En un paisaje postsoviético

Pedro Víllora, dramaturgo, biógrafo y profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad Complutense, entrevista a Santiago Martín Bermúdez con motivo de la publicación de su novela Velada en San Petersburgo (Legado ediciones) publicada el mismo año 2023 en que también llevó a la imprenta Letra de tango (baladas porteñas), en la misma editorialMartín Bermúdez (Madrid, 1947) es un dramaturgo, crítico musical y traductor español, ganador del Premio Nacional de Literatura Dramática en 2006 con su obra Las gradas de San Felipe y empeño de la lealtad. Con su última obra se demuestra como un vasto conocedor de la cultura rusa, así como un fino analista de su convulsa historia desde la revolución de 1917 hasta nuestros días.
© PEDRO VÍLLORA

Pedro Víllora: Un poco a la manera de La paradoja del comediante, la experiencia de ver un espectáculo teatral pone a dos interlocutoras a reflexionar sobre asuntos que exceden el contenido de la pieza. En este caso, las jóvenes Sonia e Irina asisten en 2014, con el trasfondo de la guerra de Afganistán, a una obra ambientada en 1956 que trata de cómo el compositor Tijon Jrénnikov, secretario general de la Unión de Compositores Soviéticos, intenta evitar el suicidio de Alexander Fadéiev, exsecretario general de la Unión de Escritores Soviéticos. La novela tiene una tercera fecha importante, 1998, cuando el padre de Sonia, un antiguo hombre del Partido Comunista, había comentado esta misma historia a las dos amigas. Hablemos un poco de los personajes reales. ¿Quién era Tijon Jrénnikov?

Santiago Martín Bermúdez: La idea primera para esta novela me surgió hace bastantes años con Jrénnikov y Fadéiev. No sé si se puso en marcha con una entrevista que le hice al excelente director de orquesta Yuri Temírkanov, que acaba de fallecer. Una de mis preguntas al margen de la entrevista era por Tijon Jrénnikov, qué es de él, si acaso había fallecido ya. Esto era en la segunda mitad de los noventa, publiqué mi entrevista en parte en Scherzo y en parte en ABC Cultural, era muy larga. Me dijo el maestro que Jrénnikov vivía y que seguía componiendo. Debí de comentar algo parecido a “bicho malo nunca muere”, y él me preguntó “por qué dice usted eso, Jrénníkov salvó a mucha gente, las cosas no eran como aquí, si había que firmar algo o condenar a un colega, se hacía, y llegaba Jrénnikov para convencer a la víctima, para convencerte a ti y para evitar males mayores” (cito de memoria, pero era eso). Es decir, que el responsable del sindicato de compositores estuvo desde 1948, en que tomó posesión, hasta 1991, cumpliendo varias funciones al servicio del partido, una de ellas la de tratar que las víctimas aceptasen lo inevitable y salieran lo mejor librados posible. Esto debió de ser así sobre todo con el Deshielo, en los años posteriores al XX Congreso.

Jrénnikov es un compositor que ha tocado todos los géneros y que, por lo que se ve, se ha bandeado bien con todos los dirigentes desde 1948; Stalin, el interregno de la lucha por el poder tras la muerte de éste, la época de Jhrushov (el Deshielo), la de Brezhniev y la de los últimos dirigentes, que acaso fue una sola: Antrópov, muerto demasiado pronto; Chernienko, demasiado anciano para durar; y Gorbachov, figura trascendental y maltratada. Siento una profunda antipatía por Yeltsin, cuya obsesión fue en aquellos momentos la de destruir la obra de Gorbachov. Pero, ya ves, Yeltsin sí poseía legitimidad democrática, lo habían elegido libremente, aunque solo en Rusia, las otras catorce nuevas repúblicas iban a tener otros dirigentes, casi nunca democráticos, pero tan desastrosos a los efectos como el mismo Yeltsin. Aunque Yeltsin trató de enterrar la funesta nostalgia chauvinista del imperio, que ha despertado y se ha desarrollado en veinte años. En fin, Jrénnikov perdió su cargo a edad avanzada, en 1991, casi con ochenta años, al hundirse la URSS. Las obras de Jrénnikov son de todos los géneros y las pocas que conozco son estimables, solo eso. En el libro cuento el elogio que le tributó el compositor francés Georges Auric, el más joven junto con Poulenc del llamado Grupo de los Seis. Resulta plausible, aunque improbable, lo que proponen los dos metarrelatos de mi libro, que Jrénnikov tratase de evitar el suicidio de Fadéiev en 1956. Jrénnikov fue longevo, algo raro en Rusia; vivió entre 1913 y 2007.

