Eduardo Ruiz Sosa: «El relato es una voz que busca un cuerpo»

En Como un cielo entre nosotros,  Jakuta Alikavazovic cuenta que a finales del siglo XX le envió a una amiga un telegrama desde el sótano de una oficina de correos de Montmartre, en París. El envío le costó treinta euros pero no le importó porque era el cumpleaños de su amiga, que vivía en Estados Unidos y tenía una particular fascinación por el «pasado». Para esta última, el «pasado» era una región del mundo, así que la autora del libro, después de darle muchas vueltas, había decidido enviarle el telegrama como regalo de cumpleaños, segura de que un telegrama a finales del siglo XX ya era lo más parecido al «pasado» que le podía regalar.
El paisaje es un grito (Editorial Candaya), de Eduardo Ruiz Sosa (Sinaloa, México, 1983), me ha parecido algo parecido al telegrama del párrafo anterior, pero no para felicitarnos el cumpleaños a sus lectores sino un telegrama para recordar a los muertos que nunca podremos olvidarlos porque algo de lo que somos se lo debemos a ellos, para bien y para mal. Un telegrama que además tiene que ver con todos aquellos que cruzan fronteras y que se desubican, hasta que un día deciden regresar a casa, como Ulises cuando puso rumbo a Ítaca al acabar la Guerra de Troya. El problema comienza cuando los nombres de los lugares que conocíamos de antaño han cambiado o cuando esos lugares simplemente han desaparecido…

© TEXTO: HILARIO J. RODRÍGUEZ / FOTOS: YOH GONZÁLEZ 

Si hubieses aceptado convertirte en el Dante de nuestra época, ¿en qué fase de la Divina Comedia estarías ahora?
Pasmado releyendo el letrero en la entrada del infierno. La advertencia. La idea de que el lenguaje advierte sobre el futuro. Creo que ahí hay una intuición importante sobre la escritura. La proyección, el destino no como algo escrito sino como algo adivinado, o por adivinar. Es decir, el lenguaje arrojado hacia el futuro.

¿Es el pasado el purgatorio y el presente el infierno? ¿O viceversa?
Creo que lo son a partes iguales. Se intercambian a veces con el futuro, que no siempre es la salvación. Sin embargo, me interesa pensar que una cierta forma diferente de relatar el pasado y el presente, en sus heridas y en sus oscuridades, se encuentra en el porvenir. La posibilidad de un relato que recupere o que reescriba la forma en que experimentamos el paso del tiempo, ya sea el más lejano o el más inmediato. Toda la ficción es esa búsqueda, la búsqueda de una escritura hacia el porvenir, hacia la experiencia del pasado y del presente más allá, donde todavía no hay nada.

Edita Candaya

La muerte borra, pero también une. ¿De qué manera crees que algo así se refleja en tu obra?
La muerte invoca presencias que se encuentran. Necesitamos una comunidad después del suceso, después de la pérdida. A veces, esa muerte no es la de una persona: es el fin de un proceso vital, de un espacio, de una época, de una voluntad, de un futuro proyectado. Ahí ocurre, entonces, la fundación de un espacio comunitario. Creo que la escritura, el arte, son parte de ese espacio comunitario. Los cuatro personajes de El paisaje es un grito, el Baldor, la Caticha, el Lombardo, el Genízaro, están unidos por la muerte de algo, y crean una comunidad que cifra en el cuidado de los otros la supervivencia. Una supervivencia colectiva. Por eso no pueden abandonar al Genízaro cuando muere. Por eso mismo, en un punto de la historia, lo dejan atrás, cuando los habitantes de Providence lo adoptan como el muerto de todos y de cada uno. Y del mismo modo se puede ver en los habitantes del pueblo, que encuentran en el cuerpo del Genízaro la posibilidad de reescribir el pasado hacia adelante. La comunidad inconfesable, como el libro de Maurice Blanchot.

