El pasado 23 de marzo, Enrique Murillo, Blanca Navarro y Ana Rodríguez Fischer se reunieron para arrojar luz sobre la situación actual de la edición y, de paso, revelar algunos secretos del mundo editorial que permanecen en silencio. La charla tuvo lugar en la Fundación Ortega-Marañón, moderada por Guillermo Busútil, en un acto organizado por ACE con el patrocinio de CEDRO.
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Si hubiera un ciclo de debates titulado Editar y sus circunstancias, seguro que tendría éxito. Señales de este interés las vemos en la sala llena en la cita mensual de Escribir y sus circunstancias, y en las buenas ventas que está registrando un libro tan de nicho como Personaje secundario (Trama) del veterano y bien bregado editor (y escritor) Enrique Murillo.
Porque las claves del éxito literario, como decimos en el titular, no suelen ser literarias, algo que dejó dicho el propio Murillo, que en su día publicó libros en la Anagrama en la que hizo un poco de todo, y finales de 2025 publicó ese Personaje secundario en el que nos enseña «la oscura trastienda de la edición». Y quizá en ese adjetivo, «oscura», encontremos una de las razones de la buena marcha de este libro, en cuanto que revela ciertas malas praxis, comentadas durante el debate, que fueron habituales en el sector editorial hasta hace bien poco. (Concretamente, hasta la ley de Propiedad Intelectual de 1987, que trajo mayor control, pero no la extinción total de ciertas prácticas abusivas con los autores).

Enrique Murillo defiende la dignidad editorial
Pero antes de comentar esos aspectos más sombríos del oficio, destacar lo que señaló Murillo sobre la ausencia de recetas mágicas en el mundo de la edición, ni siquiera con el concurso de cuantas IAs queramos añadir a la ecuación. «No hay recetas para el éxito de los libros. Gracias a eso, el algoritmo no nos derrotará. Somos imprescindibles los editores, toda la vida, incluso en tiempos de IA. Como no hay receta, lo único que hay es olfato», señaló el editor, cuyo olfato le llevó a proponer para Anagrama, en los ochenta, la publicación de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, uno de los long-sellers más reditivos de la historia de la edición reciente, y que mantuvo las cuentas de Anagrama saneadas durante muchos años.
En este caso, sí que la calidad literaria de esa novela hilarante tuvo mucho que ver. Pero esto no siempre funciona, como insistió Murillo, que puso el ejemplo del El paciente inglés, en su versión novela primigenia escrita por Michael Ondaatje y publicada en los noventa. «Cuando la publiqué en tapa dura en Plaza & Janés vendió unos 1.000 ejemplares. Mi jefe me decía: «¿Otro libro de mierda de los tuyos?». Pero cuando se hizo la película se vendieron 100.000 ejemplares, eso sí, con una cubierta horrible, etc.», recuerda, con un punto de ironía marca de la casa, Murillo.
Encontrar a los lectores
Hablamos, por tanto, de ventanas de exposición que pueden hacer despegar al libro a mucha más velocidad que el clásico boca a boca. Las editoriales son conscientes y por eso organizan campañas de promoción. Aunque no haya recetas mágicas, y sea difícil prever, o ‘fabricar’ éxitos recientes como los de Comerás flores (Lucía Solla Sobral, en Libros del Asteroide) o Han cantado bingo (Lana Corujo, Reservoir), está claro que la comunicación ayuda.
Así lo subrayó Blanca Navarro, directora de comunicación de Galaxia Gutenberg, haciendo hincapié en cómo el auge de las redes sociales ha cambiado también la forma de comunicar. «Hoy tenemos más herramientas que antes; el objetivo nuestro es encontrar a los lectores que pueden ser los indicados para el libro que se ha publicado», comentó Navarro. Y es, que solo en Goodreads, la app para valorar y comentar libros, novelas como la citada Han cantado bingo reúnen más de 15.000 reseñas.
¿Qué influencia tienen ahora suplementos culturales como Babelia o El Cultural, que en su día eran capaces de consagrar a autores desconocidos con tan solo una entrevista? O aquellos críticos, como los Rafael Conte, Ricardo Senabre o Miguel García-Posada cuyos artículos sentaban cátedra. «No me reconozco en el Babelia actual», reconoció Ana Rodríguez Fischer, premio Café Gijón en 2023 con Antes de que llegue el olvido. Y eso, ironizó que lo dirige un alumno suyo como Jordi Amat y cuenta con otro «alumno aventajado» como Nadal Suau. «Pero lo que no me gusta es que en las reseñas hablen de ellos mismos; estoy hasta las narices de ese estilo cargado de ocurrencias e ingeniosidades», protestó.
Unos suplementos que van dejado paso a otros canales de difusión, como son, además de las redes sociales, los clubes de lectura. «Se extiende esa tela de araña y conseguimos una cosa especial: vienen avalados por bibliotecas o por librerías, que hay un acuerdo previo: han leído el libro y por tanto lo han comprado. Es un intercambio muy satisfactorio. Hay autores que prefieren ese formato al de la presentación al uso», explicó la jefa de prensa de Galaxia.
Murillo: «La doble contabilidad fue habitual hasta los años noventa».
Respecto a las entrevistas, Murillo reconoció que cuando llevaba la prensa en Anagrama, las entrevistas que publicaron de autores como Martin Amis, Julian Barnes, ayudó a darlos a conocer. «Obtuvieron una difusión muy notable», reconoció Murillo. Y hasta hoy, porque hay hasta treinta títulos de la colección de Panorama de narrativas, en Anagrama, que están «muy vivos», como el citado Dinero, de Martin Amis (ya fallecido).
Por último, Ana Rodríguez Fischer denostó lo que llamó «la crítica por adjetivos», aquella que parece prediseñada para convertirse en ulterior faja promocional. Esto se lo reprochaba a menudo Herralde, medio en broma: «No hay manera de sacarte unas palabras para una faja».

