Los versos de Leoncio Bueno: aventura y camino de esperanza

Leoncio Bueno hizo de la poesía una herramienta que invitaba a la rebeldía pero también a crear lazos de comunidad. Desde los márgenes, su voz indómita retrató las contradicciones del Perú y reivindicó la dignidad de los olvidados.
© MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA

Para un pequeño canto
inmenso corazón se necesita.
Inmenso corazón se necesita
para un pequeño canto

L.B.

La poesía de Leoncio Bueno (1920-2026) establece una crónica de la segunda mitad del siglo XX peruano desde una perspectiva popular, en un momento en que esta sensibilidad era todavía definida por lo costeño-mulato-criollo. Se hace necesario recordar que en los sesenta la irrupción de esta obra, -impúdica, revoltosa y sabrosa-, constituyó una afrenta para quienes tenían aún cierta dificultad en reconocerse como occidentales periféricos. Mas la voz del más longevo de los dinamiteros persiste a través de las décadas como una poesía comprometida, ante todo, con la palabra, con la justicia y con la vida, destacando su consistencia como comentario a la sociedad en su conjunto, criticando sus paradojas e injusticias -históricas o estructurales- sin un ápice de victimismo.

Parte de la maestría de los textos que se recogen en La dicha de los dinamiteros –la antología de su obra entre 1966 y 2014, compilada por Gian Pierre Cordalupo,   y que lo da a conocer por primera vez a los lectores españoles e hispanoamericanos-, está en la creación de un sujeto poético dramatizado que permite expresar cuestionamientos y militancias, pero nunca de manera doctrinal o partidista, sino abrazando las debilidades y contradicciones personales (en la línea del vanguardismo romántico de Vladimir Maiakowski). De este modo, la valentía, la dignidad, el humor y la fragilidad serían algunos de los rasgos que definen a este personaje y su destino como poeta, con su cuota de orgullo, sacrificio, dudas y culpabilidad.

En un repaso somero por su producción impresiona su versatilidad.

En efecto, si, como todos los poetas peruanos, el autor de Pastor de truenos (1968) madura bajo la sombra protectora de Vallejo, también se aprecia su distancia con respecto a aquella condición doliente, andina y metafísica que distingue al autor de Trilce. Esa estrategia le sirve para descubrir su entonación personal y afirmarse en una vitalidad rebelde, iconoclasta, férreamente materialista. El poeta demuestra así reiteradas veces, dentro y fuera de los poemas, no tener miedo a la vida, ni tampoco al fracaso, pues ha sabido vencer los constreñimientos del pudor (como atestiguan también sus memorables incursiones como actor en filmes que marcaron época como Abisa a los compañeros, de Felipe Degregori, y Fitzcarraldo de Werner Herzog).

Esta antología ha sido posible gracias al empuje de Editorial Ultramarina

A lo largo de los años, las escasas veces que su obra despertó el interés de la crítica, se insistió de manera reduccionista en su particularidad como poeta obrero; algo que responde a su singularidad social, a su militancia anarquista y a lo inusitado que siempre ha sido ser un poeta con conciencia de clase, racial y política. Precisamente dicha radical honestidad sería la que le permitió sentar las bases para el desarrollo de una intransferible personalidad artística, forjando la identidad que da coherencia y convicción a su voz con una autoridad que proviene no del privilegio, sino de la plena conciencia de su condición subalterna. Leoncio Bueno se reivindica como mitimae, como sujeto agraviado, para rebelarse y subvertir tal definición (de ahí el humor desmitificador, la autoironía y el descreimiento de los valores y recompensas de un sistema opresor e injusto).

No obstante, esta autonomía jamás se justifica en la soledad o el solipsismo, opciones más propias de la rebeldía de quienes asumen el arte por el arte. En consecuencia, desde sus inicios, en la experiencia poética de Leoncio Bueno cobra gran relevancia la creación de interlocutores. De ahí la práctica pionera de la autoedición («Y todo por publicar mis locas ilusiones / atentando contra la olla / y los gastos del mercado») y su apuesta por la forja de comunidades. Publicar sería entonces un paso necesario, no en la búsqueda del éxito de ventas o la consagración crítica, sino para el diálogo con los lectores: un factor imprescindible para continuar produciendo, sobreponiéndose a la esterilidad y el fracaso.

Le poesía de Leoncio desafiaba la modernidad occidentalizada.

Por consiguiente, de manera clandestina o secreta, la influencia de Leoncio Bueno se intuye en las letras del idioma a través de lo que luego se conocería como contracultura: las actividades y la actitud de grupos juveniles como Hora Zero (a quienes acogió en su taller Túngar) o los Infrarrealistas. De este modo, los lectores de los perros románticos internacionalizados por Roberto Bolaño se sorprenderán al descubrir entre estas líneas a uno de aquellos detectives salvajes que supo escudriñar todos los rincones de las palabras y las calles: en los poemas de  La dicha de los dinamiteros respira y ruge un león, el más viejo y el más sabio de todos.

Reconocerse como sujeto subalterno, como uno más entre los que conforman el mosaico anónimo de los desprotegidos, se convierte en los versos de Leoncio Bueno en aventura y camino de esperanza, en una vocación de futuro. Así lo establece en el poema «La batalla de la supervivencia» de La Guerra de los Runas (1980):

 

Somos los negros los indios los cholos los injertos
hombres de color nocturno
huesos de pura miel
dorada
por el Sol de las faenas
somos
la fuerza bruta
oscura piel marcada por los suelos.

