La paternidad frustrada ha encontrado recientemente una voz propia en la literatura. In vitro, de Álvaro Colomer, convierte una experiencia íntima en un ensayo narrativo de una ambición encomiable que brilla como ensayo pero también como pieza literaria.
© RECAREDO VEREDAS
Hay autores a los que se llega por una puerta lateral. En este caso fue un informe editorial porque a Álvaro Colomer (Barcelona, 1973) lo descubrí leyendo para Siruela el manuscrito de Mimodrama de una ciudad muerta. Aquella novela trataba sobre un embalsamador acosado por sus propios muertos. Reconocí de inmediato a un escritor raro y talentoso: posmoderno sin renunciar al realismo, juguetón y decadentista, con algo de Mendoza en el pulso narrativo, algo de Vila-Matas en la erudición socarrona, algo de Modiano en la niebla moral. Todo ello atemperado por una súbita crueldad. Los bosques de Upsala, con sus perspicaces reflexiones sobre los vaivenes de la pareja y el suicidio, lo confirmó. Después vino el paréntesis del cronista de guerra —Nayaf, Irak, el testimonio del que ha mirado de cerca la carnicería—. In vitro (EnDebate) recoge las dos corrientes y las funde. Es una obra coherente con lo periodístico y también con su obsesión con las sutiles fronteras de la vida y los vínculos.

Publica EnDebate
In vitro parte de un hecho biográfico: la experiencia de la fecundación asistida, contada por el hombre que acompaña a su mujer en tan difícil proceso. Colomer maneja tres registros a la vez y ninguno estorba al otro. El primero es la crónica periodística, seca, precisa, utilizada con el oficio de quien ha aprendido a narrar sin adornar. El segundo es un análisis político, de género e histórico que rastrea el viejo empeño de someter el cuerpo de la mujer, de la Biblia a Margaret Atwood. De ahí sale la tesis que subtitula el volumen —una historia cultural de la destrucción de las mujeres— y que la campaña editorial ha convertido en su reclamo. Es la lectura más visible y todo un acierto: se centra en cómo el cuerpo femenino se convierte, sin matices, en el medio para un propósito. Lo que importa es el objetivo, whatever it takes. Y en esa determinación absoluta hay una crueldad casi insoportable.
Sin embargo, lo mejor de In vitro es el tercer enfoque: lo puramente narrativo, y ahí aparece el gran novelista que es Colomer. Está en las reflexiones del protagonista ante lo que le ocurre, en sus momentos más íntimos, casi vergonzantes. La masturbación previa a la inseminación —ese trámite clínico despojado de todo mito, el varón reducido a proveedor de una muestra— tiene una incomodidad digna de Haneke: la cámara no aparta la mirada y nos obliga a ver lo que preferiríamos evitar. Colomer no busca el escándalo sino la verdad exacta del momento, aquello que puede provocar la identificación de otros hombres que han pasado por lo mismo.
Y aparece, por supuesto, en el final. En esa imagen última, tan triste, tan surrealista, tan próxima al body horror que uno piensa en Cronenberg, en la biología como territorio de espanto, en la carne vuelta enigma, pero también en las fronteras de la creación. Sin embargo, es una escena profundamente humana, porque debajo de la perturbación late la aceptación dolorosa de la ausencia. No hay consuelo, sino lucidez y duelo. Colomer ha confesado que In vitro quiso ser una novela —tenía en mente El nadador en el mar secreto, de Kotzwinkle— y que no logró convertir el material en ficción. Se nota, y es un elogio, porque bajo el ensayo respira el esqueleto de una narración, casi como un resto arqueológico. Hay un personaje, un arco, una caída. También hay una escena final que ninguna tesis necesitaría, pero la literatura sí.
Lo mejor de ‘In vitro’ es el tercer enfoque: lo puramente narrativo.
In vitro no llega solo. Dialoga, sin proponérselo, con La vida suspendida (Sr. Scott, 2025), de Eduardo Laporte, protagonizada por otro hombre que narra los matices de una paternidad que no llegó a cuajar. Laporte analiza una interrupción del embarazo y a veces habla directamente al no nacido, a quien llama Serafín. Colomer analiza un intento de embarazo situado entre lo desesperado y lo industrial y no termina de personalizar al hijo que no llegó, aunque lo intente en la escena final. Son dos hombres asomados desde el margen a una experiencia que nunca es del todo suya —el cuerpo, lo rotundamente físico, el dolor más obvio y la decisión son de ellas— y que escriben precisamente desde esa incomodidad. La no paternidad, ese territorio que la literatura masculina apenas ha pisado, encuentra en estos dos títulos su cartografía reciente. Colomer aporta el alcance histórico; Laporte, la herida. Sin duda se complementan.
¿Puede un texto de menos de cien páginas sostener tres pesos tan distintos? En Colomer sí. La crónica le da precisión; el ensayo, alcance; la narración, verdad. El riesgo era evidente —que el discurso ahogara la experiencia, que la tesis devorara al personaje—. No ocurre por algo que pocas veces se menciona: la técnica y el trabajo.
In vitro, Álvaro Colomer, serie EnDebate (Grupo Penguin), mayo de 2026, 96 páginas, 12, 26 euros.
EL AUTOR

RECAREDO VEREDAS (Madrid, 1970) ha estudiado Derecho, Edición y Creación Literaria. Ha publicado diez libros. Incluye los poemarios Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y Esa franja de luz (Bartleby, 2019), el ensayo No es para tanto (Sílex, 2016), la recopilación de testimonios Todo es verdad (Sílex, 2020), las novelas Deudas vencidas (Salto de Página, 2014) y Amores torcidos (Tres Hermanas, 2021), las colecciones de relatos Actos imperdonables (Bartleby, 2013) y Pendiente (Dilema-Escuela de Letras 2004) y el manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema-Escuela de Letras, 2006). Ha trabajado para diversas editoriales, entre las que destaca Alfaguara. Ha sido profesor en la Escuela de Letras y en Fuentetaja. Ha reseñado, entre otros medios, en Quimera, ABC, Política Exterior, Letras Libres y Revista de Letras. Su última publicación tras Vida después del sueño (Sílex, 2021), co-escrita con el editor Ramiro Domínguez Hernanz, es Soberbia (De Conatus, 2024).



