Semblanza fraterna de Antonio Fraguas «Forges» | Un año después

República de las Letras se honra en publicar, en el primer aniversario de su fallecimiento, esta semblanza (escrita por su hermano, el escritor y periodista Rafel Fraguas), emocionada y llena de detalles cargados de sentido, de uno de los creadores más relevantes españoles del último medio siglo, sino de uno de los protagonistas de la lucha por la comptibilidad pensiones/derechos de autor en Seguir Creando.    
© RAFAEL FRAGUAS

Antonio Fraguas Forges, del cual se cumple ahora un año de su muerte, tuvo una inmensa fortuna: la de gozar de una afectuosa popularidad gracias a verse reconocido a través de alguno de los más de 100.000 dibujos-pensamientos firmados por él. Asimismo, sería reconocido por los numerosos programas de televisión y de radio que protagonizó, por sus dos películas o su larga veintena de libros ilustrados, así como una novela, que tituló Doce de Babilonia. Con todo ello construyó su historia intelectual, reflejo del relato de la cotidiana existencia de las gentes, variadas gentes, de nuestro país. Desde amas de casa a funcionarios, estudiantes, campesinos, abuelas, políticos, parlamentarios, incluso náufragos…De esas personas, de su transitar por la vida y de su forma de abordar la lucha diaria, Antonio supo extraer el rasgo más preciado del temperamento de quienes aquí moran: el sentido del humor.

A veces, sus dibujos contenían sentencias que bien pudieran haber sido atribuidas, ¡ojalá!, al cordobés Lucio Anneo Séneca o al estoico monarca romano Marco Aurelio.

Algunos se preguntarán por qué digo esto, ya que si Forges se distinguió en este terreno por algo singularmente especial lo fue por su originalidad. Pues bien: Antonio, primero observaba a la gente, su quehacer diario, el discurrir de la vida, sus pasiones, adversidades y anhelos; ponía en ello lo mejor de su memoria y de sus extraordinarias dotes de observador. En segundo lugar, se adentraba ensimismado en sus pensamientos para sintetizar fugazmente lo observado. Después, con un fogonazo de ingenio que conservó siempre encendido, le ponía rostro y asociaba un decir, por él sagazmente ideado, que resumiera la situación o el hecho tratados.

Todo el proceso creativo se veía bañado por pinceladas que extraía de una suerte de reserva de gozo almacenado en su ánima y con ellas esmaltaba el recorrido completo de su discurso mental y manual hasta plasmarlo en sus dibujos y darlos a la imprenta. Como se sabe, el gozo no es solo el placer, sino el propio latido del vivir. A veces, sus dibujos contenían sentencias que bien pudieran haber sido atribuidas, ¡ojalá!, al cordobés Lucio Anneo Séneca o al estoico monarca romano Marco Aurelio.

Así ha permanecido Forges durante más de 50 años, sin interrupción: cada día se enfrentaba a una viñeta en blanco desde donde, cayeran o no chuzos de punta, surgía el destello de su humor siempre benévolo o, en todo caso, desprovisto de maldad. Para Antonio, que no conocía la maldad, el humor era el mejor antídoto contra el sufrimiento, el dolor y el muermo, propios y ajenos, porque removía dentro de él una corriente de empatía emancipadora, libérrima y destellante, que ayudaba mucho a acallarlos y a despejar las adversidades de la vida, algunas de las cuales él conoció de niño, cuando tuvo que permanecer muchos meses en cama por una enfermedad derivada de una vacuna en malas condiciones. Fue allí donde aprendió a dibujar sobre rollos de papel del baño que embadurnaba con soldados, cascos y espadas.

Desde joven, cuando más trato pude tener con él ya que él tenía siete años más que yo, era sincero, reflexivo y juicioso, de corazón grande y transparente.

