Contra el sujeto, verbo y predicado o cómo el lenguaje claro es tóxico para la literatura

¿La IA ha llegado para quedarse? Si eres escritor o escritora, el autor del artículo recomienda que huyas de ella «como de la peste», como de los mensajes masticados y los textos literarios estandarizados. Pasar de esas herramientas no debe verse como un sacrificio; es el único modo de poder llamarse a uno mismo creador… y disfrutar del proceso. 
© RAMÓN J. SORIA

Comienzo mal. Me desdigo: el «Lenguaje Claro» es fundamental para que una sociedad democrática sea igualitaria y justa.

Estamos cansados de traducir todas esas jergas, jeringonzas, arameos y tecnicismos que inventaron los burócratas y mandarines de las administraciones públicas, las entidades financieras y las grandes compañías para que en sus contratos, documentos, formularios y papelería obligatoria fuera incomprensible. Así pudieron confundirnos o engañarnos o silenciarnos a muchos durante mucho tiempo.

Hoy, la Ley Orgánica 5/2024, de 11 de noviembre, del Derecho de Defensa en España consagra el lenguaje claro como un derecho ciudadano en su artículo 9, exigiendo que actos y comunicaciones procesales sean sencillos, accesibles y comprensibles. Hace unas semanas PLAIN (Plain Language Association International) compareció en el Congreso de los Diputados para proponer el desarrollo de una ley de Lenguaje Claro en España y la puesta en marcha de un programa para trasladar a lenguaje claro todos los documentos que se generen en las administraciones públicas. También las entidades financieras y otras grandes empresas con las que contratamos servicios se han apuntado a estos cambios. Estupendo, el lenguaje claro es positivo y necesario para casi todo. Sin embargo las frases con «sujeto, verbo y predicado», asequibles a todos los bolsillos del alma y la comprensión lectora, son malas y venenosas para la literatura, la creación literaria, la libertad del escritor.

La atención lectora se está volviendo frágil, discontinua, fragmentada.

Escuchamos con frecuencia que debemos escribir para que nos entiendan todos los lectores, para que nuestros textos les sean fáciles de leer y comprender a ese, prototipado por los directores de marketing de las grandes editoriales: «lector medio». Antes, también, para no ser rechazados por unos editores que buscan llegar a muchos lectores y vender muchos libros porque su negocio es, lógicamente, sobre todo, por encima de todo, vender cuanto más mejor. Incluso ellos mismos, nuestros sufridos editores, durante el proceso de selección y revisión de textos para su publicación,  no tienen el cuerpo y la cabeza para meterse en textos raros, difíciles, complicados, inusuales, que requieren cierto esfuerzo, algo de esfuerzo lector, a veces bastante, incluso mucho.

Uno, sociólogo pero también escritor, se hace este tipo de preguntas sórdidas y retorcidas: ¿por qué ya no los versos del Góngora cultista y sí los de la experiencial Elvira Sastre?

Para agilizar este texto, no añadiré datos estadísticos con porcentajes, correlaciones causales y demás argumentarios lógicos de mi oficio. Abajo anexo enlaces para que amplíe datos cualquier lector curioso. Apunto solo las ideas más importantes.

Este libro ha sido acusado de estar escrito con IA

Los informes sobre los hábitos de lectura describen de forma engañosa cómo, década tras década, el número de lectores habituales va aumentando, pero también comenzamos a tener estudios que describen como la «lectura en pantallas» nos está acostumbrado a otra forma de leer. La atención lectora se está volviendo frágil, discontinua, fragmentada. La comprensión lectora es más superficial, los niveles de comprensión lectora han bajado en los últimos treinta incluso veinte años[1].

Hoy, textos que a un perfil de lector medio de hace tres décadas le interesaban y entendía, a un lector del presente les parecen difíciles y de complicada comprensión. Se trata de una literatura que este lector abandonará no tanto porque no le interesen los asuntos, tramas o personajes sino porque la construcción del texto, ese cajón de sastre que solemos llamar «estilo», el número de páginas o la estructura de la ficción le obliga a invertir mucho tiempo, atención y ganas. Una inversión a la que no está acostumbrado. Incluso el lector habitual, el que se lee un libro por semana, está acostumbrado a lecturas fáciles, casi cinematográficas.