Sin embargo
somos secretamente dulces
y hermosos
sedientos de la luz
de hacer las grandes cosas
más allá de lo individual y lo inmediato.

[…]

 

Asumir la representación del ciudadano oprimido, de esas mayorías invisibilizadas por la historia, supuso para el poeta transitar un camino largo y solitario, pues, sin una comunidad que lo respalde, hizo suyo el desafío de escribir a contracorriente. En consecuencia, se debe incidir en que esta propuesta no tiene ni ha tenido auspiciadores o valedores en los sectores oficiales de la ciudad letrada peruana ni en los discursos académicos internacionales. Dicho ostracismo se produjo no por una cuestión racial (la sangre africana del canon criollo peruano está bien representada por Blanca Varela, Bendezú, Hernández, Verástegui, e incluso muy probablemente Westphalen y Eielson), sino ante todo por cuestiones ideológicas, estéticas y socioeconómicas.

El poeta murió el pasado 31 de julio

Y sí, en efecto, formalmente la poesía de Leoncio Bueno está a la altura de sus mejores contemporáneos, pues constituye un gran logro que sorprende por la diversidad y la riqueza de sus recursos (en un somero repaso: Whitman y el aliento épico americano; Vallejo y la empatía comprometida; Brecht y el distanciamiento dramático; el epigrama y la sátira grecolatinos, o la oralidad criolla de los valses replaneros, con recutecu, como en el caso del Carreta Jorge Pérez). Esta inusual amalgama constata la ductilidad típica de un poeta popular culto -en la línea de clásicos del idioma como Quevedo y Lope-, que practica una autorrepresentación repentista zumbona y zamba que lo relaciona también con Valdelomar, Nicomedes Santa Cruz y Antonio Cisneros.

El autor de Invasión poderosa (1970) edifica y expresa una voz plenamente americana que da fe de un mundo inmemorial y siempre nuevo: el de los apenas perceptibles o pronto olvidados. En este sentido, el poeta despliega su magisterio para el registro de importantes cambios histórico-sociales. Uno de ellos, de particular relevancia en el mundo globalizado actual, sería el que constituye los procesos migratorios y sus desplazamientos humanos (el paso del campo a la ciudad y, también, el salto de un continente a otro).

En un repaso somero por su producción impresiona su versatilidad, sea en esa profusa alternancia de poemas cortos, epigramáticos o líricos, en la línea de Rebuzno propio (1976), o en su complemento a través de otros narrativos y de gran extensión. Esta última vertiente supone la actualización y la adaptación de lo épico en libros como La guerra de los Runas (1980) o El inaudito canto de los Huacatay (2014), que celebran las historias y luchas de un pueblo oprimido. De este modo, Leoncio Bueno se reconoce como un cronista de la violencia inherente a la historia del continente americano, haciendo visible lo que el relato oficial prefiere ignorar, como en su memorable «Wayno de Comas»:

 

Somos 700,000 mil artistas preñados de violencia moderna,
entre ellos, muchos mejores que yo
hablan y escriben vaticinios.

[…]

Mañana vendrán historiadores gringos: sociólogos,

psicólogos, antropólogos.
Dirán: Qué interesante…¿Koumas ega un paisaje lunag?
Exacto. Vinieron los hombres de la masa,
no tenían agua para beber
pero sembraron árboles.

De nuevo, dicho temprano y sostenido acierto sería muestra de la sabiduría humana y artística de Leoncio Bueno, al reconocer que su identidad también está conformada por otras voces. Y dichas voces, por supuesto, trascienden las estrechas limitaciones de lo nacional, lo idiomático o las agendas locales, pues desde su peculiar arraigo y desparpajo esta poesía desafiaba la modernidad occidentalizada, modernizadora e internacionalista de la élite cultural limeña de su tiempo.

Leoncio Bueno se reconoce como un cronista de la violencia.

Si hubiese que dar fin a un proceso que por definición es trunco y continuo: quizá el legado más importante de Leoncio Bueno radique en asumir lo comunitario como una lección de vida que persiste incluso más allá de la consecución de cualquier logro artístico o político. Nos referimos a cierta profesión de fe que permite mostrar cotidianamente la actitud y la inteligencia necesarios para sobreponerse al desencanto. Por consiguiente, su poesía, aún siendo afirmativa, también resulta áspera e irreductible pues explora poliédricamente su lugar en el mundo con toda la crudeza de una larga y combativa experiencia vital. Una poesía y una práctica que representan cierta manera, humana a la par de heroica, de habitar la historia (en un desafío que va más allá de triunfar o sobrevivir, que son precisamente las estrechas categorías que impone el sistema).

*Artículo dedicado a Luis La Hoz y Los Poetas de los Lunes.

 

La dicha de los dinamiteros, Leoncio Bueno, Editorial Ultramarina, Sevilla, 2025, 302 pgs.


EL AUTOR

MARTÍN RODRÍGUEZ- GAONA (Lima, 1969) es poeta, ensayista, traductor y editor. Autor de Efectos personales, Pista de baile, Parque infantil, Codex de los poderes y los encantos y Madrid, línea circular —Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad—, así como del ensayo Mejorando lo presente. Fue becario y coordinador literario de la Residencia de Estudiantes, y obtuvo la beca internacional Antonio Machado. Ha traducido a John Ashbery, John Giorno, Brian Dedora y Jack Spicer. Ganó el Premio Málaga de Ensayo 2019 con La lira de las masas y el Premio Celia Amorós 2022 con Contra los Influencers. Su poemario más reciente es Motivos fuera del tiempo: las ruinas.