Creo que el libro ilustrado que más le influyó en su infancia y adolescencia lo fue El Príncipe Valiente, ideado por Hal Foster, con sus inolvidables guerreros vikingos de buques de vela, luengas barbas y temibles hachas. Fíjense qué coincidencia: años después, ya veinteañero, Antonio se enamoró de Pilar Garrido, profesora del colegio Estudio, a la que mucho antes de conocerse, por su corte de pelo a lo garçon, sus alumnos la llamaban también “El Príncipe Valiente”. Pilar fue su apuesta vital y la compañera idónea de su vida, con la que se ha reído “lo que no está escrito”, según ella reconoce. Con ella ha tenido tres hijas y un hijo. Le han dado cinco nietos, con los que intercambiaba diariamente adoración. Juntos, Pilar y él, han editado un libro estupendo, que trata de la mirada de una señora particular sobre la posguerra.

ESTRO PATERNAL

Antonio era el mayor de los cuatro chicos de la familia, con José María Pirracas y conmigo, –Enrique, de extraordinario ingenio, ya no está con nosotros-, que contaba con cinco chicas, María, Berta e Isabel -Coché y Paloma también han muerto-. Antonio, con un potente estro paternal, no ofició nunca de padrecito nuestro. Pero si se mostraba protector. Le gustaba mucho enseñar lo que sabía -que era mucho-, y mostraba una enorme capacidad para montar y desmontar artilugios técnicos, aparatos de radio, televisores, electrodomésticos… Era un auténtico manitas, pionero de la televisión, la radio y la informática, lo cual le otorgaba una amplia desenvoltura manual que uniría a su poderosa imaginación. Desde joven, cuando más trato pude tener con él ya que él tenía siete años más que yo, era sincero, reflexivo y juicioso, de corazón grande y transparente. Y así siguió hasta su postrera edad, acompañado de un deseo profundo de comunicar y compartir sus emociones, que en su vida privada acostumbraba reservar.

A medida que cumplía años, avanzaba su compromiso diario con lectores y lectoras. Lo hacía a través del editorial gráfico de los principales periódicos para lños que trabajó en distintas etapas de su vida, desde Pueblo, Informaciones, Diario 16, El Mundo y El País. También desde revistas como Por Favor, Hermano Lobo o Diez Minutos. Sabía que si lo que él dibujaba no quedaba avalado por la comprensión de su público y con su complicidad, su obra no hubiera llegado nunca donde llegó: tantas veces al fondo mismo del alma de miles de personas muy distintas, de casi todos los rincones de la sociedad. Siempre pensó que la mitad del humor la pone el humorista y la otra mitad, quien contempla, escucha o siente lo que se le propone bajo la forma del humor. Por ello, el grado de identidad logrado por Forges con el público ha sido, en mi opinión, tan amplio y transversal porque la gente lo entendía, participaba con él, añadía gratamente esa otra mitad indispensable para que el humor fluya. Antonio conocía perfectamente que el juego, la torsión, el retorcimiento del sonido y el sentido de las palabras, técnica que él magistralmente dominaba, generaba ese milagro que se ensancha desde la sonrisa hasta la carcajada, desde la curiosidad a la sorpresa, desde la emoción más conmovedora hasta la lágrima.

ENEMIGO DEL CONFLICTO

Hay una dimensión de su personalidad poco conocida pero que yo me atrevo a definir: Forges era un enemigo encarnizado del conflicto. Detestaba enfadar y enfadarse. Rechazaba la agresión, el ruido, el grito, abominaba de la bronca y de toda falta de respeto hacia el espacio público, ese escenario social que a tod@s* nos pertenece. No le gustaba teorizar. Poseedor de un enorme sentido práctico, nunca se consintió a si mismo sobrepasar el límite de un razonamiento conscientemente refrenado, ceñido a muy pocas variables. Ello era fruto de una estricta economía de la palabra, porque él la empleaba con una extraordinaria capacidad de síntesis precedida por mucha reflexión y con un sentido de la oportunidad muy preciso.