En tu obra la muerte parece luchar contra la industria del entretenimiento, contra esa tendencia estadounidense a utilizarla para hacer tolerables e interesantes los relatos.
La banalización de la muerte es uno de los soportes más sórdidos del capitalismo. Desde el trabajo esclavo en fábricas, campos agrícolas, zonas pesqueras o mineras, y muchos más, hasta los cuerpos desmembrados y violentados en las mal llamadas guerras de baja intensidad, como la violencia del narco, por ejemplo, o en las mucho más descaradas y delirantes invasiones contemporáneas, de Palestina, de Irán, de Siria, de tantos lugares más. La industrialización de la muerte violenta (sea de hambre, de sed, ahogados en el Mediterráneo o quemados por el sol del desierto, balaceados o consumidos por la enfermedad debido a la artera y avara negligencia de los políticos y empresarios de turno) ha sustentado al poder siempre, la convierte en estadística, número frío; pero en las últimas décadas se ha convertido en espectáculo tal vez con el fin de insensibilizar la conciencia colectiva. Una muerte es todas las muertes. Y cada muerte tiene nombre y apellido. Por eso vuelvo al pasaje de los entierros sucesivos del Genízaro en Providence: cada vez que alguien vuelve a enterrarlo, afianza su lugar en el mundo. El vínculo con los ausentes es el vínculo con el pasado. Borrar la muerte, banalizándola, es borrar el pasado, la posibilidad del relato del pasado.

¿De qué manera queda tu última novela resumida en el mapa que incluís en la segunda  edición, que es de San Blas, en el municipio de El Fuerte, en el estado de Sinaloa?
Ese mapa representa, al mismo tiempo, un viaje físico, uno emocional y otro simbólico. Yo tenía ese mapa colgado en la pared, al lado de mi escritorio. Iba tomando notas ahí, mientras escribía o leía. Ideas sueltas, nombres, elementos de la estructura. Se fue llenando poco a poco como una especie de bitácora de la escritura. El mapa que se hace en la andadura. Tal vez todos los mapas, al menos los honestos, se hacen así. La región de San Blas es una región minera. Ha padecido, como muchas otras regiones de Sinaloa y de México, la explotación de empresas mineras extranjeras, la negligencia y la violencia que generan. La destrucción ambiental. A lo que hay que sumar la violencia del narcotráfico. Pero también hay un elemento fundamental en el argumento de la historia: mientras los personajes emprenden el viaje de regreso al origen, el Genízaro muere, y deciden llevarlo a El Presidio, que es donde nació. En torno a El Presidio hay toda una fabulación sobre las ruinas, sobre los espacios transformados a lo largo del tiempo, sobre las construcciones que permanecen y cuyo significado hemos de adivinar o redefinir. El Fuerte es el hueso real de El Presidio.

«Es mi libro más oral, más coloquial, con más argot».

Tu visión cartográfica del territorio es una visión de voces.
Los mapas se hacen caminando, decía antes. Pero también se hacen escuchando. A mí me interesa una poética de la escucha. Muchas veces se dice que la literatura da voz a quien no la tiene. Me parece que es, aunque con buena intención tal vez, una afirmación que niega a los otros, que de entrada asume que hay quienes no tienen voz, y que hay otros, quienes escriben, que tienen la potestad de hablar y decir y organizar el relato. Para mí es más importante escuchar. Hay voces en todos, en todo. Mi trabajo como escritor es escuchar esas voces. El espacio, a su vez, habla. Es el lugar donde nos asentamos, donde vivimos. Algo queda de nosotros en el territorio. Algo queda de los otros. El mapa que me interesa es, como bien dices, un mapa de voces.

‘El paisaje es un grito’ es la cuarta obra literaria de Eduardo Ruiz Sosa en el sello Candaya. Foto: Yoh González

Me llama la atención que esas voces recogidas en el mapa mezclen las tradiciones literarias americana y europea, a H. P. Lovecraft con Vladimir Nabokov, a Mary Shelley con Juan José Saer, a Robert Louis Stevenson con Rodrigo Fresán… La literatura se funde con la antropología, que a su vez se funde con la poesía, que a su vez se funde con la geología, la química, el psicoanálisis…
Creo que la novela es el punto donde se enredan todas las disciplinas del conocimiento. El ser humano es puro misterio. Las motivaciones, puro misterio. La memoria, el amor, el miedo. No me parece suficiente ni una sola tradición literaria ni una sola disciplina. Tampoco me parece que estén tan desconectadas como suele decirse. La atomización es un proceso del mercado. Son muchos los libros que hay dentro del libro. Desde antropología y filosofía, hasta sociología e historia. El cruce es fundamental. Uno lee, por ejemplo, Tristes trópicos, y siente que está leyendo una novela. Uno lee Misericordia. El destino trágico de una collera de apaches en la Nueva España, de Antonio García de León, y siente que está leyendo una novela. Pero entonces qué significa «leer una novela». Y creo que tiene que ver, sin duda, con la afectación. Con la transmisión de la afectación. La novela es un instrumento para pensar en el comportamiento humano. Por sí sola no existe. Tiene infinitas patas. El resto de las disciplinas de las humanidades son indispensables para que la novela pueda echarse a caminar.