No soy un experto en Rusia, solo un ‘insistente’.

¿Y Alexander Fadéiev?

En el libro se comprende quién fue Fadéiev. Comunista de primera hora, de clase obrera, hombre alto, rubio, atractivo, que conquistó el corazón de Elsa Triolet y Louis Aragon, la pareja de comunistas franceses (bueno, ella era rusa de origen, hermana de Lili Brik, esposa de Osip Brik y amante de Maiakovski; formaban un trío muy llamativo para el puritanismo revolucionario). Aquel comunista tal vez puro e idealista en su juventud se convirtió desde su puesto dirigente en el Sindicato de Escritores en un auténtico inquisidor vicario, y fue responsable de condenas de sus colegas, que acabaron en el gulag o fueron ejecutados. También se convirtió en un alcohólico, enfermedad universal pero con especial presencia en el imperio ruso. Su suicidio en 1956, después de las espeluznantes revelaciones de Jhrushov durante el XX Congreso del PCUS, es fruto tal vez del remordimiento, pero también de comprender que todo lo que había hecho era contrarrevolucionario, como lo era la dictadura de Stalin y su pandilla. Como vemos en el libro, su novela La guardia joven era una lectura obligatoria, un ejemplo de lo que era el realismo socialista.

La novela es crítica con la ideología comunista y puede ser entendida como un relato de la caída del régimen soviético. Asimismo, la fecha de 1998, cuando habla el padre de Sonia, se sitúa cerca de la perestroika pero lo bastante a distancia como para mostrar ya algunas consecuencias. ¿Cómo ha trabajado la relación entre la ficción de la novela y la historia real?

Esa crítica al comunismo soviético ya está hecha, para eso no hace falta mi libro. Ya dije que era ficción en un paisaje auténtico. Pero se trata no solo de la ficción en esa velada entre el viejo Yuri Ilich, su hija, Sonia, y una amiga de ésta, Irina, a las que les cuenta la historia. Es fundamental, para mí, el metarrelato. La historia de Jrénnikov tratando de evitar que Fadéiev se suicide. La cuenta Yuri, que anuncia su propia muerte. Ha oído esa historia de tercera o cuarta mano. No sabe si es realidad o es leyenda, y cuánto se cambió de una voz a otra, incluida la suya. Pero, además, años más tarde su hija Sonia y su amiga Irina van a un teatro y ven esa misma historia, pero contada de manera sarcástica, feroz, farsesca, cómica, clownesca. Eso me interesa más que la crítica al sistema comunista soviético, que fue un sistema dolorosamente fracasado desde muy pronto en su historia, acaso desde el inicio mismo, cuando el golpe (no revolución) de octubre de 1917. La Rusia posterior al comunismo es el paisaje real. Lo que importa es lo que cuenta Yuri en 1998 y lo que ven las dos mujeres en 2014. Hay mucho humor y mucho dolor. Siento ese dolor por Rusia, un país que sufre como ningún otro, y que hace sufrir desde hace siglos. Quiero insistir en que la redacción final de este libro es anterior a la invasión de Ucrania en febrero de 2022, pero posterior al Anschluss de Crimea en 2014 (¡qué bien lo relata Pilar Bonet en su reciente libro Náufragos del imperio!, publicado en Galaxia Gutenberg). Y las anotaciones y plan parcial que yo iba anotando se remontan a veinte años antes.

: "¿Qué hacemos aquí hablando de ...

Santiago Martín Bermúdez fue secretario general de la Asociación de Autores de Teatro.

¿El realismo socialista fue tan castrador para los artistas como se percibe en su novela?

