‘El que mira’: el talento sin lentes de Rafael Camarasa

Rafael Camarasa (Valencia, 1963) se hizo a finales de 2021 con el premio Ciudad de Burgos por su El que mira, que editó Visor a principio del año siguiente. Un galardón merecido, como se argumenta en la reseña, de un autor que cultiva todos los géneros pero sin olvidar la condición de poeta, de ‘mirón’ curioso que está por encima del dogma y hace buena la máxima de Aristóteles de que en lo concreto está lo universal.
© ANTONIO PRAENA

¿Es la poesía un asunto de distancias y de proximidades? ¿Quizá el intento de alcanzar con las gafas de la escritura lo que a la capacidad visual de determinados raros individuos nos niega la naturaleza? Rafael Camarasa lleva gafas, yo mismo llevo gafas —no así Rafael Soler: por algo siempre ha sido uno de los poetas más guapos de este país; su talento no necesita lentes; las musas lo han privilegiado en todos los aspectos—.

«Sus muchos defectos visuales han impedido que desarrolle la visión tridimensional», dijo una vez el oculista a mi madre. Veo las cosas físicamente en plano. Parece que algunas extrañas personas traten de compensar la carencia de panorámica tridimensional mediante esa otra forma de habitar el mundo; llamémosla poesía.

El poeta no tiene puntos de fuga dogmáticos porque acepta todos los puntos de fuga.

No sé si para algunos la literatura es la compensación de las dioptrías descarriadas, desenfocadas; algo que hace que la visión rara de algunos individuos se intente equilibrar escribiendo. Lo que, en todo caso, es cierto, es que Rafael Camarasa ha sido más listo, ha mirado más lejos y, mientras los demás tratábamos de movernos tropezando con las cosas y con las letras torpemente colocadas, él ha construido un faro cuya potencia para iluminar la realidad está en este libro, El que mira.

Salta a la vista al leer el asombroso poemario que estamos ante uno de esos autores totales, alguien que ha cultivado el relato, la crítica, la autoficción. Un escritor que está empapado de eso que llamamos cultura de nuestro tiempo. La cual, por ser verdaderamente cultura y por ser verdaderamente de nuestro tiempo, está llamada a permanecer en cualquier cultura y en cualquier tiempo. Rafa Camarasa es alguien que conoce los recovecos de la personalidad humana y se atreve a plasmarla con un hiperrealismo tal que, a veces, se hace surrealismo, abarcando por ello tanto lo creíble como lo increíble del realismo.

Rafael Camarasa ha construido un faro de enorme potencia para iluminar la realidad.

Precisamente por ser Rafa un animal literario, hiperhumano por hiperliterario, nos deja claro desde el principio de este libro que el poeta que mira en él es consciente de que lo hace con unas gafas que sirven de poco, pues han sido puestas demasiado tarde y las cosas siguen apareciendo como lo hacían en la infancia: manchas de pintura, nebulosos perfiles.

Escribir y llevar gafas son actos que se parecen —con estos versos se abre este libro—. Aunque las gafas de la literatura lleguen tarde y por eso, aun con ellas puestas, el ahora sigue sucediendo borroso ante los ojos del poeta. Por eso ve y por eso podemos mirar a través de sus mismas gafas. Ellas no pretenden hacernos pasar por claro lo que para todos es nebuloso. La miopía literaria es más certera y más real que cualquier pretensión de absoluta y unívoca conceptualización del mundo cuando de aprender a vivir se trata.

La del poeta que aquí escribe es, en todo caso, una mirada más humilde y por eso más humana, más universal, más necesaria. Ya nos advertía Aristóteles que lo concreto es lo universal. A lo que me permito añadir que en la humildad está el alcance de la literatura.

Al leer el asombroso poemario asumimos que estamos ante uno de esos autores totales.

Mirar y vivir son actos superpuestos; quizás el mismo acto. Desde esta intuición, tan sencilla como sorprendente, Rafael Camarasa ha articulado este poemario en tres partes cada una de ellas titulada según alguna afección de la mirada. La primera, «Miopía», consta de un solo poema. Porque si la miopía es el defecto que produce una visión borrosa de los objetos lejanos, para qué dar más vueltas, para qué añadir más lentes a estas de la misma escritura: un poema metaliterario se convierte en una poética que conlleva una ética, porque no solo escribir y llevar gafas son actos parecidos; también vivir y todas aquellas cosas que, por grandes, solo podemos intentar mirar de lejos.

No ocurre así con la segunda parte, que, titulada «Hipermetropía», ocupa, con 34 poemas, la práctica totalidad del libro. Bajo el nombre de esta anomalía del ojo que consiste en la imposibilidad de ver con claridad los objetos próximos, nos hablan estos poemas precisamente de eso, de lo que está más cerca: de uno mismo identificado con los suyos, del amor que fue y que no ha vuelto a ser el mismo, de la ropa que nos viste y nos engaña porque seguimos siendo feos, de las ciudades que se habitan aunque sean sólo hermosas las de paso, de los vecinos que cuidan a sus perros y los perros para quienes su cuidador es el ser más bueno del mundo aun cuando sea un sanguinario asesino, de los exhibicionistas poetas que rodean al poeta y que son el poeta, de  la madre anciana que lava platos y el hijo que la observa y se pregunta cuánto le quedará de vida. De las huellas de perro en el asfalto, que llevan allí veinte años y son lo único que no ha cambiado. De los sótanos que nos cubren y a los que la reclusión de la pandemia solo ha añadido una capa más de cemento.