Ese mapa, que es una amalgama, puede entenderse como un coro griego en una obra clásica de Esquilo, Sófocles o Eurípides. Es hablar sin cesar, para dar forma al hacerlo al lugar donde se habla, al paisaje dramático.
No se escribe nunca en soledad. Así como los personajes del libro hablan sin parar, constantemente, para dar cuenta de que existen, de que a pesar del desarraigo siguen siendo alguien; así también el libro habla sin parar. Y esa forma de hablar, para mí, siempre es colectiva. Es, más que un coro, una polifonía. Una invocación. En el momento de la escritura emerge lo leído.

Algunos de los personajes de El paisaje es un grito son relatos errantes, gente que un día cruzó la frontera y que ahora regresa pero sin saber ya adónde.
Una voz sin cuerpo. Es una de las imágenes más recurrentes en casi todos mis libros. La idea del relato es esa, para mí: el relato es una voz que busca un cuerpo. Como aquel fantasma que busca su cuerpo. Los personajes de El paisaje es un grito, desarraigados y con la identidad fragmentada, buscan en el relato sin cesar una forma de asentarse en el mundo, de afirmar su existencia, pero no su existencia individual, sino su existencia en relación con todo lo otro, con otras personas, con otros espacios, en suma, con otras historias. Hablar para decir que existo. Para que alguien escuche. Escuchar para reconocer la existencia ajena. Pensamos que quien se va, quien migra, se desgasta y se termina borrando su «identidad original» en el roce con la distancia. Eso sería el distanciamiento, el efecto, el pathos de la distancia. Pero lo que sucede es que se va llenando uno de historias, de relatos que se enredan con el relato propio, que va y viene al origen una y otra vez. Ahora, es verdad que el regreso es a un lugar desconocido, porque el origen cambia y uno cambia también. No se puede volver al mismo lugar de donde nos fuimos. Ese es el misterio de la migración. Nunca sabe uno a dónde va a regresar. Nunca sabe uno qué tanto cambió el origen ni qué tanto cambiamos nosotros mismos.

¿Podría verse la novela como una especie de mapa hecho de voces pero en un espacio sin espacio, donde solo puede encontrarse el grito del título?
Diría que se trata de un espacio que no está fijo, que no es inamovible, que no es estático. El grito es la voz, que lanzamos hacia adelante para poder reconocer los espacios. El grito es el lenguaje y es el relato. Mediante los relatos es que nos reconocemos. El relato compartido es la única forma de reencontrar algo de aquel origen perdido para siempre. Me interesaba, en este libro, tratar el espacio como esa suerte de matriz cambiante. A cada relato lanzado, el espacio cambia. O más bien cambia nuestra percepción del espacio. Ahí donde algunos personajes ven un pueblo vacío, por ejemplo, el Lombardo ve la posibilidad de un hogar, de un lugar para quedarse para siempre. Ahí donde la Caticha veía una amenaza, en los perros que viven en el techo de la casa de Marbedal, el Lombardo encuentra una compañía posible. Por eso los rescata, por eso se van con él.

«Borrar la muerte, banalizándola, es borrar el pasado».

En ese sentido, tu novela parece clausurar el relato clásico donde Ulises finalmente regresa a Ítaca. Ya no hay una Ítaca que espera: el lugar también se desplaza cuando nosotros nos desplazamos.
Me parece que ya en Joyce hay esa intuición, aunque ahí el lugar es una interioridad, un símbolo del espacio de la memoria. La transformación física del espacio me interesa tanto como la simbólica. Por eso en El paisaje es un grito los pueblos cambian de nombre, se abandonan, se repueblan, se convierten en pueblos fantasmas o en cuerpos que devoran, como la fábrica en Tijuana o como la piscifactoría en el capítulo final. El lugar, ciertamente, no espera. Quizá esa clausura que señalas está presente en la trilogía del lugar, de Levrero. Puede ser que esto sea una continuación de esa reflexión sobre el espacio. Ítaca no se mueve, no cambia, para que Ulises, que sí fue transformado por el viaje, pueda reconocerla y reconocer que él cambió, aunque siga siendo el mismo. Puede sonar contraintuitivo, pero lo veo de ese modo. A mí me interesa el desasosiego de encontrar que el cambio es en ambas partes. Que nada es estático.

