechas por máquinas que se venden como tal. Es la campaña que ACE Traductores está llevando a cabo para evitar malas praxis en el nuevo contexto, con un lema de lo más elocuente: que no te den datos por libros

Porque, como se expuso en la charla, hay editoriales, como Harper Collins, concretamente en su sello Harlequin, de novela rosa o de quiosco, que ya reconocen que están incorporando a la Inteligencia Artificial para sus procesos. Al menos, para la primera traducción del idioma original al idioma de llegada. Después, sí incorporarían ‘ojos’ humanos para una edición más o menos fina, en novelas de claro marchamo comercial pensadas para la venta a gran escala. Una medida, no obstante, que ha levantado una gran polémica en Francia, con protestas airadas de los afectados, como los traductores que fueron relegados en favor de las máquinas.

Otra amenaza para un sector ya de por sí vapuleado para el que urge tomar medidas. Así, Manuel Rico, presidente de ACE, animó a que sean los propios autores quienes impidan, con una cláusula en su contrato, que las futuras traducciones de sus libros las hagan las IA. Irene de la Torre recalcó que es un derecho legítimo de los propios autores contar con una garantía de que sus obras las traducirán traductores humanos, esto es, capaces de interpretar el texto de origen con una sensibilidad y un nivel de matiz y sutileza de la que la IAG no es capaz.

 

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