Julio Llamazares y el hilo de oro de la vida

Julio Llamazares vuelve tras los pasos de la Guerra Civil para recorrer la España vaciada y recordar que, bajo cualquier trinchera, siempre está la vida. El viaje de mi padre (Alfaguara) se puede leer también como un gran ejercicio contra la despoblación de la memoria, pero lejos del rencor cainita.
© VICENTE MANJÓN GUINEA 

Leer a Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) es mirar los hechos desde una perspectiva distinta. Desde el enfoque del desfavorecido. Del ciudadano normal y corriente que se ve arrastrado por la avaricia de los que siempre estuvieron y siguen estando arriba. Se llamen como se llamen y tengan el color que tengan.

En esta ocasión, su libro, El viaje de mi padre (Alfaguara), realiza el mismo itinerario que su antecesor se vio obligado a trazar como consecuencia de verse involucrado en la Guerra Civil. Tal y como le ocurrió a la mayoría de los ciudadanos de aquella época, tomar partido por un bando o por otro no fue una cuestión de elección ideológica, sino de supervivencia. El escritor oriundo de Vegamián, un pueblo de León desaparecido bajo las aguas del Porma, comenta en el libro que su padre tuvo la hábil idea de alistarse voluntariamente «en el Regimiento de Transmisiones ante la posibilidad de ser reclutado para Infantería, cosa que habría ocurrido con toda seguridad». Ya se sabe que la infantería es la carnaza de primera línea de todas las guerras. Allá donde colocan a todos los pobres infelices para mirar directamente a los ojos de la muerte.

Guerra y despoblación

Cuando comenzó la contienda, en julio de 1936, la mayor parte de la población española estaba formada por campesinos, obreros, comerciantes, maestros, funcionarios, estudiantes y padres de familia que, de un día para otro, quedaron atrapados en un territorio controlado por uno u otro bando. Esa trinchera ideológica, dice el autor del libro, «mi padre la vivió en su propia familia pues dos hermanos suyos combatieron en un bando y otros dos en el contrario». Tan terrible como que vecinos de una misma localidad o hermanos de padre y madre podrían estar disparándose desde trincheras opuestas marcados por una excepcional dimensión trágica: la de sobrevivir.

Tal y como escribiera el escritor en un artículo publicado en El País allá por el 2019 y titulado La España hemipléjica, su padre fue «una persona que hizo la guerra con los nacionales, lo que no le impidió condenar las barbaridades que hicieron los suyos sin dejar de buscar a un hermano del otro bando desaparecido y querer por igual a los otros, independientemente de la trinchera en la que combatieron».

El libro de Llamazares tiene el sedimento que tan magistralmente reflejó el periodista liberal Manuel Chaves Nogales en su obra A sangre y fuego, donde se nos muestra a individuos atrapados entre los extremismos y la violencia de ambos lados. Defensor de la República y contrario al golpe militar tuvo la entereza y la responsabilidad de denunciar tanto los crímenes y fanatismos cometidos en la retaguardia republicana como en la avanzadilla fascista. Al igual que Chaves, Julio Llamazares presenta en su libro pinceladas de ese horror. Pone en boca de testigos tragedias y horrores que nunca olvidarán y a poco que se escarbe en sus recuerdos se derrama una tinta negra y de sangre coagulada.

«Nadie vuelve de una batalla siendo el que era y menos de una batalla tan cruel como la que aquí se libró, tanto que su sonido aún resuena en la memoria de los vecinos de estos lugares», escribe el autor. Porque la guerra no tiene nada de heroico ni de epopeya literaria. Es la fiel representación de la degradación del ser humano. De muertos apilados junto al río. De bombardeos indiscriminados. De hambre. De heridos y amputaciones como consecuencia de la congelación de los miembros del cuerpo al soportar temperaturas de dieciocho grados bajo cero sin cobijo alguno. De trenes que trasladan a soldados famélicos como ganado cuyo destino final será la muerte.

Toda esta esta narración de hechos sobrecogedores desde la perspectiva de la tranquilidad del presente es el deseo oculto del autor de que la memoria no se pierda. De que el olvido del pasado no nos lleve a que nada de esto pueda volver a producirse. Para que el ciudadano corriente no se deje arrastrar por las ansias de poder de los de siempre que, lejos de buscar el bien común, solo se preocupan de alimentar su avaricia desmedida. Independientemente del color con que se tiña su codicia.

El autor defiende a ese pueblo que se construye a base de paciencia y tierra.

Llamazares alterna lo presente con el pasado, salta de lo vivido al recuerdo. Las frases se enlazan mediante anáforas y sinestesias que confieren una plasticidad extraordinaria al lenguaje. La sensación de frio y la ropa mojada nos trasladan al Stalingrado español, o el silencio y la propia tranquilidad con la que le reciben los lugareños nos permite concebir el feliz sosiego de una vida en paz. La posibilidad de establecer un diálogo, a pesar del recuerdo inolvidable del espanto.

Y en todo este recorrido, perfectamente trazado en un mapa al inicio del libro, que nos lleva de lo particular a lo general, Llamazares jamás deja de lado la esencia principal de toda su obra: la despoblación. Esa que tan magistralmente nos contó en La lluvia amarilla. El abandono sufrido por el mundo rural español. «Hay provincias de primera y de segunda —dirá el novelista en boca de uno de los interlocutores— y Teruel es de tercera. Cuando lo dejemos los pocos que quedamos, esto va a ser un desierto». Todos esos lugareños son conscientes de que se enfrentan a un destino fatal, aunque luchen por mantenerse en el lugar que los vio nacer. Ellos sí son héroes románticos que saben que no podrán vencer a lo que se enfrentan. Porque al contrario que el verso de Antonio Gamoneda, al que nos acerca el propio Julio Llamazares, «Esto es un pueblo; se construye a base / de paciencia y tierra…», hoy día, solo importa lo construido a base de ladrillo y negocio, de estrés y cemento.

No nos estamos dando cuenta, o, mejor dicho, estamos sumidos en una vorágine por la que no queremos darnos cuenta de que, tal y como reflejara Álida Ares en su estudio sobre la obra de Julio Llamazares, estamos a punto de partir el hilo de oro. Esos hilos dorados imperceptibles sobre los que se sostiene la naturaleza. Lo verdaderamente importante no es quién nos gobierne, ni siquiera que tengamos Gobierno, lo imprescindible es que las abejas sigan polinizando el planeta y tejiendo el hilo de oro de la vida.

 

El viaje de mi padre, Julio Llamazares, Alfaguara, septiembre de 2025, 328 páginas, 21,90 euros.


EL AUTOR

F. VICENTE MANJÓN GUINEA (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.

Es autor del ensayo literario titulado De la literatura y las pequeñas cosas y del libro de relatos Altas miras. Como novelista, ha publicado Una lluvia fina mentirosa y Con tal de verte reír.

Editor y escritor del blog de artículos Memoria de un náufrago y colaborador en el Diario Siglo XXI.

Es socio de ACE.