La inteligencia artificial y el Premio Planeta

En este artículo de opinión, el autor expresa su visión ante la presencia, cada vez más evidente, de la llamada «inteligencia artificial» en el ámbito de la creación artística, especialmente en la literaria.
© LUIS MARTÍNEZ DE MINGO

Esa nefasta e inútil separación entre ciencias y letras –bachillerato de- sigue produciendo falsos problemas y además, ya entrado el XXI pandémico, cada vez más equidistantes entre si. Ahora la cuestión es si la Inteligencia Artificial (I. A.) acabará –algunos dicen que ha acabado ya- con lo que hasta ahora se ha llamado creación literaria, artística en general. Que esa diferenciación es una falacia cuando hablamos de cultura –El mito de la cultura, tituló uno de sus libros Gustavo Bueno– se constata nítidamente al acercarnos a la biografía de genios ambiciosos como, por ejemplo, Nikola Tesla. Escribía poesía, se sabía de memoria gran parte del Fausto de Goethe y fue el creador, entre cientos de inventos, de la corriente alterna y del motor de inducción.

En esa aberración de la equidistancia supina, el problema que hoy se plantea, y que ya lleva años en el candelero, es: “¿Podría la inteligencia artificial escribir la próxima temporada de Juego de tronos?” (Ecosistema Huawei. 13.06.2018, por ejemplo). La respuesta es que sí. Podrá y pronto. Como podrá fabricar el Premio Planeta, que, como ya es sabido, hace años que tenía que estar en el juzgado de guardia, porque nunca “se presentan 683, ó 1.250”, sino los dos o tres autores a los que se lo encargan de antemano (lo contó muy bien Sánchez-Dragó, por ejemplo, ya hace años a propósito de La prueba del laberinto. 1992). Ahora bien, la conclusión a la que se llega en el artículo citado ante la pregunta “¿Puede ser más creativa una máquina que una persona?” es no. “No hay respuesta a eso, de momento. Todo lo que podemos hacer son suposiciones”. Y son sólo suposiciones porque la pregunta está mal planteada, o por mejor decir, es una deposición en toda regla. Porque, qué es eso de la creatividad, ¿se puede cuantificar? ¿qué cualidades humanas se activaron y concitaron, y en qué proporción, para que Poeta en Nueva York fuera uno de los más grandes libros de poesía del siglo XX? A no ser que todo lo reduzcamos a quien tiene más seguidores en la red o a quién vende más, la pregunta es un extravío “ab ovo”, viciada desde su origen mismo como una invasión del pensamiento empírico donde no tiene sentido alguno; una especie de metonimia demente.

La cuestión es si la Inteligencia Artificial (I. A.) acabará con lo que hasta ahora se ha llamado creación literaria, artística en general.

La demencia esta de la I.A. nos remite casi al problema aquel del niño que no rinde en el colegio. El padre, todo preocupado, le pregunta al maestro: “¿Pero es que mi hijo tiene alguna deficiencia? ¿Es que no vale para estudiar?”. Ante semejante cuestión lo único que no puede responder el docente es que su hijo no es inteligente. Le tiene que decir que no atiende, que está disperso, que no se concentra, cualquier cosa menos que no es inteligente. ¿Por qué? Porque la inteligencia está sobrevalorada, porque parece que lo engloba todo. El ser humano tiene sentimientos –se habla de inteligencia emocional ya hace mucho-, atención, sueños, emociones, pasiones, vicios, obsesiones, memoria. Pues bien, de todo eso le puede hablar el maestro al padre preocupado, mas como le diga que no es inteligente se la juega hasta el punto incluso de que puede ser objeto de una demanda judicial por parte del AMPA. Todas esas facultades, y tantas otras, que nos remiten a lo que llamamos “ser humano” se mezclan, junto a la inteligencia -que siempre se activa aplicada a ámbitos y disciplinas concretas- en el llamado acto creativo. El conjunto, cuando cuaja en un suceso poético como el citado Poeta en Nueva York, que, por cierto, nadie lo ha entendido del todo, porque esa pretensión es de idiotas, se suele llamar talento: “pero muxo talento”, para quien lo escribiera en andaluz.

