El exilio español: Antonio Machado y Manuel Azaña, emblemas de una época

Recuerdo de momentos trágicos de la Historia de España a través de dos de sus representantes más lúcidos  y peor tratados, Antonio Machado y Manuel Azaña.

© FRANCISCO MORALES LOMAS

Se cumplieron 80 años de la muerte de Antonio Machado en el exilio de Colliure el pasado 22 de febrero. Apenas tres meses antes, a finales de noviembre del 38, se percibía su deterioro, su languidez, su anemia, su calvicie, su mal aspecto en general y su abandono, aunque sus ojos estaban llenos de vida y vibrantes, y su pensamiento brillaba con lucidez.

Fueron esos ojos y ese pensamiento diáfanos los que estando todavía en España, el 6 de enero de 1939, denunciaron en su último artículo en La Vanguardia “Desde el mirador de la guerra”, las razones de la marcha al exilio de miles y miles de personas. En torno a medio millón cruzaron la frontera entre enero y febrero de ese año. En este artículo denunciaba la responsabilidad histórica de Inglaterra y Francia de la défaut de España y la llegada al poder de Franco. Machado criticaba la actitud de estos dos países que habían permitido la política de claudicación ante el fascio y habían perdido su razón de ser en la historia.

La última noche antes de llegar a la frontera, no habían podido dormir y contaba José Machado en un libro que “el frío del amanecer se sentía hasta la médula de los huesos”

El último intento lo habían pretendido infructuosamente Giral y Negrín que habían viajado a París para intentar convencer al gobierno francés de que debía poner fin a la no intervención. Como resultas de la negativa, el viernes 13 de ese impávido enero el presidente de la República, Manuel Azaña, recibe un aviso del general Hernández Saravia: Váyase de España, señor presidente. Tres días más tarde, Azaña habla precisamente con el ministro Giral y le dice que habrá que poner límite al propósito de Negrín de continuar la resistencia. Este lo había afirmado con absoluta rotundidad: “Hay que vencer o morir”. Pero Azaña estaba convencido de que había que provocar el fin y no se podía soportar otro año más de guerra. Negrín no tenía ya ninguna consideración al presidente de la República y, además, sabía perfectamente que Franco jamás aceptaría una paz negociada por medio de potencias extranjeras ni una capitulación de la República; en realidad, lo que Franco llevó a cabo fue una política de venganza y exterminio, una guerra de conquista, como ha dicho Santos Juliá.

Cinco días más tarde, el sábado 21 de enero del 39 Azaña sale de Tarrasa con dirección al exilio. Una semana después, el 28 de enero, las tropas de Franco entraban en Barcelona prácticamente sin lucha mientras más de ciento cincuenta mil personas permanecían retenidas en la frontera francesa que había sido cerrada. Niños que murieron de frío y pisoteados, mujeres que malparieron en las cunetas mientras desde el aire eran bombardeados por las tropas de Franco. El 5 de febrero, definitivamente, Azaña, Negrín, Giral… atravesaron la frontera por el puesto de Chable-Beaumont.

Manuel Azaña

Poco antes también cruzaba a Francia Antonio Machado con su madre Ana Ruiz de ochenta años, su hermano José, la esposa de este, Matea Monedero y el escritor Corpus Barga, seudónimo de Andrés García de la Barga y Gómez de la Serna, tío del gran Ramón, y doce años menor que Machado. Un gran escritor que había dado testimonio de la revolución rusa y del ascenso del nazismo y el fascismo en Europa.

La última noche antes de llegar a la frontera, no habían podido dormir y contaba José Machado en un libro que “el frío del amanecer se sentía hasta la médula de los huesos” y Antonio, “entumecido y agobiado guardaba el más profundo silencio rodeado de todas estas gentes que como en una última oleada de un baile infernal y en un postrer espasmo de movimiento, recogían sus pobres bagajes en maletas, sacos y bultos de las más extrañas formas, para seguir el triste camino del destierro”.

A la llegada a la frontera, en la casa de los gendarmes, recibieron un pedazo de queso y una gran rebanada de pan blanco y Corpus Barga pidió al comisario de la aduana que se hiciera cargo del escritor y su madre, y el comisario les cedió su automóvil al ver que se trataba de un poeta tan importante como Paul Valéry. En Cerbère Machado y su familia durmieron en un vagón de ferrocarril a la espera de algo de dinero y documentos para el paso: “una carta del ministro de Estado de la República española que le trajo de Perpiñán Navarro Tomás, en el cual el ministro tomaba a su cargo todos los gastos de él y su familia”.

Pero hasta llegar este momento las carreteras y los caminos habían estado atestados de gente, millares de niños, mujeres y hombres con sus animales domésticos y sus ajuares que huían en toda clase de carros, tractores y automóviles mientras la aviación enemiga bombardeaba. El miedo era el sentimiento común pero el intenso frío y la humedad de la costa cercana unido a la lluvia producían una desazón todavía mayor.

A la llegada a la frontera, en la casa de los gendarmes, recibieron un pedazo de queso y una gran rebanada de pan blanco y Corpus Barga pidió al comisario de la aduana que se hiciera cargo del escritor y su madre.

