Fritz Lang estrenó en 1927 su película Metrópolis: curiosamente, sitúa la acción en un futuro que es nuestro presente, 2026. La obra, que supuso un fracaso comercial, se basa en la novela homónima de Thea Von Harbou, esposa de Lang, que la escribió en 1925.
© MIGUEL ÁNGEL SERRANO
Desde luego, no soy el primero que reflexiona sobre ello, claro, y seguramente el centenario de la película, el año próximo, traerá una buena colección de artículos y libros, habida cuenta de que, además de la visión agónica y estéticamente impresionante, hay una serie de hechos que parecen predicciones cumplidas. Esto es algo que he visto muchas veces: las intuiciones de los escritores y artistas suelen prefigurar los hechos del futuro. De hecho, es una técnica que he usado en un ensayo sobre inteligencia artificial que incluye citas de 50 escritores ya muertos y que anuncian o resumen aspectos inquietantes de esta tecnología.
Ahora quiero fijarme, no obstante, en algunos aspectos de la película que no es que hayan pasado desapercibidos, pero que en mi cabeza han adquirido un lugar relevante.
«Robot» viene del checo robota, que significa «trabajo esclavo».
En primer lugar, la obra propone, como es sabido, un mundo separado en una elite oligárquica, que vive en lo alto, y una clase obrera que vive en el inframundo, entregada a trabajos deshumanizados y al servicio de una maquinaria implacable. La película, rica en matices, fue acusada de comunista y también de nazi: la ideología separó a la pareja de director y novelista.
Lo cierto es que la brecha entre las personas poseedoras de grandes fortunas y las clases medias depauperadas (y eso en países del primer mundo) está aumentando, y vemos además cómo una clase tecnocrática (lo que se conoce como tecno feudalismo) está desafiando a gobiernos en todo el mundo para generar un nuevo modelo social fuertemente intervenido y con herramientas, como la inteligencia artificial, que consumen insostenibles cantidades de recursos. No es difícil encontrar declaraciones de los «Tech Bros», con Sam Altman, de OpenAI, a la cabeza, que son asombrosamente despreciativas del género humano. Hemos llegado a ver cómo se equipara el coste de entrenar a las máquinas con el de criar a un ser humano, como si fueran categorías similares, o comparaciones entre las personas que se oponen (nos oponemos) al uso irreflexivo de esta tecnología con el Anticristo. Nada menos.
La futurista ‘Metrópolis’ de Fritz Lang anticipa un mundo dominado por la desigualdad
En segundo lugar, un científico replica a Maria, la protagonista líder de los obreros, dándole forma de robot humanoide para así sembrar el caos entre los insatisfechos trabajadores. No nos extendemos en contar la trama, pero vale la pena destacar aquí dos asuntos: el primero que «robot» viene del checo robota, que significa «trabajo esclavo». En algún foro he defendido que «Robot empieza por robo», puesto que los modelos grandes de lenguaje, base de la actual inteligencia artificial generativa, han sido entrenados, de manera ilegal, con materiales sujetos a copyright. Es una práctica que se sigue dando con absoluto desprecio a la privacidad de nuestros datos y obras, y está siendo fuertemente contestada y denunciada. Y, además, el futuro que se empieza a entrever es que muchos trabajos están en riesgo por la llegada de esta tecnología, sin que esté realmente claro que vayan a crearse otros que los sustituyan, como vociferan sus partidarios.
La segunda circunstancia que señalar es que la inteligencia artificial sufragada con dinero público en España se llama MarIA. Seguro que es una coincidencia, atraídos los responsables por el juego de las iniciales IA, pero no deja de ser curioso. Veremos cuánta confusión crea, aunque tiene difícil competir en el mercado de los sistemas de inteligencia artificial, al menos mientras siga habiendo versiones gratuitas.
Hay muchas escenas impresionantes en Metrópolis, la primera película que fue declarada Patrimonio Audiovisual de la Humanidad, pero hay una que no es que resuma la situación actual, sino que parece prefigurar tiempos más oscuros…
El debate debe centrarse en poder y política antes que en tecnología.
Varios trabajadores del subsuelo manipulan de forma exigente, casi obsesiva, los mecanismos y palancas de algo que parece una locomotora pero que requiere un esfuerzo físico agotador, de manera tal que cuando no se cumple el ritmo, el mal funcionamiento de la máquina termina por abrasar a los operarios. En ese momento, en una brillante operación metafórica, la máquina se transforma en una gigantesca y aterradora boca que traga, exigiendo el sacrificio, a sus sirvientes. En la secuencia se intercala una cartela, de abigarrada tipografía, que menciona al antiguo dios asirio Moloch, una de esas divinidades que exigen apropiarse de sangre humana para no encolerizarse. También es una referencia al término alemán molochen, que significa esclavizar y también machacar: es decir, lo que muchos temen que haga la IA. Conectarlo con los robots esclavos no es difícil, solo que los sojuzgados son humanos, no máquinas.
Esta autoimagen de los tecnócratas como seres de invencible poder (y lo cierto es que cada vez tienen más) y de la propia tecnología como un Dios cruel e insaciable, me lleva a pensar en Behemoth, una inteligencia artificial de Meta, basada en su modelo de lenguaje Llama, que propone la imagen brutal de una llama amenazante, a la manera de esa bestia del mismo nombre a la que, como el Leviatán, solo puede dominar Dios. Me parece de una agresividad brutal: da miedo. Busquen la imagen y verán fácilmente al Diablo.
El científico Rotwang crea una réplica robótica de María para manipular a los trabajadores
Por último, la película cierra con la idea de que la ciudad no puede continuar siendo como antes tras los graves incidentes y desperfectos que sufre por las inundaciones causadas por la rebelión de los obreros ante ese trabajo esclavo. La imagen del acuerdo entre el máximo dirigente y el líder obrero dándose la mano, junto a la cartela que reza «El mediador entre la cabeza y las manos debe ser el corazón» propone una nueva gobernanza más humana. Posibilidad que no parece atisbarse según están las cosas, cuando la amenaza (que es también parte del marketing de los sistemas de IA para potenciar la idea de su inevitabilidad y así acelerar la adopción basada en el miedo) es que los humanos somos prescindibles.
Personalmente, creo que sí, como individuos, pero no como especie, y menos arrumbados por nuestras propias creaciones. Situar el debate en términos de poder y política, que no tecnología, es el primer paso para poder diseñar un futuro menos distópico del que propone Metrópolis. Un futuro que empezó en enero de este año, al parecer. Con permiso de Skynet, la inteligencia artificial dictatorial de Terminator, que alcanzaba su ‘independencia’ el 29 de agosto de 1997.
EL AUTOR

MIGUEL ÁNGEL SERRANO (Madrid, 1965) es narrador, poeta, crítico literario y ensayista y presidente de honor de European Writers’ Council (de la que es miembro ACE). Ha reflexionado sobre la intersección entre inteligencia artificial y cultura en su ensayo de 2025 Androiceno: escribir en la era de la inteligencia artificial.
Web del autor: poesajes.com. Cuenta en X: @poesajes



