La dispersión de la luz: ‘Los latidos contados’ de Federico Gallego Ripoll

En la fotografía de portada del artículo en que el autor aborda el nuevo libro de Gallego Ripoll (Manzanares, 1950),  la luz de un cielo limpio tras la iglesia de su ciudad natal parece asomarnos a alguno de los misterios de la infancia del poeta:  «El recuerdo y la memoria», escribe Teo Serna refiriéndose a su primera parte.
© TEO SERNA

Algunos autores consideran que la poesía no es literatura, cosa que ya, de alguna manera, proviene de Platón. A cambio, él –y Empédocles– le atribuyen poderes casi sobrenaturales, capaces de alterar el orden social. La poesía es una mirada, una manera de habitar, algo extraño a los géneros literarios.

Dice Carmen Palomo en su poema “Passim”: «La poesía no es un género // Se reconoce solamente por su olor / a quemado // Decir poema es decir / aquí algo ha ardido». Basilio Sánchez: «En poesía, siempre es más fácil explicar el proceso de escritura de un libro que el libro mismo, es más sencillo hablar de las circunstancias que rodean la aparición de los poemas que intentar encontrar un sentido...». El rumano Mircea Cărtărescu: «La poesía no tiene que ver con el arte de escribir poemas… Los poetas no vivimos en el mundo; es el mundo el que vive en nosotros».

Con este preámbulo, enfrentarse a la lectura de un libro de poesía es tarea delicada a la vez que extrema: nos estamos moviendo en un terreno donde todo es posible y donde todo puede ser, a la vez que iluminador, tenebroso; críptico a la vez que transparente.

Federico Gallego Ripoll, poeta de fecunda trayectoria, con 22 libros de poesía en su haber, nos trae esta última entrega: Los latidos contados. No es este libro un libro único, un texto unívoco o estático, no. Por supuesto. Y me trae (no sé por qué…o sí) a la memoria un año: 1666, el año milagrosamente fecundo de Newton, en el que desarrolló el cálculo diferencial y concibió la teoría de la gravitación universal y la teoría de la naturaleza y dispersión de la luz. Y a esta última cosa me acerco: la luz blanca, al pasar por un prisma de cristal, se descompone en 7 colores: rojo, naranja, amarillo, verde, añil, azul y violeta.

¿Por qué traigo esto? Porque Los latidos contados es en realidad 7 libros en uno. Al igual que la luz pura emana en un rayo y parece homogénea –pero no–, el libro de Federico se abre en 7 rayos que brotan de un haz transparente y forman un arco iris que late y tiñe con sus colores el libro todo.

Escrito en un periodo de 7 años, concebido en un secreto casi monástico, estos Latidos son agua en la taza de una fuente que, tras amansarse, se ramifica y distribuye en varios caños. O extremo de un largo hilo del que tirar para desenredar el ovillo rojo del corazón. O hilván zigzagueante que une entretelas para formar el abrazo blanco de una camisa, para conformar la pajarita que se subirá hasta nuestro cuello. Partes unidas, teselas, dovelas de arco o alfileres que van trazando ese camino sutil que el hilo va dibujando mientras se va trenzando sobre la almohadilla o «mundillo». Alfileres que forman una constelación de colores que dan sentido a un cierto orden: a la pulsión que la mano ejerce sobre el alfiler (pequeño dolor para engarzar la telaraña perfecta).

Federico Gallego Ripoll. Foto Mahalta Ed.

No voy a tratar de explicar cada parte por ser tarea innecesaria (nada más inútil que “explicar” la poesía) o, al menos, pretenciosa. Citaré cada parte unida a un color, pues, por pura magia, 7 son las partes del libro (o 7 libros en uno) y 7 los colores en que se descompone la pureza de la luz cuando pasa por el prisma de cristal (o sea, por nuestro poeta-fuente).

  1. “Azuer”. Color amarillo. Luz. Alegría. El recuerdo y la memoria. «Una pizca de sal en la memoria». La infancia que nos ha hecho y la que (de alguna manera) sigue haciéndonos. «Era tan triste el niño que ni siquiera lo sabía». También el extrañamiento inherente a la creación poética, el recuerdo como (a veces) algo ajeno a nosotros, a la mirada primera que se encierra «en una caja opaca» (¿dónde aquellas fotografías, aquel dolor, aquel amor, aquella ira, aquella esperanza?).
  2. “Escribir nieve”. Color añil. La conexión con lo divino. La palabra como materia del poema. El silencio necesario también como materia que sustenta el tinglado del arco poderoso del poema. «De eso vivo, / con eso escribo mis poemas…». Aunque los poemas se gasten y en ellos no se abandone al dolor, el poeta escribe con palabras susurradas, dichas para él solo, pues él será el médium que las transmita, ungidas ya por la urgencia del decir. Aunque se predique en el desierto, siempre se refugiarán las palabras en algún pozo oculto, para partir desde ahí al venero subterráneo.

