‘PECIOS’, POEMAS PARA UN REGRESO

Un poemario que había permanecido inédito hasta ahora, rescatado de la memoria y destinado a sobrevivir y a superar la prueba del olvido, que teje entre sus páginas una perspectiva literaria del pasado, un memorial de fechas y una evolución cuya forma de escritura y estética no cambió el mundo pero se posicionó ante él.
© LORENZO MARTÍNEZ AGUILAR 

Como dejó dicho Antonio Machado en esta soleá, la poesía es palabra en el tiempo: “Ni mármol duro y eterno, / ni música ni pintura, / sino palabra en el tiempo”. Eso podría explicar el poemario Pecios, de Cristóbal Casado Álvarez, escritos hace más de 50 años, entre 1963-1976. Pecios son poemas de juventud, de rebeldía, de enamoramiento, de fatalidad, de festejar la vida; evidentes y fieles a un pretérito que hoy, medio siglo después, no ha roto el tiempo ni el silencio, ni el olvido, ni esa telaraña que teje la tenacidad de la desmemoria.

Estructurado en cinco partes: «Del sentir adolescente», «Verano del 66», «Nominales, Mínimos», «De amor y desamor», se inicia cada parte con dibujos del propio autor, muy ajustados a la estética del dibujo de aquellos años en España, de profunda ruptura y experimentación de minimalismo geométrico. Están escritos con el lenguaje de la sinceridad; con la épica de un tránsito de preguntas y búsqueda de paisajes en lontananza, trayectos de libertades jóvenes durante la dictadura española, y ritmos melancólicos de blues. Una lírica de confesión directa en la sensualidad y los sentimientos amorosos (a veces arrebatados) como expresión literal de las esencias ocultas del poeta: “Más, cuando llegue el invierno, / y el sol, a través de los cristales, / caliente tu cuerpo, / te estaré acariciando / el pensamiento”. Epistolario de novias primerizas o dobladas cuartillas de ocasionales amores de verano, como comenta su autor, el poeta apuesta por su peculiaridad amor/desamor, con un ideal romántico y vitalista: “No quiero mentirte, / aún quedan en mi alma / antiguos arañazos”.

Pecios son poemas salvados in extremis de la destrucción, como un naufragio (de ahí su título). O del olvido, como la resaca de un abandono, “perdidos entre amarillentos archivos, incluido el de mi memoria”, como confiesa su autor. Es decir, rescatados y destinados a sobrevivir, salvados a través de la memoria, destinados a superar la prueba de la omisión o del vacío y donados de regreso a la amistad, como queda señalado acertadamente en la dedicatoria: A mis amigos de siempre, con la esperanza de que, aunque distintos, sigamos siendo los mismos.

Regresan tras ser aquilatados en el cajón de los años, remansados en los bordes de las sombras y perfeccionados continuamente en la inquietud como una guía de supervivientes. Vuelven 50 años después de ser escritos, al espacio natural de un libro, donde ya no se hace necesaria su lucha contra la caducidad vital. Y responden al homenaje de aquel joven (hoy viejo profesor, catedrático de instituto) que quiso ser poeta: “para que no me quede sin poemas en posibles revisiones futuras; o, lo que es más trágico, para que no me siga quedando sin amigos a quienes dedicárselos; para evitar que esta publicación pueda llegar a ser póstuma”.

Pero no llegan con retraso, en todo caso llegan reescritos muchas veces, pero a tiempo de ser testigos de aquello que decía Antonio Machado: la poesía es palabra en el tiempo. Aceptan la distancia como medida de la evolución, pero irrumpen en la esperanza como respuesta sensible que reúne los dos tiempos en los que los humanos somos capaces de reconocernos, como expresa en el poema “Clara”: prudencia de años / anticipa palabras que no murieron la tarde última / más no buscad culpables / a pesar del tiempo / la belleza subsiste siempre en el recuerdo.

Pero un libro de poesía, además de ser un confidente de la biografía de su autor, es también un testigo de su tiempo histórico. Aunque dijo el simbolista francés Stéphane Mallarmé que no es con ideas como se hace la poesía, es con palabras, obviamente también debemos convenir que las palabras y las ideas caminan con el hombre por su misma senda evolutiva y cambiante. Pecios reúne ambas afirmaciones. El fondo poético más añejo de este libro y las revelaciones introductorias de su autor lo sitúan en un contexto temporal y literario coincidente con la poética de aquella nueva sensibilidad que coincidió con la publicación de la antología Poesía última (1963) que ponía fin en España a la poesía española de posguerra. Una escritura que también responde al carácter experimental de la poesía de renovación y vanguardia de los autores de aquel cambio estético: Pedro Salinas, César Vallejo, Ángel González… cuyos versos aparecen en diversas citas que ilustran estos poemas.

Un poemario, en definitiva, que rescatado del tiempo, teje entre sus páginas el modo vivencial de una perspectiva literaria del pasado, un memorial de fechas y evolución cuya forma de escritura y estética no cambió el mundo pero se posicionó ante él.

En ese que digo ahorma la literatura linarense de aquellos años, debemos considerar e incluir los poemas de Pecios, excepto los más tardíos, de 1976, coincidentes con la última parte del libro: … “de amor y desamor: Rompe la virginidad / de la mañana / y ámame a la luz del día, / amor,/ como se abren las cerezas”.

Un poemario cuya complejidad había permanecido inédita hasta ahora. Porque a veces la vida nos hace retornar a veredas que ya transitamos antes. Los poemas de Pecios quizás estuvieron siempre en ese trasunto: regresar: he vuelto la vista atrás, / he recogido las pisadas / que me ha regalado el camino, / las he ordenado, / y he compuesto / un poético recuerdo con ellas / que, quizá, permanezca hundido / para siempre en el lecho de este río, / y que guardaré / en la letra correspondiente / de mi sentimental archivo”.

Pecios (Poemas de juventud) (1963-1976), Cristóbal Casado Álvarez, edición Printalias.com , 2026, 102 páginas


EL AUTOR

LORENZO MARTÍNEZ AGUILAR (Linares, Jaén, 1957), Consejero Académico Titular del Centro de Estudios Linarenses (CEL), de cuya institución fue Director Académico entre 2011-2015. En poesía ha publicado los poemarios El jardín de los sueños (1992), Taranta (Poemas a Linares) (2009), Manual de invierno (2010), Territorio de sombras (2016) y La geografía del laberinto (2023). Sus poemas, además, han sido recogidos en diversas antologías poéticas españolas y andaluzas y en revistas especializadas. En narrativa ha publicado los relatos La acera (2004), La pesadilla (2005), El sargento Aguilar (2010) y la novela Caminos cruzados (2019), siendo algunas de estas obras premiadas en
diversos certámenes literarios.