Los investigadores echan la culpa de todo esto a la «lectura en pantallas», la adicción a hacer scroll, desplazarse y saltar de forma interminable, por los contenidos visuales que nos ofrece TikTok o Instagram, nuestra forma de leer un documento de texto en el ordenador del trabajo y nuestros malos hábitos de uso del móvil que los expertos han denominado «salud digital». Una «salud» que al parecer se resiente si pasamos determinadas horas pegados a la pantallita de nuestro móvil.

No digo que no, que esto no sea un grave problema, pero el terreno estaba abonado por un sistema de educación obligatorio en el que la lectura, la difícil praxis de leer, entender, aprender y disfrutar de un texto se enseña mal o no se enseña o se sustituye por esas malditas lecturas fáciles, cortas, contemporáneas. Por textos en los libros escolares que cumplen idénticos principios, por profesores que no saben o no se atreven o no quieren enseñar, seducir y desafiar a los alumnos con una literatura que implica atención, esfuerzo, ganas y, también un entrenamiento y una ambición personal por sacar de ese libro «difícil» todo lo que tiene o quiso esconder el autor ¿Los desastrosos datos del informe PISA 2025 en “comprensión lectora” tendrían esa causa? Nada es tan simple. O Sí.

Desde siempre, hasta ahora, a los escritores, incluso a los que tenían un estilo directo y sencillo como defendía Ernest Hemingway o Borges, lo que más les divertía era crear textos con diferentes niveles de lectura, sabiendo que algunos lectores entenderían lo más obvio y superficial, y otros lo más escondido y profundo, que unos lectores descubrirían ciertos guiños cómplices y otros no, o no en ese momento, quizá más adelante. Además había escritores que publicaban algunas o toda su obra con una clara voluntad de retar al lector por la dificultad del estilo, la trama, la estructura o el sentido del texto. Hay mil. Los primeros que ahora se me vienen a la memoria podrían ser ¿Joyce, Bolaño, Foster Wallace? Sin embargo fueron, son, siguen siendo, escritores muy leídos y apreciados ¿También por la mayoría de los lectores y editores de ahora, menores de treinta años?

No te importe ser complicado, imprevisible, retorcido, difícil, oscuro.

Por otra parte, los textos que generan las Inteligencias Artificiales, también buscan la claridad y la sencillez, la comprensión positiva de ese famoso «lector medio» del tema o especialidad que se trate. Las IAs construyen textos con frases y estructuras usuales dentro de unos algoritmos que no se salen de las invisibles campanas de Gauss de sus inmensas memorias. Luego, para que esos textos no parezcan escritos por una IA, por el famoso señor Chatgepeté o la señora Claude, le pedimos a la máquina, en un prompt que haga ese texto «más nuestro», «más humano», «imperfecto» e «inusual»:

«Ponte en el rol que eres un lector que desconfía y rechaza cualquier texto que sea demasiado limpio y neutro. Ve oración por oración y reescribe todo lo que se sienta corregido o demasiado preciso, tiene que leerse como cuando escuchar a una persona que habla en voz alta sin pensarlo mucho».

«Eres un editor crítico y experto en descubrir la escritura de una IA. Reescribe esto como lo haría alguien  que realmente lo vivió, un poco más áspero, directo, imperfecto. Elimina todo lo que parezca ensayado o escrito para impresionar. Mantén la misma extensión».

«Reescribe con ideas poéticas y fluidas igual que fluye una mente real: irregular a veces, contundente otras, en ocasiones lenta y otras muy ágil. Rompe cualquier patrón donde la escritura se perciba como demasiado controlada y uniforme». 

«Eres un especialista en detectar todas esas señales en el texto que delatan a la escritura de las IA, Elimina las frases de tres partes encadenadas, las típicas de sujeto, verbo y predicado, sustituye las construcciones “no solo X sino Y”, elimina los adjetivos corporativos, también los simples o esos otros que son usuales en inglés pero no en español de España. Haz, además, que cada palabra se sienta emocionante y original».

