En Pueblo blanco azul (Cabaret Voltaire), Azahara Palomeque nos envuelve en la historia de una familia en la guerra y posguerra españolas, haciendo uso de un característico y hermoso estilo literario cargado de significado.
© IRENE DE LA TORRE
Azahara Palomeque (El Sur, Córdoba, 1986) nos invita a zambullirnos en un lenguaje extremadamente cuidado, en frases que se extienden y se estiran cargadas de lírica y, una vez que nos adentramos en su delicado entretejido, fluimos solos río abajo, deteniéndonos en partes de la historia de un país, centradas en un pueblo y en una familia andaluza, pero que bien podría ser cualquier familia española.
La novela sigue las andanzas de Elaia cuando, a su regreso de Estados Unidos, se instala en la casa familiar de su pueblo andaluz con el objetivo de abordar la escritura de su novela. La narradora siente el peso de no haberse podido despedir de sus abuelos al fallecer, por haber vivido fuera durante muchos años. «¿Qué sentías cuando te estabas muriendo?». Esta pregunta, que abre la novela, va a ser la espina que persigue a Elaia, y un gancho para hilar las historias y los pensamientos que nos van a ir acompañando a lo largo de todo el libro. Elaia nos va transmitiendo su incapacidad de escribir y de proseguir con la escritura, pero, al mismo tiempo, los lectores la acompañan hasta el final de su proceso creativo.

Edita Cabaret Voltaire
Fruto de su avance en la novela y de su investigación para abordarla, la protagonista nos va a narrar la vida de su abuela Luciana como pescadera del pueblo, su marcha a Madrid para servir casas, su sumisión completa ante su padre, un hombre autoritario y maltratador, su madre enloquecida, sus estancias estivales en Málaga, donde tuvo un romance que recordaría siempre, su propia boda con Antonio o el suicidio de su hermano Jesús. Asimismo, nos regala otras historias de la época, rescatándolas y añadiendo más narrativas para dibujar su contexto y reavivar la memoria, pasando por la emigración a Francia del primo de su abuelo Antonio con su mujer, y cómo abordaron su vuelta años después, con dos hijas: allí eran españoles denostados, y aquí no pueden sentir compasión por ellos siendo migrantes, porque se fueron del pueblo en tren y a duras penas y vuelven a él tras el volante de un Peugeot de su propiedad.
A su vez, la autora muestra con destreza esa sensación de añoranza fuerte del paisaje, de la vida cultural de origen: «Niñas, ¿os suena de algo este sitio?, ¿veis qué bonito todo, cómo luce el sol? A esto se le llama sol y lo demás son tonterías, naderías, fruslerías, un candil agonizante», afirma Gabriel, primo de su abuelo Antonio, cuando vuelve de Francia al pueblo andaluz con su mujer y sus dos hijas. «Oui, papa, mais c’est très loin, recitaron al unísono, inquietas, sacudiendo las nalgas sobre el poliéster del asiento como si albergasen lombrices dentro, un baile insectil muy curioso, un gusanear el habitáculo que impide levantarse, porque, hondamente, los cuatro se hallaban sosegados por la misma trabazón de la carne, el miedo a que el pueblo adivinara que, debajo de un vehículo fascinante pero estrenado hacía ocho años, reverberaban los cuévanos de las dificultades […]».
La historia en mayúsculas forma sencillamente el telón de fondo, y la autora la irá habitando y narrando en voces de personajes muy concretos y reales. Al tiempo, Palomeque va combinando narración con pensamientos, y eso permite a los lectores entrar en la psicología y mente de los personajes, así como en la propia escena e historia, ya que el diálogo en indirecto libre fluye muy natural, como si estuviéramos allí mismo. Y es que Palomeque nos permite ver las imágenes de la historia haciendo uso de un estilo cinematográfico, como si estuviéramos proyectando la película en nuestra cabeza, y las divide en once capítulos bien separados y titulados.
Son las voces de lo humilde, de lo rural, de lo agrario.
A medida que Elaia va haciendo movimientos en el pueblo, irá recordando alguna historia del pasado de su familia, como cuando va al cementerio y, allí, oye hablar a sus muertos, o cuando visita a la bibliotecaria del pueblo o a un hombre especializado en la historia de la guerra y posguerra de la zona. También veremos cómo a Elaia no le queda más remedio que implicarse en las luchas del pueblo mientras intenta escribir su novela, ya que, al entrar en contacto con los lugareños, no puede evitar prestarles también ella su ayuda, devolverles lo que ellos le dan, y unirse a la protesta del pueblo para tener agua corriente. En suma, los lectores siguen su historia actual de escritura de la novela en el pueblo con los ecos del pasado, que conversan y se entremezclan con maestría.
Y es que lo que pretende la autora con Pueblo blanco azul es desenterrar a los que lucharon por un futuro mejor, por sus propias ideas y valores, a las víctimas y a los mártires. Palomeque hace uso, por así decirlo, de esa capacidad de resucitar a los muertos y volver a darles voz en sus páginas como solo nos permiten hacer la literatura y la ficción. Pero es también ese contar la historia española de las épocas de guerra y de posguerra desde una lente más intimista, más centrada en lo cotidiano, en escenas concretas.
En definitiva, es un bello libro escrito para que la memoria histórica siga viva y un documento alejado del lenguaje de los libros de texto, que resulta ameno y bien narrado. Son esas voces de lo humilde, de lo rural, de lo agrario, las voces prácticamente olvidadas que, en pocas ocasiones, por pertenecer al bando obrero, por carecer de medios o de tiempo, han podido destriparse con un lenguaje tan potente, una prosa tan llena de belleza como la de Azahara Palomeque. Ahora os toca a vosotros descubrirla.
Pueblo blanco azul, Azahara Palomeque, Cabaret Voltaire, 2026, 320 páginas, 21,95 euros.
LA AUTORA

IRENE DE LA TORRE (Madrid, 1988) es licenciada en Traducción e Interpretación, escritora y traductora literaria de inglés, francés, neerlandés y catalán al castellano. Es autora de la colección de relatos Crema solar (RIL, 2026) y ha publicado sus relatos y poemas en varias revistas de literatura, como Quimera, Casapaís, Ceniza, Invernadero o De Revisor (Países Bajos), así como en varias antologías, habiendo sido traducida al italiano, catalán y neerlandés. Ha publicado sus traducciones tanto en revistas literarias como en diferentes editoriales, como Navona, Editorial GG, Lengua de Trapo o Editorial Mapa, entre las que destaca la segunda traducción desde el neerlandés original de El diario de Anne Frank (Edaf, 2026), obra de la que también fue prologuista. Asimismo, redacta informes de lectura, tanto de originales como de literatura extranjera, para varias editoriales, y artículos para varios medios, y ha sido miembro del jurado de varios premios de traducción y de narrativa. Tiene un poemario terminado y en la actualidad escribe su primera novela. Es socia de ACE traductores.



