¿Qué convierte un libro infantil o juvenil en un éxito? ¿Las cifras de ventas, la presencia en librerías, la recomendación de los maestros o el entusiasmo de los lectores? Estas fueron algunas de las cuestiones que se tocaron en la mesa de debate: Mercado y visibilidad. Tendencias, saturación y nuevos circuitos, moderada por Paloma González Rubio y en la que participaron la escritora Begoña Oro y los editores Diego Moreno (Nórdica) y José Luis del Río Fortich (Apache). Fue de una de las distintas actividades dentro del IV Congreso Escribir para Niños y Jóvenes
© REDACCIÓN ACE
Hay quien piensa que los libros infantiles y juveniles se venden prácticamente solos. Y que eso explica su cada vez mayor presencia en librerías destinada, a priori, al público adulto. O que la extinta (paradojas del mercado) Tipos Infames decidiera abrir un local, enfrente, dedicado en exclusiva a este sector editorial (que no género: porque dentro de la literatura infantil y juvenil, recordemos, también hay novelas, poesía, teatro, que son los verdaderos géneros). Pero la literatura que toma el relevo de Celia, Pippi Calzaslargas o Antoñita la Fantástica se mueve en un sector, como veremos en esta crónica, con sus características propias.
Celebrado en la biblioteca madrileña Elena Fortún, y dentro de las actividades del IV Congreso Escribir para Niños y Jóvenes (organizado por ACE y con la colaboración de Cedro), el debate trató de arrojar luz sobre cómo funciona este peculiar mercado. Y en qué estado se encuentra, toda vez que se cae en saturación o en prácticas particulares, que veremos a continuación. Un contexto que Diego Moreno, editor de Nórdica, no dudó en calificar como «raro». No tanto en un sentido peyorativo, o dicho desde la suspicacia, sino sujeto a unas leyes, a unos funcionamientos, que lo hacen distinto al sector de literatura para adultos.
Siempre jóvenes
Uno de los elementos que convierten en especial la franja editorial de la literatura infantil y juvenil es, precisamente, la acotación de la edad. De hecho, tradicionalmente, libros como los de Barco de Vapor, con sus distintas series (Blanca, Azul, Roja, etc.), segmentaban claramente la edad de su público de destino. La propia etiqueta (infantil o juvenil) ya es otra forma de delimitar, lo que puede ayudar también para moverse en un marasmo de publicaciones, pero que puede resultar también empobrecedor. ¿Es El principito, de Saint-Exupéry? ¿Y los libros de Tintín?
Las editoriales pequeñas y medianas están obligadas a publicar libros más llamativos.
Para el editor de Nórdica, las etiquetas de edad resultan cada vez menos útiles para hablar de los hábitos reales de lectura acotados a edades concretas. Y defendió la publicación de títulos de divulgación o novela gráfica que pueden atraer a adolescentes, pero también a adultos y, es más, pueden generar un vínculo entre esos dos perfiles (padres e hijos, por decirlo de otro modo). Como ¿Por qué no se cae la luna?, una buena muestra de ese libro de divulgación científica para jóvenes lectores que resulta ameno para ellos, pero también para cualquier lector curioso. O Avecedario, de Laura Vila, cuyo título ya es un acierto, con una clasificación ornitológica que interpela a los más jóvenes, pero que también interesa a todo aquel que confunde un tordo con un zorzal, por ejemplo.

Dos ejemplos más, que además se han traducido en miles de ejemplares vendidos: Mujeres de ciencia, de Rachel Ignotofsky o Las noches blancas, de Dostoievski. Divulgación con un toque feminista por un lado, y un clásico de la literatura rusa que, al ser breve —no es fácil que un joven entre en la literatura de la mano de Los hermanos Karamazov—, pero sobre todo al contar con unas preciosas ilustraciones, se ha convertido en un long-seller.
José Luis del Río Fortich también apoya la idea de libros para jóvenes de todas las edades, especialmente para aquellos ejemplares ilustrados. «Las etiquetas de edades son un poco demodés; los libros ilustrados son para todas las edades», comentó. En su caso, los libros de Roberto Malo («y otros cuentacuentos de Aragón») «son éxitos para nosotros y best-sellers en cuanto que se reimprimen una y otra vez», contó el editor de Apache.
Distribución especial: librerías y colegios
Pero retomemos el marchamo de «raro» que dejó caer Diego Moreno, de Nórdica. Si bien ellos publican unos ocho títulos al año dentro de la sección infantil y juvenil, conocen las mecánicas de este mal llamado «género». Así, comentó la existencia de tiradas «inmensas» que se distribuyen en centros de enseñanza, colegios, institutos…, pero que no se ven después en librerías. «Es un público cautivo que va a comprar sí o sí, lo que hace que no se cuide el diseño», señaló.
Con un punto de queja, lamentó la difícil vida del editor pequeño o mediano en librerías, ya que las grandes estructuras editoriales llegan a vender libros por 8 euros que, lógicamente, no brillan por su calidad en ilustración, papel, diseño, etc. Muchos de ellos, de grupos como SM o Anaya, además, se imprimen en rotativas propias, lo cual abarata bastante los costes. Así, lo que pueden hacer editoriales como la suya o Apache, es apostar por unos libros que llamen mucho la atención, que entren por los ojos, casi libros-objeto que dan ganas de tener en casa.
«Hay libros que permanecen y desafían la, a priori, corta vida del libro».
Del Río Fortich, al frente de un sello unipersonal, es decir, hombre-orquesta de la edición, reivindicó la creación de esos libros preciosistas, con sus cantos coloreados, y cuidados al detalle, como valor añadido en editoriales como la suya (Apache Libros). «Son libros de alto coste. Pero se venden a pesar de ser caros. La gente busca ese tipo de libro-objeto, tenerlo en sus estanterías, nada que ver con el libro de batalla, de bolsillo», confirma este editor. «En el festival Celsius [dedicado al libro de fantasía, terror y ciencia-ficción], Brandon Sanderson vendió lo que no está escrito con ediciones de coleccionista de entre 30 y 50 euros por ejemplar».
Los best-sellers silenciosos
Hay libros, de literatura infantil y juvenil, que venden mucho sin hacer casi ruido. Se conocen también como «best-sellers invisibles». Y aquí, la moderadora, Paloma González Rubio, también dedicada a los libros para niños y adolescentes, aportó un matiz al hablar de cómo algunos libros se convierten en best-sellers pero también en long-sellers, es decir, con buenos éxitos de venta a lo largo del tiempo: «El distribuidor y su influencia para llevar el libro al mercado es clave».
También son importantes los prescriptores, es decir, aquellas personas que hablan de un libro y hacen que este se venda. Lo sabe bien Begoña Oro, que hace honor a su apellido con sus más de cien libros publicados, muchos de ellos verdaderos best sellers, como Croquetas y wasaps o las exitosas aventuras de la ardilla Rasi, uno de los personajes más queridos de la literatura infantil española.
Aunque también los maestros, como apuntó una mujer del público, son claves para que los libros lleguen a los lectores de este tipo de literatura. Así, la interviniente se refirió a Camuñas, de Margarita del Mazo, un álbum ilustrado que desde su aparición en 2012 ha logrado conectar con su público a escala masiva.
Respecto a esos éxitos que van calando, en un sector, como se apuntó con pocas devoluciones, Begoña Oro señaló también la serie de El monstruo de colores, de Anna Llenas, surgido en el mismo año. «Hay libros que permanecen y desafían la, a priori, corta vida del libro», señaló Begoña Oro.




