¿Se puede vivir de la literatura infantil y juvenil? En la sexta sesión del ciclo de coloquios Escribir y sus circunstancias III, titulada «Vivir de la LIJ», Luisa Villar, Rafael Salmerón y Berta Márquez, moderados por Pilar Lozano, reflexionaron sobre las dificultades de un sector fundamental para formar a los lectores del futuro.
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«No quiero trazar un panorama demasiado negro…», reconoció Rafael Salmerón, autor de literatura infantil y juvenil y también ilustrador. «Pero quizá es el que es», reconoció Pilar Lozano, moderadora del evento. Esa fue una de las sensaciones, más realistas que optimistas, que dejó esta charla en torno a la LIJ, por sus siglas, como se conoce en el gremio a la literatura infantil y juvenil que, como se recordó en este evento de junio, no es un género (hay novelas, teatro, poesía para niños y jóvenes), sino una parte, muy significativa, del sector editorial.
En la mesa de debate, dos autores con muchas horas de vuelo a sus espaldas, el citado Salmerón y Luisa Villar, especializada en género detectivesco y autora de más de 70 títulos, y una editora, Berta Márquez, de SM, uno de los sellos «medianos» con más compromiso en este tipo de literatura.
Y antes de entrar a señalar las luces y sombras de un sector «complejo», revisemos unas cifras que proporcionó la propia Pilar Lozano, premio Edebé de Literatura por ¡No es tan fácil ser niño!, entre otros méritos. Así, según datos de la Federación de Gremios de Editores, la LIJ representa el 12 % de los títulos publicados y factura el 20 % del mercado editorial, en un sector que registra un crecimiento del 17 %.
Es decir, los números acompañan, al menos desde su frialdad, aunque también, como apuntó Márquez, que es también coordinadora de la comisión Infantil y de Literatura de la Asociación de Editores, se intuye un retroceso en ventas, algo que está sucediendo en toda Europa. «España suele llevar retraso en este tipo de dinámicas, pero lo más probable es que también se sume a esa tendencia», apuntó la editora.

De izq. a dcha: Rafael Salmerón, Berta Márquez, Pilar Lozano y Luisa Villar
Retrocesos
Pero si las cifras son, en general, positivas, ¿por qué ese tono un tanto más bien desanimado de los ponentes? Las razones son varias. Luisa Villar expuso algunas causas de su particular malestar en la cultura, en un momento muy diferente al que vivieron, dijo, cuando empezaron a escribir y publicar, allá por los ochenta. Entonces, expone Villar, se vivió un verdadero auge, palabra que empleó en su momento Montse del Amo en un curso que dirigió al respecto. Si bien tampoco era fácil vivir de ese tipo de literatura, «tuvimos la suerte de encontrarnos en una coyuntura histórica favorable. La literatura infantil y juvenil, que había estado relegada, empezó a estar presente en todas partes: librerías especializadas, escritores, colecciones…».
Por otra parte, continuó Villar, las instituciones se implicaban con mayor compromiso, con ayuntamientos, diputaciones y la Dirección General del Libro y el Ministerio de Cultura participando activamente en el fomento de la lectura. Además, existía un sector de profesores comprometidos con la renovación pedagógica y con la mejora de la enseñanza. «Para ellos, la lectura era un elemento básico. Muchos centros escolares incorporaban la lectura a sus proyectos», señaló Villar, algo que hoy por desgracia no es así. «Hemos retrocedido también en el compromiso de los padres con la lectura de sus hijos. Hay profesores muy bien formados, pero no necesariamente en lo relacionado con la lectura infantil», lamentó Villar.
El fin de la clase media
Rafael Salmerón, Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil 2022 por La rama seca del cerezo, entre otros importantes reconocimientos, quiso dejar claro que no cambiaría por nada su condición de autor e ilustrador de LIJ, ni sus treinta años en el sector. Pero sí quiso dejar claro que las condiciones para vivir de la literatura infantil y juvenil han empeorado.
