La quinta sesión del tercer ciclo de Escribir y sus circunstancias puso en común las reivindicaciones de Blanca Lacasa, Eduardo Laporte y Nuria Labari para hacer algo menos empinado el camino del Vivir de la narrativa. Moderó el también escritor Guillermo Borao. El encuentro tuvo lugar el 28 de septiembre de 2026 en la fundación Ortega-Marañón.
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Con las reivindicaciones sobre la vivienda en pleno debate social y las tiendas en una mojada Puerta del Sol como epicentro de soluciones para el futuro próximo, podía sonar extemporáneo preocuparse por los problemas de los escritores. Pero nada más lejos de la realidad, pues son luchas que se dan la mano y ocupan importantes lugares en la pirámide de prioridades.
Así, la palabra «vocación» se repitió en esta charla que llevaba por título ‘Vivir de la narrativa’, en el sentido de que ese motor vital era capaz de soportar carros y carretas. Manuel Rico, presidente de ACE, recordó en su presentación que, en España, solo el 16 % de los autores y autoras vive de sus libros y actividades relacionadas con la literatura y un exiguo 3 % vive de sus libros.
¿Cómo lograr canalizar esa vocación y sobrevivir a la cascada de facturas de la vida actual? Nuria Labari, autora de libros como La mejor madre del mundo (Random House) o el reciente ensayo sobre el duelo amistoso La amiga que me dejó (Debate), defendió el modelo de mantener un trabajo, no forzosamente relacionado con la literatura, para escribir, y luego ya poder crear sin la presión de tener que vender tales ejemplares. Como si la creatividad no pudiera, o debiera, estar ligada a las exigencias de mercado.
Por su parte, Eduardo Laporte, periodista cultural y autor de libros como La vida suspendida, lamentó que en periodos considerados un «páramo cultural», como las tres décadas del franquismo, hubiera quien pudiera vivir la vida dignamente dándole a la tecla. Y puso el ejemplo de aquellos «pistoleros de quiosco», como el libro homónimo que acaba de publicar Fernando Eguidazu, que se podían sacar entre 2.000 y 3.000 pesetas por novela. Las escribían en una semana y, para entender el alcance de las tarifas, el salario medio en España en aquellos años era de unas 1.000 pesetas. «Para ganar 3.000 euros con un libro hoy, que era lo que Marcial Lafuente Estefanía podía sacarse en una semana con una novelita, hay que vender unos 1.600 libros. Eso implica un montón de presentaciones, actos, entrevistas, promoción… Puede resultar desolador», lamentó Laporte.
Labari: «La narrativa forma parte fundamental del tejido cultural de nuestro país».
Blanca Lacasa, que tocó la tecla adecuada con su última novela (El accidente, Libros del Asteroide, con 11 reimpresiones hasta la fecha), defendió también su particular cota de libertad. La de escribir sin presión tras el éxito, cuestión dulce si se quiere pero con la que también hay que saber lidiar. En su caso, todo el mundo le decía que escribiera otra novela después de la buena acogida de la última, algo contra lo que ella se rebela. «Muchas editoriales tienen la tendencia a pedirte lo mismo, pero yo milito en mantener tu autonomía», recalcó. Y contó que ha recibido ofertas de grandes editoriales, pero ha preferido mantener «esa cierta independencia» y seguir fiel a sellos como Libros del Asteroide o Libros del KO, donde vio la luz su anterior y potente ensayo: Las hijas horribles (2023).
Lacasa defendió también la necesidad del tiempo para crear, lejos también de las exigencias que pueda tener un escritor considerado profesional. Y defendió sus libros desde una vertiente sociológica, es decir, como fruto de una observación calmada del comportamiento de la gente, lo cual es un proceso que no puede pautar ni mucho menos acelerar.
Los tres ponentes coincidieron en una visión de la vocación literaria más volcada en la propia creación (escribir para vivir) que en una entrega radical a la escritura de hechuras casi industriales (vivir para escribir).

De izq a dcha: Nuria Labari, Eduardo Laporte, Blanca Lacasa y Guillermo Borao
Facilitar la promoción
Entrando más en harina, Nuria Labari se detuvo en esas pequeñas reivindicaciones quizá más prosaicas pero no por ello menos necesarias. Y protestó porque en el mundo de la literatura «el trabajo se considerara gratis», a diferencia de cualquier otro gremio. «Nadie presenta un disco gratis [en la industria discográfica] y ni un creador de contenido habla [en Instagram] de ningún producto sin cobrar antes», insistió Labari. Recordó también todo el tiempo que lleva leer un libro, desplazarte al lugar, a veces en taxi, hacer la presentación en sí, como un esfuerzo que en el ámbito editorial se da por hecho que se hace gratis et amore.
Lacasa: «Hay muchas actividades en torno al libro en las que no se habla de dinero».
También tuvo palabras Labari para la falta de protección que tienen escritores y escritoras, mientras que en el mundo de la interpretación hay muchas más coberturas, con altas y bajas en la Seguridad Social para el día concreto de trabajo (imaginemos el rodaje de un spot publicitario), así como seguros de accidente y de otras eventualidades, cosas que brillan por su ausencia en el mundo del libro. «Hay un montón de actividades en torno a un libro que exigen tiempo, esfuerzo y dedicación para las que nunca jamás se habla de dinero», denunció en ese sentido Blanca Lacasa.
Todo ello en un sector editorial ya de por sí saturado, como recordó Guillermo Borao, con más de 90.000 libros con su ISBN nuevos cada año, que hace más difícil aún la supervivencia de cada nuevo libro, pues sin la debida promoción pueden quedar olvidados al poco de llegar a las librerías.
Laporte: «Hacen falta unas ayudas a la promoción del libro».
A este respecto, Eduardo Laporte propuso que, así como hay ayudas a la creación literaria (en octubre se comunicarán las concesiones de la última convocatoria), no sería mala idea el lanzamiento, también por parte del Ministerio de Cultura, de unas ayudas específicas para la promoción. «Las ayudas a la creación van a una sola persona y de algún modo terminan ahí. Pero unas ayudas a la promoción, como pasa con las subvenciones al cine, afectarían positivamente a otros sectores, como toda la industria relacionada con el marketing del libro, pero también librerías en las que se programarían más actos de promoción», propuso Laporte. También permitiría abordar pequeñas giras promocionales, por la España vacía, por ejemplo, cuyos costes las pequeñas editoriales rara vez pueden asumir.
«A menudo se olvida que quienes escribimos somos parte fundamental en la creación del tejido cultural de este país», concluyó por su parte, Nuria Labari.
Tan solo algunas de las muchas propuestas que se lanzaron en esta sesión del ciclo Escribir y sus circunstancias. Puedes ver el coloquio completo aquí.