Pero vamos a enfocarlo desde otra perspectiva. Fernando Pessoa dixit: “El poeta es un fingidor. Finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente”. En una carta dirigida a Adolfo Casais Monteiro, el 13 de enero de 1935, se autocalificó como un “histérico neurasténico”, hoy en día vacío de significado porque no hace relación a ningún trastorno real, aunque nos sirve. Los heterónimos -cuatro, los principales- tienen que ver radicalmente, con esa supuesta enfermedad y, claro, la pregunta es: ¿La máquina puede padecer, sentir, e intentar explicar esa supuesta “maladía” del poeta portugués? Él mismo señaló que todos sus heterónimos tenían que ver con esa enfermedad, que tendía siempre hacia la despersonalización y la simulación. El espeso, tortuoso e incierto camino, a través del lenguaje, desde la vida vívida del hombre Pessoa hacia esa despersonalización es lo que da lugar a “Tabaquería”, “Oda triunfal”, “Aniversario” y tantos y tantos enormes poemas del bardo portugués. ¿Qué le falta a la I.A. para escribir así? Le falta la sustancia misma, la vida, la madre del cordero. Para escribir así primero hay que vivirlo, no queda otra, y luego quizá venga lo demás. Lo que puede hacer la máquina es la simulación: combina miles y millones de imputs e imposta. Ese grado de combinatoria, superior a la cabeza humana, puede llegar a “montar” el nuevo Premio Planeta que, debidamente promocionado, puede llegar a embaucar a millones de lectores que no disponen de otro gusto que el que les marcan “El Corte Inglés” y adláteres y que, justamente, se colocan en las antípodas de los que desde siempre seguimos a Juan José Arreola: “Los habitantes de Ficticia somos realistas. Ya sabemos de antemano que la liebre es un gato”. Exactamente porque lo que llamamos “realidad”· no existe. Solo depende del grado de información del ámbito de que se trate: nada tiene que ver cómo ver la realidad del campo de Atapuerca el doctor Arsuaga con la mía.

Así, por ejemplo, el Dime quién soy de Julia Navarrro nos retrotrae nada menos que a la pregunta que le formuló Moisés al Creador, el que hablaba a través de la zarza ardiendo: «¿Y quién le digo al pueblo de Israel que eres tú?». Y la zarza le respondió: “Diles que yo soy el que soy”. Y se quedó tan ancho con la tautología. Lo cual nos lleva en volandas a la fórmula sintáctica más recurrida para pretender identificarnos; o sea, enmascararnos: Yo soy culé; yo soy español, español, español; yo soy alcohólico anónimo. ¿Recurso? Pues que cuanto menos se use el comodín del verbo ser, mejor, porque no dice nada. Mucho mejor sería que lo usáramos con otros predicados: Soy ignorante, soy lego en la materia, soy bípedo implume, pero de eso nos libramos como de la peste. Mientras, sigue la fiesta, a ver cuándo llega la máquina I.A. a firmar miles de ejemplares en cualquier Corte Inglés a la recua de clientes que compran el premio para regalar por navidad. Por ahora, y en estas del 2020, sigue la pandemia. Ahora se llama Aquitania.


 EL AUTO

LUIS MARTÍNEZ DE MINGO es riojano (1948). Empezó escribiendo poesía: Cauces del engaño, Ámbito, Barcelona, 1978. Luego vinieron unos cuentos, Bestiario del corazón, Madrid, 1994: Cuatro ediciones y varios premiados. Con la novela El perro de Dostoievski, Muchnik. Barcelona, 2001, llegó a finalista del Nadal. Ha editado de todo. Premio de novela corta con Pintar al monstruo, Verbum, Madrid, 2007, lo último ha sido un dietario, Pienso para perros, Renacimiento, Sevilla, 2014,  La reina de los sables, Madrid, 2015 y la novela Asesinos de instituto (2017).