En Años luz (Anagrama), Jacobo García retrata un periodismo que se juega la vida por contar la verdad y se rebela ante la mascarada de políticos de medio pelo y narcotraficantes empoderados y medios de comunicación vendidos que impera en México y Centroamérica.
© VICENTE MANJÓN GUINEA
Hay una vieja máxima del periodismo, asociada falsamente a Ryszard Kapuściński, que podría resumirse en tres palabras: ir, ver y contar. Parece algo sencillo, pero Años luz, de Jacobo García (Monforte de Lemos, 1976), demuestra hasta qué punto cumplir con esos tres verbos puede convertirse en una tarea peligrosa y, en determinados lugares, incluso mortal.
México, Venezuela, Colombia, Haití o toda Centroamérica aparecen como escenarios de una realidad en la que violencia, corrupción, pobreza, narcotráfico y abuso de poder conviven con la capacidad de resistencia de quienes los padecen.
Uno de los aspectos más impactantes de Años luz es la descripción del poder adquirido por el narcotráfico en México. La violencia ya no busca únicamente eliminar al enemigo: necesita exhibirse. Los cadáveres colgados de puentes o la exposición pública de cuerpos destruidos se convierten en mensajes destinados a toda la sociedad. Al mismo tiempo, los negocios criminales se diversifican y la infiltración en la política alcanza dimensiones cada vez mayores. García describe cómo los periodistas han pasado de detectar candidatos controlados por el narcotráfico a advertir que este puede llegar a dominar listas políticas enteras.

Premio Anagrama de crónica
Ante esa realidad aparece una de las figuras centrales del libro: el periodista valiente e irreductible. Reporteros que acuden a los funerales de compañeros asesinados y después regresan a redacciones que han sido tiroteadas; profesionales a los que las compañías de seguros se niegan a renovar sus pólizas de vida debido al peligro de su trabajo. Y, pese a todo, continúan investigando y publicando. García encuentra en ellos una forma especialmente pura de amor por la profesión. No son héroes abstractos, sino personas que conocen perfectamente las consecuencias que puede conllevar una información y que aun así consideran que su obligación es contarla.
Un ejemplo especialmente significativo es el de Francesco Manetto, corresponsal de El País en Caracas. Según relata el autor, Manetto sufrió una severa paliza que le provocó un desprendimiento de retina y graves consecuencias para la visión de un ojo. Para García, sus crónicas desde Venezuela permitían conocer unos hechos que difícilmente podían comprenderse de igual manera desde la distancia. Su caso representa, de manera especialmente dura, el periodismo que reivindica Años luz: estar presente, contrastar y contar incluso cuando hacerlo supone asumir consecuencias personales.
Frente a ese modelo, el autor nacido en Monforte de Lemos introduce un ejemplo que utiliza como muestra de lo contrario: la columna que Almudena Grandes escribió en 2019 titulada Verdades alternativas. Una columna infame que eligió cerrar los ojos a lo que verdaderamente estaba sucediendo en Venezuela. Su crítica se dirige contra esa manera de aproximarse a la realidad en la que, a su juicio, una interpretación previamente construida termina teniendo más importancia que los propios hechos. «Una columna muy de nuestros tiempos, cuando la realidad no debe joderte una buena opinión».
La comparación resulta especialmente interesante porque conduce directamente al problema central del libro. El periodismo deja de cumplir su auténtica función cuando su prioridad es generar opinión o construir un relato en lugar de averiguar qué está ocurriendo. En Europa, como ha dicho Juan Villoro, «los periódicos cada vez son más delgados y los jefes más gordos». Los medios de comunicación atraviesan un desprestigio generalizado y dada su complicada viabilidad económica, insiste el autor, sobreviven haciendo de correa de transmisión de los partidos políticos.
Por eso, para Jacobo García, el verdadero periodismo por hacer se encuentra en América Latina. Porque «donde la democracia está en riesgo la prensa es un importante constructor, pero donde los derechos parecen estar garantizados, los medios son un actor ruidoso más, en un contexto donde no se oye nada».
