El exceso y el repliegue en la obra de Lauren García

Un exilio voluntario, el último trabajo poético de Lauren García, canta a los viajes, la juventud y la mujer, bien desde la memoria o la imaginación, con un estilo destilado y certero, lejos del barroquismo quizá excesivo de otras épocas.
© MARTÍN RODRÍGUEZ-GAONA

Aventurarse en lo lejano del camino
donde todo parecía solitario
y la belleza era mirar despacio.

«El diluvio de la fresa»

En su séptimo libro Un exilio voluntario, Lauren García (Oviedo, 1977) nos ofrece un largo poema a la manera de recuento de su obra poética, lo que también supone una especie de resumen alegórico de su vida, confluencia que en su proyecto resulta indisociable. La poesía de Lauren García se caracteriza por cierta inclinación a atrapar un estado de ánimo, a edificar postales del mundo interior. Escenas que se tornan memorables gracias a una voz singular, fiel a sí misma y, por este motivo, en muchos sentidos a contracorriente. Lejos de cualquier estridencia formal o discursiva, surge así una poesía que no teme ser abiertamente sentimental, evocando la ciudad y el mundo rural, la niñez, los padres o el amor canalla (o sus cantos de sirena).

Edita Difácil

En libros previos, como La muerte de la tristeza (2019) o El diluvio de la fresa (2023), esta voz se despliega emocional pero no amable, huyendo de la empatía fácil, pues sus versos a menudo son introspectivos hasta la dureza, algo que curiosamente no impide que los conflictos se resuelvan casi siempre con ternura. De ahí también la propensión a celebrar desde una mirada compasiva que escruta la vida en una ciudad pequeña, todavía de ritmo sosegado, observación a partir de la cual se recrean personajes y rituales.

Estos motivos, depurados y expresados con mayor contundencia (y que incluyen los cambios que van alterando la escenografía de una ciudad como Oviedo), se sintetizan ahora en Un exilio voluntario, en el que Lauren García compone una oda a través de la evocación de los siete días de la semana (“El calendario madrugador del lunes”, “El café de la templanza del miércoles”, etcétera), a la manera de un diario lírico. En esta reconstrucción escenográfica de la identidad memorialista destaca su fidelidad a la sensibilidad romántica: esa permanente pugna por conciliar la individualidad y el afán de trascendencia. O, si se prefiere, en Oviedo como ciudad-espejo se proyecta la nostalgia de lo absoluto y el reconocimiento de la inevitable caída. No obstante, ante la conciencia plena de dicho impasse vital, como una reacción, el exceso brota casi espontáneamente, a la manera de un acto de resistencia.

Con este propósito, Un exilio voluntario ofrece una poesía de largo aliento, de ritmo sostenido y con amplios matices, que canta y exalta la vitalidad como gesto de rebeldía (en la estela imaginaria que va de los simbolistas franceses a Altazor de Huidobro). Mas esta apuesta por un eje geográfico y memorialista implica asimismo un posicionamiento moral, pues la respuesta supone huir de la comodidad y la mediocridad cotidianas. Por consiguiente, la perspectiva del sujeto lírico corresponde a la de un solitario y un soñador, alguien que lucha con denuedo para no dejarse vencer por la alienación, el consumo y la monotonía. Así, la poesía se impone ante todo como un refugio y una razón de ser:

 

Llega la noche.
Leo y releo a los poetas
que me ofrecieron su mundo.
Los poetas muertos
se revuelven orgullosos desde mi biblioteca.

Cantan encarnando al aire presente
y desde el privilegio de la palabra
que impide la ciénaga
cercenan al dolor.

Me entrego a sus ojos proféticos.

 

En consecuencia, a lo largo de distintos momentos del día, Un exilio voluntario erige cantos  a los viajes, a la juventud y a la mujer, aunque ya todo sea fundamentalmente solo memoria o imaginación. Mas lo vivido, en última instancia, siempre valdrá la pena, pues se celebra y agradece a la poesía en cuanto a su poder liberador: un bálsamo para los individuos más sensibles, aquellos que, de otra manera, serían dañados irreparablemente por la ignominia, el lucro y las convenciones sociales.

La poesía como bálsamo para los individuos más sensibles.

Como un rasgo predominante, la obra de Lauren García responde a una sensibilidad romántica que evita los riesgos derivados de la actual y omnipresente masificación. Dicho rechazo moral es el que hizo al poeta explorar en su juventud el vacío y sus límites, abrazando al exceso. Mas ahora, ya de vuelta, desde una soledad elegida y consciente, se abre ante él —con una perspectiva renovada— el tiempo de la reflexión, la intuición poética y la sabiduría.

Un exilio voluntario, Lauren García, Editorial Difácil (2025), 52 páginas, 10 euros.


EL AUTOR

MARTÍN RODRÍGUEZ- GAONA (Lima, 1969) es poeta, ensayista, traductor y editor. Autor de Efectos personales, Pista de baile, Parque infantil, Codex de los poderes y los encantos y Madrid, línea circular —Premio Cáceres Patrimonio de la Humanidad—, así como del ensayo Mejorando lo presente. Fue becario y coordinador literario de la Residencia de Estudiantes, y obtuvo la beca internacional Antonio Machado. Ha traducido a John Ashbery, John Giorno, Brian Dedora y Jack Spicer. Ganó el Premio Málaga de Ensayo 2019 con La lira de las masas y el Premio Celia Amorós 2022 con Contra los Influencers. Su poemario más reciente es Motivos fuera del tiempo: las ruinas.