La entidad del compromiso social que adquirió ininterrumpidamente cada día, mediante la entrega devota a su oficio de transcribir al universo del humor el sentido común mayoritario de las gentes de este país tan atribulado implicó para él la renuncia -a mi entender titánica- a muchos de los placeres de la vida. Idear cada día un pensamiento colectivo, brillante, constructivo, bello, divertido y eficaz fue una tarea enormemente costosa. Pero él lo consiguió con creces, a cambio de pagar un elevado precio en términos de concernimiento social al que no renunció nunca. ¿Cuál fue el acicate que desataba su imaginación? Nunca lo supe. Pero creo que fue una indomable rebeldía ante el sufrimiento y la desdicha que a tod@s nos acosa de manera incansable, máxime en un país tan imprevisible como España.

En fin, perdónenme por extenderme y por abandonar la objetividad. Realmente, yo quise mucho a mi hermano. Y creo que él me quiso mucho. A mis doce años, tuve la suerte de proponerle –y que me hiciera caso- que firmara sus dibujos  con nuestro apellido Fraguas traducido al francés, al inglés y al catalán, Forges, ya que, por ser nuestro padre alto funcionario del Ministerio de Información, sus dibujos en Prensa pudieran ser interpretados como resultado de un “enchufe”, cosa que nunca pasó, dada la probidad de nuestro progenitor y escritor gallego, Antonio Fraguas Saavedra.

Mi hermano Antonio ha pesado mucho en nuestras vidas, no solo las de sus familiares, sino me atrevo a decir que también en las vidas de gentes que colaboraron con su humor cómplice cada día. Generoso, solidario, comprometido con las causas mejores, como la de l@s refugiad@s, l@s débiles, las gentes trabajadoras, Antonio, debo decirlo con pena y alegría al mismo tiempo, ya no me pertenece, ni nos pertenece a sus familiares de modo exclusivo. Creo firmemente que por su laborioso esfuerzo cotidiano, por su mirada tierna sobre su prójimo -heredada de nuestra madre barcelonesa-donostiarra Chon De Pablo y desde la humorada inteligencia galaica de nuestro padre, Antonio, que él supo fundir en una extraordinaria mixtura, – Forges consiguió crear en miles de personas un sentimiento de amistad, incluso de pertenencia, que confío en que no va a desaparecer en muchos años.

Detrás de sí ha dejado una estela tan gozosa de sonrisas y de afectos, que pesarán siempre mucho más que la amargura causada por su pérdida.

* El uso de la arroba (@) como signo inclusivo de género por el autor del artículo es un guiño a Forges, quien lo convirtió en una seña de identidad de tantas viñetas y dibujos.


EL AUTOR

RAFAEL FRAGUAS.(Madrid, 1949)   Sociólogo, periodista y escritor. Es miembro fundador del diario El País (1976) donde prosigue su colaboración desde entonces. Directivo del Instituto Ciencia y Sociedad, pertenece al Instituto de Estudios Madrileños, del CSIC. Tras su etapa como reportero internacional, como enviado especial al Medio Oriente y África Negra, hoy escribe sobre Arte, Cultura, Ecología y Patrimonio Histórico-Artístico en El País. Premio del Club Internacional de Prensa a la mejor labor periodística en 2006. Premio Francos Rodríguez 2009, de la Asociación de la Prensa de Madrid, a la mejor labor periodística sobre Madrid. En 2011, obtuvo el Premio Pilar Blanco de Comisiones Obreras al mejor trabajo periodístico anual de contenido socio-laboral. Premio 2014 al Compromiso Urbano individual del Club de Debates Urbanos. Desde 2013, imparte cursos de Historia del Pensamiento Político, Análisis Político, Geopolítica y Geoestrategia y Revoluciones Contemporáneas en la Fundación Sindical Primero de Mayo. Ha publicado: Todo sobre el mundo árabe, ensayo, editado por Editorial Asesa, en 1990. Madrid. Los placeres gratuitos, crónica, editado por Acento en 2000. Espías en la transición. Secretos Políticos de la España Contemporánea, ensayo, editado por Anaya-Oberón en 2002. Gritad concordia, novela, editada por Plaza y Valdés, Madrid, 2012. Madrid por dentro. Crónica. Lectio ediciones. Barcelona, 2013. Madrid, los sentidos. Tirant Humanidades. Valencia 2015. Manual de Geopolítica crítica. Tirant Humanidades. Valencia 2016.