El periodista valiente e irreductible surge como esperanza moral.
En el recorrido del libro uno puede adentrarse en la crueldad sanguinaria de los narcos de México, en la corrupción política de todos y cada uno de los países latinoamericanos, de Bukele a Maduro, pero no deja atrás circunstancias lacerantes como los nefastos resultados de una catástrofe natural o de la emigración desesperada por sobrevivir.
García sostiene que una catástrofe natural no debería cubrirse limitándose a mostrar la destrucción, las víctimas e imágenes conmovedoras. El verdadero periodismo debe preguntarse qué ocurrió antes: quién ignoró las alertas, qué administraciones incumplieron sus obligaciones, por qué no se limpiaron los cauces o quién puede enriquecerse posteriormente con la reconstrucción. Como por ejemplo en el caso de la dana de Valencia de 2024. O como en el caso del terremoto de Haití, donde tan solo el 1% de todas las donaciones llegaron a la población. Un panorama caótico donde, en una carrera por apropiarse de la imagen del «salvador de la humanidad», EE. UU. distribuía alimentos desde el aire provocando avalanchas, disturbios y más muertos. O donde Hugo Chávez se personó rodeado de un séquito de periodistas y fotógrafos para sacarse una foto desescombrando allá donde ya no era necesario hacerlo. Ese es el verdadero mal del periodismo. Servir a ese gran carnaval.
Del mismo modo, cuando García aborda la emigración, trata el tema de esas mujeres que emprenden el camino en trenes atestados de gente, en colas interminables que pretenden cruzar un turbulento rio. Mujeres hondureñas que, antes de iniciar esa larga peregrinación en busca de futuro, se tomaban la píldora anticonceptiva ya que estaban seguras de que serían violadas en la ruta hacia la esperanza de una nueva y digna vida.
La violencia ya no busca solo eliminar al enemigo: necesita exhibirse.
Podría extenderme hasta la saciedad, pues este gran libro es una sucesión de hechos que a nadie deja indiferente. La verdadera profesión del periodista exige un precio muy alto. García reconoce la rabia que le produce comprobar hasta dónde puede llegar «esta profesión de mierda». Amar el periodismo te lleva a conocer sus miserias y padecerlas. Desvelar el fondo perverso de la sonrisa del televisivo abusador de menores Andrés Roemer; o la desmedida inclinación hacia la pederastia de Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo, por ejemplo.
Cuenta Jacobo García que, en cierta ocasión, durante la campaña electoral de 2017 fue a la casa de Rigoberta Menchú, candidata a las elecciones presidenciales. «Nadie debía haberla avisado de que iba. Me la encontré con ropa deportiva, un pantalón y un jersey negro marca Adidas, en su casa de Quiché. Al verme volvió a su habitación rápidamente, se puso un güipil indígena y comenzó a hacer declaraciones siempre en tercera persona: «La Premio Nobel dice…», «La Premio Nobel cree…», «La Premio Nobel quisiera…».
En sus años de profesión, García ha entrevistado a multitud de presidentes latinoamericanos, empresarios poderosos, políticos y activistas ensalzados, pero en realidad la gran mayoría no son nada especial. «Son figuras movidas por terceros, con una limitada capacidad de trabajo que entienden el poder como un punto de llegada y no de partida». Son la mascarada de un gran carnaval.
Años luz, Jacobo García, Anagrama, septiembre 2026, 232 páginas, 20,90 euros.
EL AUTOR

F. VICENTE MANJÓN GUINEA (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Es autor del ensayo literario titulado De la literatura y las pequeñas cosas y del libro de relatos Altas miras. Como novelista, ha publicado Una lluvia fina mentirosa y Con tal de verte reír.
Editor y escritor del blog de artículos Memoria de un náufrago y colaborador en el Diario Siglo XXI.
Es socio de ACE.