Sí, porque imponía un tipo de narrativa. Sí, porque excluía lo demás. Y el mal no se limitaba a la narrativa o la poesía y el teatro, sino a las artes plásticas y el cine. Incluso a la música. Cuántas obras hermosas no se compusieron, cuántas desaparecieron. Las novelas más importantes del periodo soviético sobrevivieron por azar: El maestro y Margarita, Vida y destino, Doctor Zhivago… En lo relativo a narrativa se explica en qué consistía ese realismo en una obra que es toda una autoridad y que me permito citar en el libro. Es The Soviet novel. History as Ritual (1981), escrito por Katerina Clark mucho después del Deshielo y antes del hundimiento de la URSS. El subtítulo ya dice mucho.

Cuando tienes bien agarrados a los personajes sabes hacerlos hablar.

Tanto los personajes principales como el contexto son algo ajenos al lector común español. ¿Tal vez por eso se ha preocupado especialmente por la capacidad de entretenimiento de la fábula?

Mi pasión por Rusia y lo ruso (no puedo decir, simplemente, que se trata de simple interés) viene de antiguo. Pertenezco a una de esas generaciones que en algún momento creyó que la URSS era el sistema a seguir. Pronto vinieron los desengaños. Apenas supe nada de Hungría 1956, era un niño; pero me golpeó con fuerza la invasión de Checoslovaquia en el verano de 1968, el año del mayo francés y de la Ofensiva del Tet, el año en que matan a Martin Luther King y a Robert Kennedy, el año de la masacre de Tlatelolco y en el que gana Nixon la presidencia, ay; todo esto no tiene nada que ver, son cosas de la memoria de un jovenzuelo de veinte años. La gran literatura rusa me cautivó desde muy joven. Pero después llegó la música rusa y la ópera rusa. Les he dedicado mucho tiempo y escritos, mucha pasión, sí. Un libro que quisiera concluir con todo el material que tengo se titularía La carta de Tatiana y el lamento del iuródivi, y trataría de la ópera rusa desde Glinka hasta El gallo de oro, de Rimski-Kórsakov, que falleció en 1908. Llevo a Rusia muy dentro, me asquean sus dirigentes, zaristas, leninistas, estalinistas, hasta hoy. No soy un experto en Rusia, solo un insistente. Estudié Políticas también con pasión, y casi siempre se me nota el lado político, sociológico, histórico. No partidista. Esa familiaridad progresiva, de cuarenta o cincuenta años, cada vez más intensa y más abundante, me permite concebir un medio como el de Yuri Ilich y su memoria, la de un hombre del sistema, pero con solo mediana graduación y ninguna influencia, que fue un chekista, que luchó muy joven en la Guerra Patria, que en 1998 anuncia su muerte y se muestra más cínico que arrepentido. Pero es simpático, bebe y se ríe de sí mismo, le duele su patria. Ese es el paisaje, y las narraciones propias y adecuadas para la historia que cuenta surgen de manera natural, forman parte de mis insistencias en lo ruso. Si hay humor y hay tramas entretenidas es porque no sé escribir de otro modo. Sin duda conoces bien el placer que supone el que una idea te arrastre, te lleve, como si situaciones y personajes tuviesen vida propia. No es así, claro, es un trabajo duro; duro pero es eso, un placer, no es contradictorio. Por lo demás, hace tiempo que dejé de ser admonitorio, con el dedo levantado: esto es así, muchachos. Si es que alguna vez fui así, no sé. El caso es que cuando escribo narrativa, teatro o ensayo musical hago lo que me hubiera gustado leer o ver en escena. Trato de explicar y contar cómo me hubiera gustado que me lo explicaran y me contaran a mí, de joven. Me gusta como lo explican Hélène Carrère d’Encausse y Orlando Figes, por ejemplo. Ellos, y muchos más; no caben todos aquí, son demasiados, y son muchos los años que tengo pasiones nada ocultas por Rusia, Europa Central y Francia. Me influyen más Ralf Dahrendorf, cuando era joven; o Tony Judt y Thimoty Snyder, hoy, que cualquier autor o escuela. El pensamiento auténticamente liberal, no el abuso que de él se hace en el capitalismo de hoy, que probablemente sea un sistema condenado. Sí, un sistema condenado, pero quienes irán al infierno somos gente como usted y como yo, y como nuestras familias.