Ordenes son órdenes, sin duda la señora Claude, el señor Chatgepeté, pondrá empeño en la tarea y cambiará nuestro texto hasta «parecer más humano» y «más nuestro» según la definición de «humano» que le hayamos dado y lo que haya aprendido de nuestro “estilo literario personal” o del estilo de los textos de otros escritores, de los que ha aprendido sin pedir permiso, ni pagar por ello. Sin duda la ayuda de las IAs nos servirá para mejorar nuestra presentación visual, nuestro informe semanal, los emails, el documento comercial o nuestro texto amoroso para la app de citas. Y con estos prompts adecuados nadie podría detectar si ese texto es original o «de lata». Nadie. Incluso si estos «conjuntos de palabras con sentido» tienen escondidas las novedosas «marcas de agua» que luego eliminaremos con otra IA para que nadie descubra que es IA.

Escribir, como todo proceso creativo, debe ser una actividad alejada de cualquier mercadotecnia previa, de cualquier búsqueda de la eficacia

Sin embargo, no nos engañemos, ese texto no es original, aunque lo parezca, es basura, basura reciclada con apariencia delicatessen. Es verdad que, por ahora, generar textos laborales con las IA es útil, práctico, cómodo, incrementa nuestra productividad pero, a medio plazo, tal vez a corto y hasta muy corto plazo, proponer, vender, utilizar esos textos sea el mejor camino para quedarnos sin trabajo o para que nuestro trabajo  ya no sea nuestro y nos paguen algo menos por él. Porque, al fin y al cabo, ¿Qué hay en esos textos de nosotros? ¿Y si no hay nada? ¿O si hay poco y cada vez menos? ¿Y si nuestros clientes o lectores se van acostumbrando a esos textos que no son nuestros? ¿Para qué nosotros? Para nada. ¡Adiós! Seremos prescindibles para hacer casi todas las tareas, tal vez todas. Bueno, c’est la vie! El progreso era esto ¡No nos vamos a poner ahora luditas!

¡Ah!, me pierdo. Vuelvo a nuestro asunto. Mi jardín no es este, el nuestro, el de los escritores de ficción, poetas y demás mala gente es el de la originalidad, la creación, la literatura ¿Sujeto, verbo, predicado? ¿Escribir claro y sencillo? ¿Evitar convertir la lectura de nuestros textos en un trabajo difícil para el lector medio? ¿Utilizar en nuestras novelas, cuentos o poemas ese lenguaje claro establecido como un nivel de idioma asimilable al nivel B2 de cualquier idioma? Es importante recuperar en este punto al escritor Fernando Fernán Gómez: ¡Váyase usted a la mierda! Para las aventuras literarias ambiciosas en este complicado presente no nos sirve seguir esta recomendación mercadotécnica.

Escritora, escritor, no te importe, si te apetece, si lo necesitas para expresar lo que tu corazón, tu cerebro y tu oficio te dicta o si te da la gana, ser complicado, imprevisible, retorcido, difícil, oscuro; utilizar frases bien construidas sin importarte si tienen cinco o diez líneas. Propón argumentos, tramas y personajes nunca vistos. Arriesga, construye textos que tengan trucos, cajas chinas, muchos niveles de lectura, cuantos más mejor.

Los textos hechos con IAs pueden parecer literatura, pero no lo son.

Es verdad que las grandes editoriales van a lo seguro, al best seller, a los tipos de literatura que ya saben que venderán por miles, pero también hay en nuestro país pequeñas editoriales con editores que no quieren «sujeto, verbo y predicado», que arriesgan se atreven, innovan, les gustan los libros desafiantes para lectores atrevidos, entrenados, avisados, que exploran, a los que no les importan los llamados “libros difíciles” porque en realidad no lo son, todo es cuestión de nuestra competencia lectora, nuestro gusto por la lectura, nuestra entrenada capacidad para abstraernos durante horas en sus páginas sin que nada nos distraiga, sin que nada mida o nos advierta de que peligra nuestra «salud digital». Pensando en todo esto: ¿Debería de haber un indicador de salud lectora?