«Hoy se necesita publicar el doble para alcanzar el mismo nivel de liquidaciones», señala, en referencia a la situación que se vivía a finales de los noventa. A su juicio, ha desaparecido la clase media del sector y se ha impuesto una dinámica en la que los superventas concentran casi todo el mercado, mientras los demás reciben las migajas. Un poco como ocurre en muchos otros ámbitos del mercado, de la sociedad, los peces grandes se comen a los pequeños, pero también, cada vez más, a los medianos.
Una concentración editorial —los dos grandes grupos, Planeta y Penguin Random House, detentan el 70 % de los títulos publicados— que también afecta a la LIJ y que, como comentó Salmerón, se ve agravada por los problemas de visibilidad: «Incluso los libros premiados pueden quedar ocultos en las estanterías y pasar inadvertidos para los lectores». ¿Soluciones? La prescripción en los centros escolares se antoja una vía fundamental para impulsar las ventas.

Márquez (dcha.), editora en SM, recalcó la importancia de formar a los padres para orientar a sus hijos como lectores
Los padres que no leen
Pero ¿cómo inocular el hábito de la lectura en los niños si los padres no leen? Porque, si bien es cierto que las cifras de ventas aumentan, cabe preguntarse si luego eso se traduce en lecturas. Porque ahí están el Informe PISA y sus desalentadores resultados en comprensión lectora.
Berta Márquez, editora en SM, contó cómo en empresas como la suya se invierte en marketing para dar visibilidad a sus libros, pero también organizando actividades con profesores y con libreros. «Quizá habría que formar más a las familias para que puedan orientar a los niños en la elección de sus lecturas», sugirió Márquez. Porque cada niño o niña puede tener unos intereses y acabar rechazando la lectura tratando de meter con calzador un tipo de contenidos que no están hechos para él.
Salmerón: «Para facturar hoy lo de hace años, hay que publicar el doble».
Luisa Villar señaló que esto, por desgracia, es algo que se ve con nitidez en la Feria del Libro de Madrid. «En general, los padres no tienen ni idea de qué tienen que leer sus hijos. Muchas veces, no tienen el menor interés, porque el volumen de padres que no leen es altísimo», dijo, sabiendo bien de qué habla. De hecho, ha dado, a lo largo de su carrera, muchas charlas a padres a este respecto, pero considera que no son, ni de lejos, las que se necesitarían. Por su parte, Rafael Salmerón relató con desazón cómo ha dado también charlas a estudiantes de Magisterio, es decir, los responsables de transmitir el amor por la lectura a sus futuros alumnos; pues bien, ellos son los primeros que ponen cara de extrañados, contó, cuando se les pregunta por los libros que leen. Nativos digitales la mayoría de ellos, han relegado la lectura a una actividad poco menos que exótica.
Por su parte, Pilar Lozano asintió. Hay padres que no leen, claro está, pero, matizó, quieren que sus hijos lean, «pero no saben qué elegir». Así, ante esa «atomización» cada vez mayor que se da en el sector infantil y juvenil, como se señaló en el coloquio, muchos padres, o los propios adolescentes cuando ya están en posición de elegir, van «a lo más inmediato».
Y si bien el poder de las pantallas es innegable, Salmerón contó una anécdota personal que puede dar pie al optimismo. Se refería a un libro que encontró su madre, en una estantería de intercambio de libros de las repartidas en Madrid, y se lo dejó ojear a su hija de 16 meses. La edición era horrible —dijo Salmerón—; pura IA, sin autoría y con la palabra Amazon cada dos por tres. Sin embargo, la pequeña quedó fascinada por el colorido de los dragones que aparecían en las páginas, como si la magia del texto impreso no fuera tan difícil de doblegar como, por otra parte y pese a tantos obstáculos, el tiempo parece ir demostrando.