Pertenezco a una de esas generaciones que en algún momento creyó que la URSS era el sistema a seguir.

Otra de las obras de SMB.

Tanto en la elección de una obra teatral como elemento desencadenante de la novela, como en la precisión e intensidad de los diálogos, se nota al excelente dramaturgo que es asimismo el novelista. ¿Cómo cambia su disposición al elegir y abordar uno u otro género?

No lo sé, la verdad. Pero el teatro te impone una objetividad, una concreción. Robbe-Grillet, cuando teorizó el nouveau roman, señaló esa concreción, que salvaba a la narrativa de un psicologismo y un subjetivismo excesivos. No tengo la cita a mano, lo siento, es una lectura de juventud. Creo que mis personajes y situaciones, en mi narrativa, actúan, hacen cosas, a menudo erróneas o fatales, no suele haber en mis novelas una voz que le da vueltas a las situaciones, a los oponentes. No carecen de introspección, pero ésta se deduce de sus acciones, y no olvidemos que los personajes actúan incluso cuando están quietos. Además, nunca predican al lector, aunque traten de predicar a otros personajes (al tiempo, retratan ante ti). Sí es cierto que, de pronto, necesito que una situación, un episodio, se den mediante diálogos. Un personaje de Dostoievski dice que el hombre se diferencia de los animales en que sabe mentir. Y mentirse, habría que añadir. Cuando tienes bien agarrados a los personajes sabes hacerlos hablar, parece que hablasen ellos, que tú te limitaras a transcribir al dictado. No, claro, insisto, no es así. Pero, de pronto, pones en boca de un personaje algo que es solo tuyo. Ahí tienes que repasar y borrar, tienes que regresar a la conversación en que cada personaje es él mismo, no sostiene tus puntos de vista, que le son ajenos. Y eso te lo enseña el teatro. En Velada en San Petersburgo alternan pasajes de pura narrativa y secuencias de diálogos. Pero hay teatro, la pieza satírica que van a ver Sonia e Irina en 2014, transcrita en una pequeña parte.

Varias de sus obras de teatro muestran el desarrollo y decadencia del siglo XX. El tango del emperador habla de de la desaparición del mundo decimonónico con la Gran Guerra; El vals de los condenados plantea el inicio de los fascismos en la Francia de Malraux y Drieu La Rochelle y Louis Aragon; mientras que La tarantella del adiós se centra en la crisis de la Democracia Cristiana y el Partido Comunista Italiano. ¿Es la ficción una buena herramienta para la crítica histórica e ideológica? ¿Qué supone el siglo XX para usted como persona y como creador?

Tikhon Khrennikov | Spotify

Tijon Jrénnikov, influyente compositor y político ruso (1913-2007).

Usted conoce bien mi especie de Tríptico formado por las piezas teatrales El vals de los condenados (Francia), El tango del emperador (Austria y sus judíos) y La tarantela del adiós (Italia). Soy europeo, si no me equivoco, y trato de las crisis europeas. No siempre me inspira el campanario hispano, aunque ahí tiene Los atletas ensayan el escarnio (que es escarnio del franquismo, no ya una crítica). Creo que ninguna de estas obras se pondrá en escena en nuestro país, y no me pregunte por qué; aunque una de ellas la he propuesto a un teatro, no diré cuál. La ficción, por responder a su pregunta, puede ser un vehículo más propicio a analizar un periodo, o un acontecimiento histórico concreto. ¿Por qué me intereso por Europa? En su reciente libro, Europa, una historia personal, Timothy Garton Ash, británico, describe su pasión por Europa Central, que es una de mis pasiones. Tengo una obra inédita, La polka de los conspiradores; ya ve, otra danza. La traduje al francés. Tema: el colaboracionismo durante la ocupación en Francia.

La funesta nostalgia chauvinista del imperio ruso ha renacido.

Creo que en alguna ocasión ha sido objeto de descalificación, más que de crítica, por cuestiones que ahora se llaman corrección política.