El paisaje es un grito me parece una bella forma de recordarnos que lo perdemos todo menos lo que hacemos con la lengua, lo que la lengua nos permite recuperar de manera sonora del territorio de donde venimos.
Sin duda es el libro más oral, más coloquial, con más argot, de los que escribí. Hay en eso dos voluntades principales: reconocer que incluso en esos modos de hablar que son denostados por ser populares, hay un pensamiento y construcción emocional muy complejos. Tanto como en cualquier otro lenguaje pretendidamente culto. Y, por otra parte, ese léxico, ese argot, es parte del espacio originario, es parte del origen lejano. Con esas palabras se construye lo más querido, lo más próximo, lo más íntimo. El lenguaje del origen es un lenguaje sin tiempo. Siempre vuelve. Es el lugar donde recuperamos algo de lo que fuimos allá.

Ruiz Sosa cree en una «poética de la escucha» y con ella va trenzando sus escritos, su mirada. (YG)

En nuestro mundo de desarraigo y violencia, ¿qué función tiene la literatura?
La de preservar los relatos. Provocar el diálogo y el pensamiento. Pero además creo que es importante considerar que la literatura no es por sí sola. Es decir, no es una entidad ajena a quien lee y a quien escribe. «Antes que escritor soy ciudadano», decía Carpentier. Quien escribe está inmerso en el mundo. Es invariablemente cucaracha y entomólogo. Hablamos, escribimos, desde el lugar en el que estamos. Si tenemos un papel en la sociedad, como individuos, también lo tenemos en la escritura. Cada quien escribe lo que quiera, pero para mí es fundamental escribir desde ahí, desde esa conciencia de lo político y lo histórico.

Además del Pedro Páramo, de Juan Rulfo, la obra de Cormac McCarthy, el Roberto Bolaño de 2666, ¿dónde más deberíamos buscar tus referentes para esta última novela y para tu obra anterior?
Principalmente, Fernando del Paso, con sus tres novelas primordiales: José Trigo, Palinuro de México y Noticias del imperio. Y Daniel Sada y David Toscana. Y Gonzalo Rojas y Abigael Bohórquez. Y Juan José Saer, Sara Gallardo y Libertad Demitrópulos. Y Olga Orozco y Wallace Stevens. Anne Carson y Roberto Juarroz. Bulgakov y Pavic. La lista es enorme si cito solamente referencias literarias. Pero, como decíamos antes, también hay un cúmulo de voces que provienen de otras disciplinas. Desde Blanchot a Derrida, a Lévi-Strauss a Kristeva.

 

El paisaje es un grito, Eduardo Ruiz Sosa, Candaya, marzo 2026, 398 páginas, 21 euros.


EL AUTOR

HILARIO J. RODRÍGUEZ es viajero, profesor y escritor. Ha colaborado con medios de prensa y revistas (El Estado Mental, Jotdown, ABC, La Vanguardia, Leer, Revista de Occidente, Dirigido por o Imágenes de actualidad). También ha escrito estudios sobre géneros cinematográficos, películas y directores, además de dirigir y coordinar ciclos, exposiciones y publicaciones para numerosos festivales de cine. En su obra de ficción destacan Construyendo Babel (que fue editada por primera vez en el sello Tropismos en 2004 y reeditada  por Editorial Contraseña en 2023), Mapa mudo, El otro mundo, Perder ciudades y Un astronauta perfecto, estas dos últimas obras publicadas por Newcastle, donde apareció Las desapariciones en 2022 y donde aparecerá este año Libro de las imágenes. Actualmente trabaja en un libro de viajes sobre Los Balcanes y en una novela. Su último libro publicado es El año pasado en Marienbad. Recuerdos del futuro, en la Editorial Providence.