De izquierda a derecha: Blanca Navarro, Enrique Murillo, Ana Rodríguez Fischer y Guillermo Busútil
La doble contabilidad y otros fraudes
Un capítulo, ya adelantado, que define bien esas trastiendas oscuras tiene que ver con algo que el propio Murillo vio con sus propios ojos en 1992, cuando en teoría las leyes habían llegado para poner límite a ciertos abusos. Hablamos de la editorial Plaza & Janés, sello que dirigió el autor de Personaje secundario, y donde heredó unos muebles, unos estantes, cargados de pruebas del delito.
«En los armarios encontré la historia de la doble contabilidad de esa editorial hasta el año 92. Esta es la verdad. El director general, alemán, alucinó: no entendía nada. Esto pasaba con cada libro: Ken Follett, 30K a lápiz, 50 a boli. La verdadera y la que se liquidaba. Interesante. Según consulté con gente de la época, era muy habitual, si no sistemático, en los años 40 y 50», contó Enrique Murillo. El entonces director general, de origen alemán, se encontró con ese material y, según el relato, no daba crédito. No lograba comprender el mecanismo. El sistema, sin embargo, parecía claro: una cifra anotada a lápiz —pongamos 50.000 ejemplares— y otra a bolígrafo —30.000—. La primera, la «real»; la segunda, la que se liquidaba. «El ejemplo que se cita no es menor: libros de Ken Follett», insistió Murillo. Según sus consultas, esto era sistemático en los años cuarenta y cincuenta, y bastante habitual hasta los noventa.
Navarro: «Los gabinetes de prensa editorial tienen que encontrar los lectores».
En este punto, el escritor y presidente de ACE, Manuel Rico, mencionó el convenio entre CEGAL y la propia plataforma. A través de él, los autores pueden acceder —por una cantidad asequible— a datos de ventas desglosados por comunidades autónomas, basados en libros que efectivamente han pasado por caja en librerías independientes.
«Para muchos, ese acceso ha supuesto una forma de contraste: comprobar que, al menos en ese canal, los datos coinciden con los proporcionados por las editoriales (quedando fuera grandes superficies como Fnac o El Corte Inglés). En caso de discrepancias, además, existe la posibilidad de recurrir a asesoría jurídica», recordó Rico.
La siguiente sesión de Escribir y sus circunstancias, como adelantó el presidente de ACE, versará sobre el teatro y la cómo vivir de la dramaturgia. Será a finales de abril. No olvides que puedes ver íntegra la sesión que dio pie a esta crónica pinchando en este enlace.

La sala de la Fundación Ortega-Marañón se llenó




