Ni «tontas» ni «locas»: un homenaje al Lyceum Club Femenino en su centenario

En noviembre se cumplen cien años de la creación de un espacio pionero en España para la emancipación de la mujer: el Lyceum Club Femenino. En el Día de las Escritoras, Marta Sanz, Sara Barquinero y Ángeles Caso reivindicaron el valor de una asociación capaz de crear espacios de conversación y fuerza colectiva.
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Aunque murió el 4 de octubre (de 1582), la figura de santa Teresa de Ávila se recuerda cada 15 de octubre, Día de las Escritoras, como recordó en los prolegómenos del evento la poeta Ana Rossetti, impulsora, desde ACE, del acto. La efeméride sirvió para celebrar otra, los cien años de la inauguración del Lyceum Club Femenino (se inauguró el 4 de noviembre de 1926), un espacio único que permitió, durante sus escasos años de vida, que las mujeres pudieran escapar del rol asignado. Fundado, entre otras, por la escritora y pedagoga María de Maeztu, llegó a contar con entre quinientas y setecientas mujeres miembros, muchas de las cuales escribieron algunas de las páginas más memorables de la literatura en español.

«Querían igualdad en el acceso al conocimiento, incorporar un saber relegado a hombres que crean un canon heteropatriarcal (que hace daño). Y querían hacerlo desde una mirada liberadora», apuntó la escritora Marta Sanz, otra de las ponentes reunidas en el espacio O_Lumen, junto con las también escritoras Sara Barquinero, Nuria Varela y Ángeles Caso, que ejerció de moderadora.

La propia Caso puso en contexto aquel espacio surgido siguiendo el modelo de Londres, un lugar «para mujeres con intereses intelectuales en el que se debatían todo tipo de temas». Surge en los años veinte, en los años álgidos de la considerada Edad de Plata de la literatura española, que va desde 1898 a 1936, y que vio florecer a las generaciones del 14 y del 27. La victoria de Franco acabaría con todo ello, como acabó también con el ecosistema educativo formado en torno a la Residencia de Estudiantes y la Junta de Ampliación de Estudios, reconvertido después en un foco de propaganda del bando ganador. En el caso del Lyceum, la Sección Femenina fundada por Pilar Primo de Rivera, de Falange, ocuparía la sede del Lyceum, y traería de nuevo la idea de la mujer como figura subordinada al varón sin más horizontes que los domésticos y familiares.

De izquierda a derecha: Marta Sanz, Sara Barquinero, Ángeles Caso y Nuria Varela, en el espacio O_Lumen.

Aunque Virginia Woolf aún no había pronunciado su famosa conferencia sobre la conquista de la habitación propia, corrían tibios vientos de apertura hacia la mujer, al menos hacia aquellas que, por formar parte de una élite social y cultural, podían permitírselo. En el caso del Lyceum Club, se trataba de un espacio con vocación pública, no tanto para buscar la introspección creativa como para fomentar el diálogo más allá del ámbito doméstico, para encontrar compañía intelectual y avanzar en ese lento camino de la emancipación de la mujer que habían puesto en marcha décadas antes figuras como Concepción Arenal.

Como curiosidad, Ángeles Caso mencionó el precedente del Lyceum Club, una institución que sigue vigente a día de hoy, y que hunde sus raíces en tiempos de Jovellanos, es decir, a finales del siglo XVIII. Ante la negativa de los miembros de la Real Sociedad Económica Matritense de Amigos del País a admitir mujeres, surgió esta asociación que fue más allá de las obras de caridad para introducir algunos avances en materia educativa.

Marta Sanz: «El espacio público hoy sigue siendo enormemente hostil».

Pero volvamos al Lyceum Club, y a algunas de sus integrantes más representativas, citadas por Ángeles Caso, entre las que se encontraba, claro está, su impulsora y presidenta María de Maeztu. De talante conservador, fue gran pedagoga y defensora del acceso de las mujeres a la educación. También formó parte Zenobia Camprubí, que además de lidiar con las neurosis de su marido, Juan Ramón Jiménez, escribió obras de gran valor, entre las que se encuentran sus diarios, e hizo una gran labor como traductora: gracias a ella se pudieron leer en España los versos del Nobel indio Rabindranath Tagore. Y Carmen Baroja, hermana de Pío y madre de Julio Caro Baroja, fue una mujer avanzada a su tiempo, de gran personalidad, que en Recuerdos de una mujer de la generación del 98, valioso texto autobiográfico en el que lanza, como recordó Ángeles Caso, pertinentes dardos a los prebostes más intocables de su tiempo.

El espacio O_Lumen acogió el acto

También estaban inscritas Clara Campoamor, Victoria Kent, Ernestina de Champourcin, Elena Fortún o María Teresa León, quien formara un carismático tándem con Rafael Alberti, y que brilló con luz propia con novelas sobre la Guerra Civil y una autobiografía muy vanguardista y rompedora como es Memoria de la melancolía. Y Concha Méndez, Rosa Spottorno, Isabel Oyarzábal Smith o Carmen Gallardo, una de sus fundadoras que responde muy bien al perfil de la institución: pionera en acceder a estudios universitarios en España, traductora de libros exigentes como los de Stendhal y de talante social y solidario: ayudó al colectivo de ciegos. Como tantas, acabaría en el exilio a partir de 1939.

Quizá empoderadas, término que seguramente no existía entonces pero que ya se sentía, por la fuerza del Lyceum, como recordó la escritora y divulgadora del feminismo Nuria Varela, que subrayó el hecho de que se dieran «autoridad las unas a las otras», que se reconocieran ellas mismas como maestras, como referentes.

Justo en la dirección contraria que buena parte del establishment masculino quería para ellas. Lo retrata muy bien la reacción que tuvo Jacinto Benavente, que ya era Nobel de Literatura cuando, como señala Marta Sanz, le propusieron dar una charla en el Lyceum Club Femenino y él se negó con este pretexto: «Yo no hablo ni a tontas ni a locas». Porque esa doble etiqueta era demasiado habitual que se colocara a aquellas mujeres que se rebelaban contra los estrechos espacios que la sociedad les asignaba.

Por eso hay que recordar la valentía, añadió Nuria Varela, que tuvieron aquellas mujeres por el mero hecho de juntarse. Y citó El Club de las 25, del que Varela es impulsora, y que ya ha superado las cien mujeres inscritas, labor necesaria pues, como apuntó Marta Sanz, escritora que atesora premios como el Herralde de novela, «el espacio público hoy sigue siendo enormemente hostil, lleno de prejuicios contra las mujeres y su inteligencia».

Nuria Varela: «Se dieron autoridad las unas a las otras».

Por su parte, Sara Barquinero, que ha triunfado como escritora con novelas como Los Escorpiones y su reciente La chica más lista que conozco, contó su propia experiencia como miembro de una asociación universitaria que tenía conexiones con el espíritu del Lyceum. Se llama Mujeres Olvidadas y también tenía similitudes con Clásicas y Modernas, el grupo que impulsó Laura Freixas. En el suyo estudiaban, a partir de textos fundacionales como El segundo sexo, de Simone de Beauvoir, por qué había mujeres sin conciencia de clase y la necesidad de crear comunidad, redes de conversación entre mujeres. Y alabó el trabajo que desde hace años lleva realizando Luna Miguel, por descubrir nuevas voces y concitar nuevas conversaciones. Pero antes, hubo unas mujeres que se atrevieron a romper el silencio.