Calle sin esquinas

El autor, que ostenta algunos de los galardones más relevantes  y prestigiosos de nuestro país,  escribe sobre el papel de las antologías poéticas, y sobre las  premios, sus mecánicas y algunas mitologías.
© ANTONIO HERNÁNDEZ

Las antologías generacionales de poetas tienen su pro —que redunda en los elegidos— y su contra, que hace lista de poetas acurrucados en prem niios muchas veces menores llamando a las puertas de un «parnaso» esquivo. Las primeras, más que servir a los buenos lectores de poesía —que excepcionalmente lo hacen— valen para que los profesores se orienten hacia una tendencia sin riesgo de equivocarse apenas, ya que encuentran la adhesión de los medios tradicionales de comunicación con un prestigio acumulado en sus catapultas machaconas. El tiempo suele poner las cosas en su sitio, pero, en muchos casos, sin que los poetas “excluidos”  lo disfruten. Mientras tanto, al canon menor de las premios con nombres comerciales ciertamente irrisorios aúpan a los que podrían ceder al sitio, mientras la ecuanimidad brilla por su ausencia debido, entre otros inconvenientes, a que todo apretujamiento lo único que engorda —y no para su imposible prestigio— es el dicho presuntamente justificador: “Ni son todos los que están ni están todos los que son», jueguecito que tira la piedra sobre su propio tejado que, ostensiblemente, ni tiene el techo de cristal —sobre todo eso que tan claramente delata— ni va a romperse en vista de que su solidez trasciende al material da que está hecho.

Hernández, como siempre, nos avisa de que nada hay que ocultar, y que compartir la experiencia y el conocimiento tiene siempre el éxito asegurado, entre quienes escriben sin ambiciones perversas de éxito inapelable.

Dicho lo que antecede por una persona que roza el canon y que tiene casi tantos libros como premios, parece de un cinismo rayano en la desvergüenza. Pero, ojo, poner el parche antes de que salga el grano puede guardar la astucia conducente a no ofrecer huecos por donde entre la bala de la respuesta oprobiosa. Da la casualidad de que servidor no se presenta, y por tanto no gana, un premio de poesía de los que haya que presentarse desde el siglo pasado. ¿Y por qué?  Porque no me parece que lo de «ser juez y parte» pertenezca a ese tutelaje que denominan “buenas formas” y de manera más chabacana hace alusión a lo de que «La mujer del César… etcétera”. Y el corolario sería que sí, que estoy anualmente en nueve o diez jurados de poesía, y que por eso, si he ganado premios  de tal género, a ninguno de ellos —el Nacional, el de La Crítica, el de las Letras Andaluzas…— me he presentado. Otros, con esos galardones mayores al coleto, no paran de intercambiarse cromos e incluso pretenden  justificar el fallo en la connivencia con el jurado de que al autor no se supo quien era «hasta una vez abierta la plica”, con lo que el proverbio latino se suele hacer reproche en el avisado graderío: «Explicatio non petita, accusatio manifesta”.

He dicho “avisado» cuando debiera haber utilizado un adjetivo más sabio: «veterano». Porque sólo este tipo de juez ha calado a fondo en el asunto con su “miajita” de comprensión y se ha podido decir una vez abierta la plica: “El  autor es bueno, así que…”  Y es que la comprensión pretendidamente exculpatoria, en otra ocasión tal voz próxima, tendrá corno protagonista a un primo o a un hermano o a sí mismo.

En efecto, si fuéramos capaces da ponerle  apellidos a los implicados, tendríamos que colegir que el poeta justifica el premio por que lo han ganado en anteriores ediciones otros iguales o no tan buenos como él, solo que entonces al jurado no se le puso la cara colorada ni optó por la “explicatio”.

En esto de los premios de poesía —en las de otros géneros más vale callarse no vaya a ser que los juzgados de guardia no estén saturados—  es recurrente el dicho de «en igualdad de condiciones, mi amigo». Y lleva razón, por Io menos razón emocional, quien así se defiende porque lo contrario desmentiría lo del “amigo» convirtiéndolo en «un amigo dudoso”, lo que resulta incluso feo al oído. El amigo, es el amigo, más no digo «y punto” porque en lo del canon pasa lo mismo y, además, el libro de los gustos está en blanco hasta que aparece un Castellet y lo llena de garabatos con alguna frase bella que, más tarde, te enteras que es de Alberti o de algún poeta griego nacido en Alejandría. Frase  —verso— bella , contagiosa y con insólita vocación de «ocupa», puesto que desplaza a los dueños, en rigor de calidad, de lo que adquirieron lejos de tertulias y conventículos.

Son los damnificados del canon — Aurteneche, Fernández Rojano, Antonio García de Dionisio… y otros más — que si no andan por los libros de texto de ahora, tendrán su tiempo estirado en la frase vengadora de Szymborska que Manuel Salinas pone al frente de su hondo libro Viviré del aire: “Pobre Cervantes: no consiguió en su vida nada más que la eternidad”.


EL AUTOR


ANTONIO HERNÁNDEZ (Arcos de la Frontera, Cádiz, 1943), es poeta, narrador y ensayista. Premiado en infinidad de ocasiones en los certámenes más prestigiosos; dos veces premio nacional de la crítica en poesía, premio nacional de poesía, medalla de oro de Andalucía, y un sinfín de distinciones. Autor de más de 4o libros y gran poeta de la experiencia desde los años sesenta.