La corrección censora, inquisitorial, es terrible. No entienden, pero juzgan. Y, fíjese, es la derechona la que se ha hecho con el lema de la anti corrección política. Esa corrección filistea llevó a cierto plumífero a hacerse el feminista a mi costa: Santiago está en contra del empoderamiento de la mujer. Hace falta la crítica, sobran los idiotas. Yo me dedico a la crítica, sobre todo musical y de ópera, y nunca se me ocurre ponerme flores a costa de derribar a un músico.

Las veladas de San Petersburgo de Joseph de Maistre son un monumento de la literatura conservadora, a veces consideradas reaccionarias. ¿Qué magisterio recibe de Maistre más allá del evidente homenaje del título?

Le he robado el título, simplemente. Sus soirées se convierten en mi libro en una sola. De Maistre era una inteligencia superior, y sus mejores páginas son aquéllas en que se advierte su lúcido pesimismo. Pero este saboyano era una inteligencia con toque perverso. En mi libro se le menciona, desde luego. Lo trata Antoine Compagnon a lo largo de su libro Los antimodernos (Acantilado, 2007). De esos antimodernos tengo mucho respeto por Edmund Burke, más aún que por De Maistre. Me molesta que alguien haya trazado una línea directa entre Burke y Trump. Permítame una cita de Compagnon: “Hay una pregunta que puede resumir nuestro interés por los antimodernos: intempestivos y anacrónicos, como decía Nietzsche: ¿acaso no han sido ellos los auténticos fundadores de la modernidad y sus representantes más eminentes?”

Tengo bastantes apuntes para una posible narración con tres personajes de finales del siglo XVIII británico: Burke, en primer lugar, dublinés; Richard Brinsley Sheridan, dublinés también, dramaturgo, empresario teatral y político, autor de La escuela del escándalo; y Edward Gibbon, inglés, el historiador de la monumental Decadencia y caída del imperio romano, que todavía leemos con placer; y estaría más que presente la esposa de Sheridan, la angelical Elizabeth Ann Linley, que murió demasiado pronto. Thomas Gainsborough retrató a Liza y a su hermana. A todos ellos los vería, desde una perspectiva fantasmal, años más tarde, un pariente del primero, Joseph Sheridan Le Fanu. Tratándose de este escritor irlandés, y también dublinés, tenía que ser fantasmal. Me encantan sus narraciones. Pero no sé si llevaré a cabo este proyecto. “Demasiada cultura, por eso no estrenas”, me dijo alguien con responsabilidades en esto. Son asuntos europeos que me interesan, no creo que se trate de abrumar con culturetas. Fíjese, los personajes de finales del XVIII ante la Revolución francesa, vistos por el atormentado creador de los vampiros en narrativa (Polidori aparte, claro). Me parece apasionante, y sin embargo…

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Cuando se envía esta entrevista ya han llegado ejemplares de otra novela de este autor, Letra de tango (baladas porteñas), en la misma colección. Ahora parece que Santiago ha saltado al otro lado del charco.

Velada en San Petersburgo. Santiago Martín Bermúdez. Legado Ediciones, colección La kermesse heroica. Madrid, 2023, 224 pp.

Letra de tango (baladas porteñas). Santiago Martín Bermúdez. Legado Ediciones, colección La kermesse heroica. Madrid, 2023, 174 pp.

 


EL AUTOR

PEDRO VÍLLORA. Dramaturgo (La Roda, Albacete, 1968). Licenciado en Ciencias de la Imagen, Dirección de Escena y Teoría de la Literatura y Literatura Comparada. Como autor y adaptador ha trabajado junto a Miguel Narros, Ángel F. Montesinos, Juanjo Granda o Juan Carlos Pérez de la Fuente. También ha dirigido varios montajes de autores españoles como Ignacio del Moral, Ignacio Amestoy o Ainhoa Amestoy. Ha sido profesor de Teoría de la Literatura en la Universidad Complutense y de Teoría Teatral en la RESAD. Como periodista y crítico ha colaborado en numerosos medios -RNE, Telemadrid, El Mundo, etc.- además de haber sido crítico teatral de ABC y director de la revista Acotaciones. Ha editado libros de Adolfo Marsillach, Terenci Moix y Ana María Matute, y ha escrito las memorias de Sara Montiel, Imperio Argentina y María Luisa Merlo.