En la humildad está el alcance de la literatura.

Sobre todo, este libro, El que mira, habla del tiempo; del paso del tiempo sobre todas estas personas que se han cruzado en nuestro camino y que son uno mismo, porque hasta el viajero más liviano que pasa a nuestro lado sin aparentemente fecundarnos nos ha dejado algo: quizá el hecho de vernos él, por encima del mirarlo nosotros. Habla del hijoputa malvado y cainita que cada uno lleva dentro y que solo es cuestión de tiempo que aparezca. Solo es cuestión de tiempo y ya este nos mata en vida antes de que la muerte haga su labor.

En esta segunda parte, que es todo el libro, habla Rafa del cansancio, porque el peso del ser es el de su cansancio/ y el cansancio, un vestido de novia empapado. Somos novias que cayeron al mar, y es quizá ese cansancio del que ha arrastrado durante mucho tiempo tules y gasas que ahora, mojadas, pesan demasiado y nos hunden lo que da una coherencia poética brutal a este poemario. En El que mira Rafael Camarasa se desprende de artificios, encajes, pedrerías y todo aquello que pesa demasiado y supone un lastre a esta cierta altura de este cierto hundirse que parece ser la vida.

Con palabras de diario, con un prosaísmo patronado con exactitud a través de un ritmo que no quiere hacerse notar, pero es insobornablemente preciso, lo que distingue a este poemario y sedujo al jurado que lo premió es esa coherencia de su sencillez expresiva. Una sencillez en nada ermitaña o franciscana, sino urbana y antilírica. Es un libro que huye concienzuda y exigentemente de lo peor que le puede pasar a la poesía: el exceso de poesía o de lirismo.

Este libro es todo belleza, pero felizmente despojada de esteticismo y narcisismo.

La verdad es un asunto de desnudez expresiva. También la vital y la poética. Los humildes no gritan, ni los verdaderos poetas hablan con la impostura de palabras engoladas, ni adornan versículos ni ponen filtros violeta sobre la imagen del mundo.

Y así llegamos a la tercera y última parte del libro, que vuelve a ser más que breve. Titulada «Presbicia», un solo poema da cuenta de en qué consiste el cansancio de la vista cansada: consiste en la falta de alegría. Con lo que el autor deja constancia de que cuanto valió la pena fue, en efecto, la alegría que hubo en algún momento que ya ha quedado atrás.

Pero el lector que cierra el libro sabe que no es así. Sabe que todo este cansancio y la sobrevenida falta de alegría se han convertido en otra cosa, acaso más verdadera, estable y llamada a permanecer; algo en lo que el poeta ha transformado el cansancio y el exceso de vida que mata en algo que ya no es suyo sino para nosotros: la belleza.

Camarasa practica una sencillez en nada ermitaña o franciscana, sino urbana y antilírica.

Aunque aparezca bien dosificada la palabra belleza en estos versos, este libro es todo él belleza. Ahora, eso sí, felizmente despojada de esteticismo y narcisismo. Porque, por más distanciamiento e inteligente ironía que Rafael Camarasa despliegue, como él mismo ha señalado, el arte no se puede concebir sin la belleza. Otra cosa sería debatir lo que es bello para cada uno… Si en la obra artística hay una belleza intrínseca o si la belleza reside en el acto de realizarla, en la intención. En toda obra hay una vocación de emocionar o de perturbar. Y eso es bello.

A la hora de presentar este libro, recordé una antigua distinción entre el que mira y el que ve. Tiene que ver con esa conclusión a la que llega Heidegger, para quien solo los poetas ven el fondo de las cosas mientras que la filosofía lo convierte todo en objetos reducidos a su manera de enfocar. En este sentido, el que ve al mirar es realmente el poeta, mientras que el filósofo mira, pero no ve sino los perfiles que él mismo pone a las cosas.

Filosofía y poesía no se llevan muy bien. Yo, que me dedico a la enseñanza de la Teología, con todo lo que de filosófico tiene, doy fe de que son dos sujetos muy distintos el filósofo y el poeta. Se tienen envidia. Platón se dedicó a filosofar porque no tenía talento poético y claro, luego vino a excluir a los poetas de la República. Yo creo que estaba resentido. Porque tanto mirar, tanto mirar todo el día todas las cosas el filósofo, y que luego venga el poeta, mire y vea.

El poeta que mira ve cuando no tiene puntos de fuga dogmáticos porque acepta todos los puntos de fuga. Mira desde ningún sitio y desde todos y así ve el arriba, el abajo y, lo que es más importante, al afuera absoluto y el adentro impenetrable.

 

El que mira. Rafael Camarasa. Visor, Madrid, 2021.


EL AUTOR

 

ANTONIO PRAENA SEGURA (Purullena, Granada, 1973) es un sacerdote, fraile dominico, teólogo y poeta español.

Estudió el bachillerato en Guadix. Profesó como dominico en 1994 y fue ordenado sacerdote en 2001. Se licenció en Teología Dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca y se doctoró en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia en 2015, en la que es profesor. También imparte clase en la Domuni Universitas y en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de Valencia (España).

Ha publicado sobre Teología y sobre la relación entre la espiritualidad y la creación artística contemporánea.