III. “El aire entre tus dedos”. Color rojo. La pasión y la energía. El amor como impulso, recogimiento, desdoblamiento y fin. Soy lo que callas. La ausencia como cimiento en esa huella que la cabeza dejó en la almohada o cuando se viaja sin billete de vuelta, porque el miedo va pasando su dedo por los muebles. Color rojo, a pesar de todo. Índice de refracción en el cristal: 1,50 n.

  1. “Trencadís”. Color naranja. Libertad y creatividad. Lo fragmentario y la trascendencia. La unión de lo que, ajeno, forma un todo, un mosaico de opuestos y complementarios. Fractales que contienen en sí el conjunto al que pertenecen. Bucle, laberinto donde buscar al Minotauro, sabiendo que es «Pobre aquel que dice entender la belleza, / y más pobre aún el que en verdad la entiende». Dispersión de la luz otra vez, ángulos que miden la exactitud del aire y del agua. Breverías, destellos, fractales luminosos en un caleidoscopio. La imagen que se anima al aproximar el ojo a las ranuras del praxinoscopio. Tan solo hay que saber dar el giro, la velocidad precisa.
  2. “Autorretratos”. Color azul. Calma, inteligencia. Aproximación al yo y a la reflexión. Lavoisier deja el laboratorio, los matraces, para irrumpir en el poema, porque la ciencia roza la poesía en sus principios, en sus exactitudes matemáticas y en sus posibilidades teóricas de construir mundos apenas intuidos. «Ningún tañido / se crea o se destruye, / tan sólo se transforma». El yo como reflejo del otro y viceversa. Narciso también, ante el enfrentamiento al espejo que nos devuelve lo que quiere el azogue y lo que quiere la sombra. «Reconócete: el miedo habla tu idioma, / el mío». El autorretrato como retrato prestado por la memoria («ese sonido invisible del cauce antes del agua»).
  3. “Los alquilados”. La parte más densa. Color verde. Esperanza, equilibrio. El compromiso ético al que el poeta no es ajeno. Todo lo mirado puede ser apasionante; es un acto de fe, mirar. El poeta abducido por los pintores. No; por las pinturas. Toma de conciencia a través de una realidad creada por el arte: Magritte, Miró, Bacon… y tantos otros. «Tú tomas mi memoria y la haces agua» (“Kandinsky”). La ferocidad del trazo que se remansa en la soledad de Hopper mientras «la paloma tronchada […] aguarda la muerte en un alféizar…».  ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina; el poema o el cuadro; la pincelada, el paisaje, el acento?

VII. “El plural de la noche”. Color violeta. Misterio, espiritualidad. La muerte y la ausencia. Morir es liberar los pájaros del hueso. Decía Octavio Paz que el poeta no es el que oye el dictado del inconsciente, sino el que guía ese murmullo y lo somete a una forma de lenguaje inteligible. Aquí la muerte. Aquí la verdad suprema, la verdad blanca. El murmullo que nos llega desde los cipreses solitarios, donde la vertical se impone a la horizontal. «Cuánta delicadeza, oh muerte, / en tus ritos diarios…«. Índice de refracción del agua para el color violeta: 1,344 n.

Libro-fuente; libro-río; libro-que suma bifurcaciones, fractales, teselas, dovelas con las que levantar y apuntalar arcos de medio punto en un equilibrio sosegado, suma en fin de tensiones que se reparten perfectas para elevar el edificio transparente de la poesía: una torre de Babel con un único lenguaje en todos los idiomas. Equilibrio en pie. Estación en la que soñar. Las mil y una maneras de mirarse a uno mismo, mirando a los demás con la calma del pescador en la ribera. Saber perderse aquí para encontrarse con tanto: desde el centro del laberinto hasta la luz extrema del faro.

Federico Gallego Ripoll, Los latidos contados, Ciudad Real, Mahalta ediciones, 2026. (215 páginas).


EL AUTOR

Teo Serna (Manzanares, 1954) es poeta, narrador y artista plástico. A su primer libro de relatos, publicado en 1994: Historias extrañas, improbables y ciertas (Colección Ojo de  Pez, no 26. BAM), le han seguido 24 títulos más (de los cuales 21 son de poesía discursiva o visual), 6 en colaboración con otros autores, 3 como ilustrador y 4 plaquettes. Tiene en su haber algunos premios de poesía que no le han cambiado la vida. Incluido en 37 antologías nacionales y regionales de relato corto, poesía discursiva y poesía visual, tanto en ediciones en papel y en CD como en internet.

En 2025 recibió el I Premio de la Crítica de Poesía de CLM al mejor libro de poesía publicado entre 2023 y 2024 en Castilla La Mancha  (El azogue y la plata).