Lo que permanece

Fidel Sendagorta regresa a la poesía japonesa con Luna presentida, un libro de tankas donde la contemplación y la emoción contenida dialogan con el paso del tiempo.

© JESÚS CÁRDENAS

Como esos atardeceres en los que la luz se demora antes de extinguirse y deja el mundo suspendido en una claridad incierta, Luna presentida, de Fidel Sendagorta (Madrid, 1956), se presenta como un libro donde la realidad nos habla. Su poesía prefiere la persistencia de lo tenue, la cadencia de lo pequeño. El poema nace de una atención extrema a lo cotidiano: el temblor de una rama, el paso de una nube, la nieve cayendo con lentitud o la luna reflejada entre los edificios. En esos instantes mínimos se revela una verdad perdurable, una forma de conocimiento que solo puede alcanzarse desde la contemplación.

La cuidada edición de Satori contribuye a esa atmósfera. Los tonos verdes de la impresión y la esmerada factura del volumen dialogan con los motivos que recorren el libro: la naturaleza, las estaciones y el tiempo entendido como materia poética. El objeto acompaña así la experiencia de lectura y refuerza una sensibilidad que encuentra en la armonía entre forma y contenido una de sus mayores virtudes.

Edita Satori

Tras Por remotas veredas (2023), dedicado al haiku, Sendagorta se adentra ahora en el territorio del tanka, una de las formas clásicas de la tradición japonesa. Las setenta composiciones reunidas en este volumen confirman su afinidad con una estética basada en la concisión, la sugerencia y la emoción contenida. Si el haiku captura un instante de percepción, el tanka permite prolongar ese destello hacia la memoria, el sentimiento o la reflexión. El poeta aprovecha esa posibilidad con naturalidad, construyendo textos breves donde cada palabra ocupa el lugar exacto.

El libro puede leerse como un canto sereno al amor vivido. Las estaciones se suceden junto a los recuerdos, las despedidas y las revelaciones íntimas, componiendo una geografía emocional atravesada por el fluir temporal. Otoño e invierno predominan sobre los demás ciclos, quizá porque expresan mejor la conciencia de la transformación y la aceptación de lo inevitable. Lo que permanece, en estas páginas, es una melancolía luminosa, una mirada que contempla cómo han cambiado los paisajes, los afectos y el propio sujeto que recuerda.

En el centro de ese universo simbólico se alza la luna. Más que un motivo recurrente, constituye una presencia que ordena la mirada y articula el diálogo entre exterior e intimidad. Desde el comienzo aparece ligada a la memoria amorosa y a la despedida: «Golpe de luna / entre los rascacielos / de espejo y plata. / Tu gesto con el pelo / cuando nos despedimos».

La naturaleza desempeña un papel esencial en esta escritura. Aparece como reflejo de una experiencia interior. Así ocurre en uno de los tankas más representativos del conjunto: «Oigo y no oigo / el fragor de la lluvia / en duermevela. / Tú, sumergida en sombras, / yo, entre el agua y el sueño». La delicada tensión entre presencia y ausencia basta para expresar la distancia entre memoria y presente. El paisaje de ser decorado pasa a convertirse en expresión posible.

A través de esa relación entre naturaleza y experiencia, el paso del tiempo adquiere una dimensión reveladora. «Hoy nublan los misterios / que ayer nos deslumbraban», escribe Sendagorta. Lo que antes brillaba con intensidad inmediata se vuelve más complejo, hondo y verdadero. La emoción brota de reconocer que toda belleza es transitoria y que su fragilidad forma parte de su significado.

Especial relevancia adquiere el invierno. Lejos de asociarse a la desolación, aparece vinculado al recogimiento y a la intimidad compartida. Mientras la nieve cae sobre el mundo exterior, el amor se convierte en refugio, en una lumbre discreta capaz de resistir el avance de las estaciones: «Toda la noche / cae con delicadez / la terca nieve. / Yo cerca de la lumbre / prendido de tus ojos». El contraste entre el frío del paisaje y el calor humano genera algunas de las imágenes más delicadas del libro.

Pero la naturaleza alcanza una dimensión casi ética. Los árboles, por ejemplo, representan una temporalidad distinta, más lenta y profunda, una forma de permanencia que interpela al ser humano contemporáneo: «Vivir con árboles, / sentir su alto rumor / benevolente, / su pausada cadencia / que nos toca y nos mueve».

Es un libro escrito desde la madurez, la gratitud y la reconciliación con el tiempo.

Junto a esa celebración de la vida, algunos de los poemas más logrados, memoria y paisaje se funden hasta convertir el recuerdo en una forma de compañía. La muerte irrumpe como parte de un orden más amplio donde los ausentes continúan habitando la mirada. Resulta especialmente conmovedor este tanka tan evocador: «Entre las tumbas / y azaleas de Aoyama / llega la calma. / Nos alcanza el silencio / de aquellos ya invisibles».

Incluso cuando la mirada se abre hacia la inmensidad del universo, la voz conserva intacta su contención expresiva. «Viaje en la noche, / disperso firmamento / siempre en silencio. / Cometas y palabras / se apagan en lo inmenso». La correspondencia entre lenguaje y cosmos resulta tan sencilla como reveladora; ambos son destellos pasajeros frente a la vastedad del tiempo.

Por todo ello, Luna presentida deja la impresión de un libro escrito desde la madurez, la gratitud y la reconciliación con el tiempo. Su admirable economía expresiva, la claridad de su lenguaje y la precisión de sus imágenes convierten cada composición en una pequeña estampa destinada a permanecer en la memoria. Fidel Sendagorta encuentra en el tanka un cauce perfecto para celebrar la belleza de lo efímero.

Luna presentida, Fidel Sendagorta, Satori Ediciones, octubre de 2025, 84 páginas, 12 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.