Si eres escritor, escritora, huye como de la peste de la ayuda de las IAs. Si eres lectora, lector, pasa de leer literatura que en parte o en su totalidad haya sido escrita por una IA. No porque no sea interesante o no esté «bien escrita» sino porque detrás de todas esas palabras, esos textos perfectos o intencionadamente algo imperfectos, no hay nadie. Un texto escrito por humanos puede ser malo o ser alta literatura. Un texto escritor por una IA es el producto de unos algoritmos que fueron entrenados con textos técnicos, y con textos de alta literatura, por cierto, repito: sin pedir permiso ni pagar por ello a sus creadores. Ese texto «literario» hecho con IA, ese libro de ficción o de versos, parece literatura, a veces fácil otras veces sofisticada, pero no lo es, es otra cosa, llámalo X, llámalo fernangomezmente: mierda.

 

Algún consejo fernangomezsista:

 

  • No utilices IA para ayudarte a escribir un texto literario. El trabajo de escribir es una actividad artística, creativa, placentera, libre ¿Para qué delegar ese placer?
  • No le des a la IA un texto literario original que tú has escrito para que lo traduzca o lo mejore o realice una corrección ortotipográfica porque la IA lo guardará y lo utilizará para sus entrenamientos. Es posible que ese texto aparezca luego en otro lugar y no figures tú como el autor o la autora.
  • Si utilizas la IA para tu trabajo creativo piensa que el resultado que te ofrezca es el producto de sistemas de aprendizaje que han utilizado sin permiso textos de otros colegas escritores y escritoras.
  • Si permites que una «IA» lea tu texto, y si ese texto está sujeto a derechos de autor, la IA no te pedirá permiso para utilizarlo, ni te pagará por beneficiarse con él, no podrás pedirle luego a la IA que no lo utilice.
  • No te hagas trampas al solitario escribiendo o ayudándote a escribir un texto literario con una IA y luego eliminando las marcas de agua; maquillar o esconder que eso a sido así utilizando tics, estrategias de reescritura de algunos tipos de frases o palabras, recurriendo a programas u otras IAs o… consejos que suele haber por miles en las redes sociales. Podrás engañar a tus lectores, incluso a ti mismo pero ¿Qué sentido tiene?
  • Si necesitas corrección de estilo, ortotipográfica o una traducción encarga ese trabajo a un escritor, a un corrector, a un traductor o traductora de carne y hueso. No tanto porque su trabajo sea más minucioso o acertado como que su criterio será más preciso y precioso en lo que se refiere a los contextos, la parte invisible de un texto y todo aquello que tiene que ver con la originalidad.
  • Y cuando te digan que escribas claro, que utilices sujeto, verbo y predicado ¡Sé fernangomezsista!

 

Para saber más:

 

https://federacioneditores.org/wp-content/uploads/2026/02/habitos-de-lectura-2025.pdf

https://www.educacionfpydeportes.gob.es/inee/evaluaciones-internacionales/pisa/pisa-2025.html

https://papers.ssrn.com/sol3/papers.cfm?abstract_id=6097646&utm_source=substack&utm_medium=email

https://hispanismo.cervantes.es/asociaciones/asociacion-espanola-comprension-lectora

https://www.safecreative.org/tips/es/cedro-denuncia-que-la-ia-uso-sin-permiso-50-000-libros-publicados-en-espana/

https://theconversation.com/es-compatible-leer-muchos-libros-y-tener-dificultades-de-comprension-lectora-290447

 


EL AUTOR

 

RAMÓN J. SORIA (Jarandilla de la Vera, 1965) es sociólogo y escritor, autor de obras como España no es país para ríos; Viaje por el agua que una vez amamos; Artes de río. Sobre los rastros del agua en la historia; El barco caníbal; los Ríos Salvajes; Los dientes del corazón; Partes de guerra o La fábula y el Fuego. Es colaborador de temas fluviales, sociológicos y gastronómicos y de consumo en: CTXT.es, El Salto.es, el diario.es, diario ABC, Cadena Ser o COPE, entre otros.

 

 

 

 

[1] Incluso en los cinco años si analizamos los datos del informe PISA y los lectores y lectoras de 16 años.