Durante mucho tiempo Antonio Machado ha sido y acaso siga siendo el gran emblema de una España dolorida, triste y cainita. Ya lo había advertido como en una premonición en Campos de Castilla cuando escribió su poema “La tierra de Alvargonzález”, que Lorca llevaría a la tablas con La Barraca. Y su dimensión emblemática ha hecho que a Machado extrañamente hayan querido siempre apropiárselo desde la izquierda y desde la derecha españolas. Para Ángel González, Machado fue el poeta español más importante del siglo XX, pero sobre todo el poeta ante el que la mayor parte de los escritores contemporáneos de este siglo y comienzos del XXI se han inclinado con devoción por diversos motivos. Obviamente esta inclinación se sustenta en razones literarias pero también éticas.  Porque está claro que la profundidad poética de Antonio Machado es tanto como su compromiso con la palabra y el ser humano y, en función de las épocas históricas en que ha sido reclamado, podemos encontrar un Machado u otro, y siempre un Machado diverso, plural y lleno de perspectivas y matices, cuya razón de ser tuviera tanto que ver con sus heterónimos. En mi ensayo Poética machadiana en tiempos convulsos. Antonio Machado durante la República y la guerra civil afirmaba que, desde el punto de vista poético, sus dos heterónimos, Abel Martín y Juan de Mairena básicamente (aunque habría que citar también a Meneses y al nasciturus Pedro de Zúñiga) conforman el dúo en el que Machado quiso anclar una visión particular de la creación poética y del pensamiento con intención de recuperar un pasado. Obviamente, en esa reflexión está muy presente su crítica y apatía a esa lírica de corte lógico, sentida como el desfase de un barroco amortiguador y descreíble, más atenta a las veleidades metafóricas y al culto de la imagen. Machado rechaza tanto el simbolismo decimonónico como lo que sobrevendría con sus inundaciones de imágenes y apatía humana.

Corpus Barga

No solo los poetas que permanecieron en la península sino los poetas de la España peregrina continuaron la admiración de Machado como nos recuerda Aurora de Albornoz en Poesía de la España peregrina (1977). Escritores como Francisco Giner de los Ríos o  el cordobés Juan Rejano son muy significativos. Pero también los escritores del interior alabaron a Machado, y en una fecha tan reciente como 1945, Laín Entralgo en su obra La generación del 98 indicaba que Antonio Machado era el precursor de la misión integradora de Falange y, nada menos, de «una posible misión de España en la tarea de españolizar, de recrear a la española las creaciones del hombre moderno». Como vemos, un claro intento por adueñarse por un hombre y una obra que representa como ninguna otra el espíritu republicano y el compromiso con el ser humano desde un profundo humanismo solidario.

Pero la historia está ahí con su persistente memoria aunque se quiera silenciar y podemos concluir con el profesor Larraz que, a partir de este momento, se produjo un estado de excepcionalidad cultural en España que tuvo dos vertientes muy claras: “el dirigismo estatal sobre los actores culturales, mediante la censura, la propaganda y la coacción; y el exilio de la gran mayoría de escritores, científicos, artistas, periodistas… de primer nivel que habitaban el campo cultural español en 1936. La situación resulta más lacerante si tenemos en cuenta que España había experimentado desde finales del siglo XIX una de sus épocas más florecientes desde el punto de vista intelectual”.

Desde México llegaron estos versos de León Felipe, admirador de Machado, que resumen una época: “España, España,/todos pensaban/ que ibas a terminar en una llama/ y has terminado en una charca./ Al borde de las aguas cenagosas/ el éxodo de un pueblo hambriento y perseguido/ que escapa./ Español del éxodo de ayer/ y español del éxodo de hoy./Ahí no queda nada”.


EL AUTOR

FRANCISCO MORALES LOMAS. Académico de la Academia de Buenas Letras de Granada y de la Academia Artes Escénicas de España. Doctor en Filología Hispánica. Profesor Titular de Universidad. Catedrático de Lengua Castellana y Literatura en E.S. Licenciado en Derecho y licenciado en Filosofía y Letras. Presidente de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios (AAEC) desde hace doce años y presidente de la Asociación Internacional Humanismo Solidario (AIHS). Vicepresidente de la Asociación Colegial de Escritores de España-Andalucía y vicepresidente de la Asociación de Dramaturgos, Investigadores y Críticos Literarios de Andalucía. Ha recibido algunos premios literarios. Ha publicado más de sesenta títulos en poesía, narrativa, teatro, ensayo y crítica literaria, una treintena de capítulos de libros y un millar de artículos de crítica literaria. Poesía: Veinte poemas andaluces (1981), Basura del corazón (1985), Azalea (1991), Senara (1996), Aniversario de la palabra (1998), Tentación del aire (1999), Balada del Motlawa (2001), La isla de los feacios (2002), Eternidad sin nombre (2005), Tránsito (1981-2003). Antología (2005), Noche oscura del cuerpo (2006), La última lluvia (2009), Puerta del mundo (2012). Narrativa: El sudario de las estrellas (1999), Juegos de goma (2002), Candiota (2003), La larga marcha (2004), El extraño vuelo de Ana Recuerda (2007), Tesis de mi abuela y otras historias del Sur (2009), Bajo el signo de los dioses (2013) Cautivo, (2014) y Puerta Carmona (2016). Teatro: El lagarto (2001), Un okupa en tu corazón (2003), La yaya de Mauritania (2005), El urólogo (2007), El caníbal (2009), Caníbal teatro (14 obras de teatro breve, 2009), El encuentro (2012), El desahucio (2014), Vaffanculo, Los monstruos de la razón (en Teatro completo. Volumen 1, 2014), El hombre de hierro, Los ídolos, El buen salvaje y su prima de Verona y Feliz cumpleaños, papá (en Teatro completo. Volumen 2, 2015) y La farmacopea, El encuentro, El pordiosero, El poeta caníbal, El hombre de color, El descubrimiento, El ascensor y la cabra, El mecánico, La prima, Los inmigrantes y La casa (en Teatro completo, Volumen 3, 2017). Como ensayista tiene publicadas veintiocho obras.