Francisco Díaz de Castro retrata la edad en ‘Luna baja’

Francisco Díaz de Castro regresa a las librerías con con Luna baja (Calle del Aire, Renacimiento), un libro que se puede considerar de senectud en cuanto que analiza la erosión del tiempo desde una gran lucidez crítica.

© JESÚS CÁRDENAS

En uno de los versos recordados, Francisco Díaz de Castro (Valencia, 1947) escribía: «A punto de vejez, la vida verdadera. / De retorno, con sus incrustaciones, / sus luces relativas, su silencio mayor». Pertenecían a «Mar de noche», y reflejan algunas de las claves que articulan Luna baja, el último libro de poemas del poeta valenciano publicado por Renacimiento en la colección Calle del Aire. Hay en ellos una conciencia del tiempo, una aceptación meditativa de la edad y una mirada retrospectiva que convierten la experiencia en materia reflexiva. No extraña, por ello, que Antonio Jiménez Millán o José Antonio Ruiz Noguera hayan insistido en definir a Díaz de Castro como «poeta de la temporalidad». Pero esa temporalidad no participa del desgarro metafísico de Quevedo, sino de una ironía más moderna y escéptica, cercana a Jaime Gil de Biedma y a la tradición del realismo meditativo de los años ochenta.

Edita Renacimiento

Luna baja puede leerse, en efecto, como un libro de senectud, aunque conviene matizar el término: se trata de una escritura que observa el desgaste del tiempo desde la lucidez crítica y la inteligencia verbal. El volumen reúne más de cuarenta poemas donde alternan composiciones brevísimas, de apenas dos versos, con textos extensos que ocupan dos páginas. Del mismo modo, Díaz de Castro combina versos cortos con alejandrinos, demostrando dominio prosódico. Esa es una de las marcas de su poesía: la elegancia formal entendida como equilibrio entre pensamiento y ritmo.

Desde sus primeros libros, se observa una línea discursiva basada en la meditación y el distanciamiento irónico. En Luna baja esa poética alcanza una especial depuración. El yo poético revisa espacios del pasado sabiendo que el tiempo ha modificado la percepción. En «Ciudad» escribe: «He vuelto a la ciudad en que fui joven / hace ya muchos años». Bajo la aparente sencillez conversacional, se nos revela uno de los grandes motivos del libro: el desdoblamiento temporal. El sujeto que vuelve ya no coincide con aquel que habitó la ciudad décadas atrás. De ahí que el poema derive hacia una atmósfera fantasmal donde aparecen «sombras» y «fantasmas», términos que convierten la memoria en territorio espectral.

Ese procedimiento del desdoblamiento atraviesa buena parte del libro. El sujeto poético se contempla desde fuera, como si asistiera a la representación de su propia vida. Formalmente, Díaz de Castro consigue ese efecto mediante un tono confesional contenido y el uso de imágenes que erosionan la estabilidad presente. El poema «Luna baja», que da título al volumen, resulta especialmente significativo: «Imágenes borrosas vienen a la memoria / como en una secuencia fotográfica». El símil introduce una dimensión visual fundamental. La pasión del poeta por la fotografía se traslada a numerosos poemas donde la memoria funciona como una sucesión de instantáneas fragmentarias. La imagen «borrosa» revela además la imposibilidad de recuperar el pasado de manera íntegra.

En esa relación entre memoria y percepción aparece también una clara herencia barroca. El límite entre sueño y realidad se vuelve inestable, como ocurría en la tradición calderoniana. Sin embargo, Díaz de Castro actualiza ese motivo desde una sensibilidad contemporánea y urbana. En «La puerta» leemos: «Calles falsas, febriles, / interminables, sucias, laberínticas / en un espacio mínimo de sueño». La enumeración adjetival produce una sensación de desorientación. Las calles aparecen deformadas por la subjetividad, convertidas en un escenario expresionista. El poema contiene además un sutil componente irónico: esa ciudad degradada funciona como crítica de una realidad moderna donde lo auténtico parece haberse diluido.

Luna baja se revela como un libro atravesado por la conciencia del tiempo.

La ironía es una de las herramientas fundamentales de Díaz de Castro. A diferencia de una poesía confesional más enfática, aquí el yo se observa con distancia crítica. Esa mirada alcanza uno de sus momentos más logrados en «Espejo»: «Los rasgos de esa cara me resultan absurdos / porque sé que son míos y son al mismo tiempo / los de un desconocido». El espejo deja de ser un objeto de reconocimiento para convertirse en un mecanismo de extrañamiento. El sujeto no se identifica consigo mismo. El encabalgamiento suave y el tono discursivo intensifican esa sensación de vacilación identitaria.

Los recuerdos personales constituyen otro de los grandes núcleos temáticos del libro. Poemas como «Bar Mundo» o «Cine Palacio, 1964» reconstruyen espacios de juventud desde una nostalgia crítica. Evita convertir el pasado en refugio sentimental. Más bien lo contempla como un territorio ambiguo donde felicidad y pérdida conviven inevitablemente. En ese sentido, el libro mantiene una clara continuidad con la poesía de la experiencia, despojada, eso sí, de sus excesos coloquiales.

Imagen de Díaz de Castro, Francisco

Díaz de Castro, en una imagen de la editorial

La emoción alcanza una intensidad particular en los poemas dedicados a figuras cercanas. «Réquiem», homenaje a Almudena Grandes, constituye uno de los textos más conmovedores del volumen. Desde la descripción exterior hacia una interiorización progresiva del dolor: «Y el pensamiento vuela hacia otro tiempo, / otro tiempo de risas y tu voz y tus ojos». La repetición de «otro tiempo» subraya la distancia irreparable, precipitándose en imágenes emocionales: «este hueco sin aire que llega para siempre». El vacío se convierte en una presencia física asfixiante. Formalmente, el poema destaca por su discurrir lento y por el uso de un ritmo grave que acompaña el tono elegíaco.

Altamente significativa resulta «Ventanas» y la dedicatoria a Antonio Jiménez Millán en «Alice Prin». Allí Díaz de Castro utiliza una técnica enumerativa nominal que recuerda ciertos procedimientos vanguardistas. Los nombres y referencias culturales construyen un mosaico donde amistad, memoria y arte se entrelazan. Porque si algo define Luna baja es precisamente su diálogo constante con otras artes. La pintura, la fotografía, el cine o la música aparecen integrados de forma natural en el discurso poético. El jazz y el blues aportan una atmósfera melancólica y nocturna que encaja con el tono del libro. Así, estas referencias culturalistas funcionan como mecanismos de evocación temporal.

Luna baja se revela como un libro atravesado por la conciencia del tiempo. Díaz de Castro escribe desde la experiencia y desde la lucidez, pero también desde una elegancia moral que convierte su poesía en una de las voces más sólidas de su generación.

 

Luna baja, Francisco Díaz de Castro, Renacimiento (Calle del Aire), Sevilla, octubre de 2025, 68 pp., 15,11 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.