Amaya Blanco hace sonar nuestra música interior en ‘La tinta de la luz’

Entre la tradición mística y la poesía contemporánea, Amaya Blanco explora en La tinta de la luz los límites del lenguaje, la contemplación y la búsqueda de una verdad profunda.

© JESÚS CÁRDENAS

Existe la vieja tentación de ver en el poema una música que se origina antes incluso de las palabras y que permanece latiendo. El poema sería, entonces, una forma de escuchar aquello que aún no tiene nombre. Desde esa tradición —que remite a san Juan de la Cruz, al simbolismo de Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez, a la razón poética de María Zambrano o a la meditación de José Ángel Valente— se entiende mejor la aparición de La tinta de la luz, el tercer libro de poemas de Amaya Blanco, distinguido con el XXIII Premio Nacional de Poesía «Ciega de Manzanares» y publicado por Huerga & Fierro. Nos encontramos ante un poemario que convierte la escritura en un itinerario espiritual y la palabra en un ejercicio de contemplación.

Edita Huerga & Fierro

La luz constituye la poética del volumen. En el mismo título, el oxímoron que hace dialogar la materialidad de la tinta con la inmaterialidad de la luz lleva a una paradoja fundacional: la fuerza interior escapa a ser escrita. La palabra intenta fijar una claridad siempre en el horizonte y la desborda, originando la tensión de esta forma de sobrepasarse, que encontrará su razón de ser. Como señala Carlos Peinado Elliott en el prólogo, los títulos de las composiciones dibujan una geografía alegórica en la que desiertos, valles, jardines o montañas dejan de ser espacios físicos para convertirse en estados del alma. La espacialización del proceso interior remite a la tradición mística —las Moradas teresianas constituyen un referente ineludible—, aunque Amaya Blanco rehúye cualquier arqueologismo y traslada ese legado a una sensibilidad plenamente contemporánea.

El libro se organiza en cuatro secciones —«Purgatio», «Illuminatio», «Unificatio» y «Constantia»—, cada una integrada por nueve poemas. La estructura reproduce las etapas del camino espiritual. Junto a los asuntos tratados, evolucionan también el ritmo, la sintaxis y la densidad simbólica, de modo que la forma participa activamente en la construcción del sentido. «Purgatio» plantea el despojamiento necesario para iniciar la búsqueda. El poema inaugural, «Valle de la búsqueda», contiene el núcleo de la poética del libro: «Escribo con la tinta de la luz / para luego leer en el libro del yo / pero ¿por qué se vuelven los trazos invisibles?». La interrogación inaugura el conocimiento. Como en San Juan de la Cruz, la experiencia comienza cuando la certeza se resquebraja y el sujeto comprende que conocer exige desaprender.

Ese aprendizaje se vincula con la naturaleza. Pájaros, plantas, viento o árboles funcionan como símbolos vivos de un proceso interior. En «Corcel de la paciencia» las plantas «a base de plegaria, / conquistan el terreno del vacío»: la imagen convierte el crecimiento vegetal en una pedagogía del espíritu, donde solo quien acepta el vacío puede aspirar a la plenitud. «Illuminatio» alcanza el equilibrio más logrado entre contemplación y pensamiento. El yo deja de buscar fuera aquello que comienza a descubrir «en el fondo de las cosas». Poemas como «Corazón del átomo» o «Sombra de la esencia» exploran una realidad invisible que desmiente la aparente estabilidad del mundo: «Todo lo dan por hecho / pensando / que serán para siempre». Frente a esa ilusión de permanencia, la poeta propone una mirada capaz de reconocer lo invisible como verdadero fundamento de lo real.

Especial intensidad alcanza «Valle de la separación», dedicado a la madre. Los encabalgamientos prolongan el aliento del poema y reproducen la dificultad del desprendimiento hasta desembocar en uno de los finales más hermosos del libro: «Falta poco, / ya nada / para el diluvio / de luz». El progresivo adelgazamiento del verso transforma la revelación en experiencia rítmica. Uno de los mayores aciertos del volumen radica en su construcción formal. El verso libre se encuentra sometido a un poderoso ritmo interno. Los poemas alternan desarrollos meditativos con súbitas condensaciones líricas; abundan los recursos de repetición, las interrogaciones retóricas y los encabalgamientos suaves, recursos que ralentizan la lectura y favorecen una disposición contemplativa. También la sintaxis participa de esa poética del desvelamiento: las frases se entrecortan para dejar espacio al silencio. La emoción nace de una pausa que convierte cada imagen en lugar de revelación.

Amaya traslada el legado de la mística a una sensibilidad plenamente contemporánea.

En «Unificatio», centro del volumen, la paradoja mística alcanza su máxima intensidad. El sujeto solo accede a la unidad cuando acepta dejar de ocupar el centro. Oxímoros, negaciones y paradojas expresan esa experiencia límite. En «Santuario del amigo» aparece «una presencia llena de todas las ausencias», imagen que recuerda tanto la teología negativa como la poética del vacío de Valente. Del mismo modo, «Los árboles no pueden, / nunca oyeron el viento […] / Se mecen en la música / sin saber escucharla» convierte la naturaleza en una metáfora de la escucha interior, cercana a la contemplación de Clara Janés y Andrés Sánchez Robayna.

La última sección, «Constantia», aporta una dimensión ética que completa el recorrido. La iluminación llega a convivir con el sufrimiento. En «Fuego del corazón», el recogimiento se convierte en irradiación: «Ovillarme. / Concentrar la energía… / dejar que ilumine / todo aquello que toque». Esa luz también entraña un sentido cívico en «Collar de la paloma», dedicado a las mujeres de Irán, donde la palabra abandona el ámbito interior para convertirse en solidaridad y resistencia. Los verbos, dispuestos casi como una letanía —«contar», «mandar», «crujir», «sentir»—, disponen el poema como acto de empatizar con el otro. El libro termina con «Morada del pez Koi», donde la metamorfosis de la carpa en dragón simboliza el cumplimiento del proceso iniciático: la revelación de aquello que permanecía latente desde el comienzo.

La tinta de la luz confirma la madurez de una voz que ha sabido integrar tradición y contemporaneidad sin renunciar a una dicción propia. Amaya Blanco firma un libro de notable coherencia cuya arquitectura formal sostiene el sentido último de la obra. Sus poemas recuerdan que la verdadera luz acontece lentamente allí donde el lenguaje aprende, por fin, a callar para poder decir.

 

La tinta de la luz, Amaya Blanco, Huerga & Fierro, XXII Premio Nacional de Poesía, 2025, 72 pp., 12 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Desvestir el cuerpo (Madrid, 2023). Es socio de ACE.