Héctor Abad Faciolince convierte la muerte de la escritora ucraniana Victoria Amelina en una reflexión sobre la guerra, la culpa y la necesidad de escribir frente al horror. El escritor, al modo de un Chaves Nogales, cumplió lo que se espera de un escritor/periodista: estar ahí.
© VICENTE MANJÓN GUINEA
Quién piense que el libro Ahora y en la hora, de Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958), es una novela de guerra que narra un terrible momento vivido en primera persona en la contienda de Ucrania, se equivoca.
La necesidad de contar un hecho terrible, como la muerte de Victoria Amelina, por culpa de un misil ruso que impacta sobre la pizzería donde varios comensales compartían mesa, sirve al autor para narrar el dolor de una guerra injusta y cruenta. El libro se convierte en una especie de crónica de viaje cuyo único afán es dar testimonio de lo ocurrido: de la mirada del horror. Sin embargo, ese testimonio viajero se entrecruza con los mimbres perfectamente hilados de un ensayo. Un sutil ensayo donde el autor incide en temas como la vida y la muerte, el sentimiento de culpa, el lenguaje de la guerra y la necesidad de escribir.
Puede que el libro se inicie con la aceptación, por parte de Faciolince, de acudir a tierras ucranianas, concretamente a Kiev, para asistir a la feria del libro. Pero todo cambia cuando de la mano de Sergio Jaramillo, creador del movimiento ¡Aguanta Ucrania!, decide hacer una incursión al Donetsk (dentro del Donbás), y más certeramente a Kramatorsk. «Si no se va no se ve», diría Catalina Gómez, una de las acompañantes en ese viaje, reportera de guerra y apasionada del mundo persa.

Edita Alfaguara
Hay un impulso interior que mueve al autor a adentrarse en el corazón del conflicto. Una superación de la cobardía acomodaticia, incluso un acto vanidoso de colocarse en el centro del escenario. De indagar en el presente y en el pasado de una tierra fronteriza condenada a ser una inmensa estepa, escenario de recurrentes crímenes y exterminios. Desde la persecución de los judíos por Hitler hasta la guerra declarada por el tirano de Vladimir Putin, pasando por el Holodomor de Stalin. Esa hambruna a la que el dictador soviético condenó a la población ucraniana con la única intención de eliminar el movimiento independentista y llevar a cabo una rusificación de Ucrania, la supresión del idioma y la aniquilación de las élites culturales y burguesas del pueblo del Trýzub. Circunstancias todas ellas propiciadas por enajenados mentales que ejercen la viva personificación de la vileza. Porque, tal y como escribiera Vasili Grossman y Faciolince rescata ahora en su libro «el mal es una persona con un rostro y un nombre». Déspotas y opresores que construyen su mundo totalitario con los espigones del miedo, de la desinformación, de la violencia y de la mentira.
Cuenta el escritor colombiano que acercarse al frente de batalla fue un deseo agazapado de aproximarse a la figura heroica de su padre. Una simple casualidad o una señal destino que hizo coincidir el momento de la caída del misil ruso sobre su cabeza, con la misma edad en la que su padre fuera asesinado por los paramilitares colombianos. Quizá esa amarga eventualidad es lo que sumerge a Faciolince en la eterna pregunta sobre la vida y sobre la muerte. Dejar de existir o salvarse puede ser obra del azar.
La caída del misil ruso sobre el restaurante donde celebraban una cena de despedida provoca que Faciolince sea testigo excepcional de la muerte de Amelina a consecuencia de una esquirla proyectada que le atravesó el cráneo. «Estaba pálida, pero tenía pulso, tenía la boca y los ojos abiertos. Parecía más viva que tú, que eras un zombi y estabas paralizado». El destino había decidido que fuera ella la víctima elegida por la muerte y que los demás, incomprensiblemente, se salvaran. Una fatal circunstancia que le lleva al escritor a recapacitar. A olvidarse del heroísmo de una vida interrumpida a consecuencia de una causa justa como le ocurriera a su padre.
A recordar la pregunta de Proust: «¿cómo se quiere morir? Dándome cuenta de que me estoy muriendo, pues la muerte es la última experiencia de la vida». Esa cercanía del fin lleva al autor a ver diáfanamente que quiere morirse de anciano. Que no quiere que ningún enajenado le sesgue la vida. «Quiero morirme de viejo y en la cama, rodeado de la gente que quiero y que me quiere, como murió mi madre, en septiembre de 2021, de vieja, con el cuerpo acabado ya, pero todavía lúcida de mente y llena de alegría y ganas de vivir (…)».
Victoria Amelina (1986-2023)
Esa virtud de morirse amando la vida a la que alude el escritor colombiano es, precisamente, lo que le fue arrebatado a Victoria Amelina, una joven con intenciones literarias, de piel blanca, de tez pálida como un cisne, que desde la invasión rusa decidió cubrir su cuerpo de luto.
Ahora y en la hora pretende ser un tributo a una muerte arrebatada por un zarpazo en la nuca de una sádica bestia con misiles como garras. Es la evidente necesidad de la declaración de escribir para no caer en el olvido. Como una especie de sentimiento de culpa por haberse salvado del horror. De traducir en palabras los silencios de la guerra. El deambular de un viejo moribundo arrastrando un carro de ropajes viejos por mitad de un páramo arrasado por las bombas y tanques quemados. La desesperada búsqueda de un perro abandonado que olfatea entre los escombros con intención de reencontrarse con sus dueños, sin tener conciencia de que han muerto. La esperanza truncada de un cisne negro que creyó en una Ucrania libre y en paz. Alejada de la sucia geopolítica que siembra de muertos las casas y los campos. Que extiende su aliento tiránico y opresor para cubrir el cielo de un gris polvoriento y la tierra yerma de silencio sepulcral, de llanto y lamento.
Hay un impulso interior que mueve al autor a adentrarse en el corazón del conflicto.
Y todo, en una tierra donde podría crecer el trigo y el maíz dorado por los rayos del sol al atardecer. Una tierra donde sus ciudadanos podrían vivir en paz y que, sin embargo, parece condenada a la desdicha, a lo largo de su historia, por culpa de las ambiciones políticas e imperialistas.
Puede que el libro de Héctor Abad Faciolince quede un poco en la esencia del conflicto, pues, desde su mirada occidental, se alude a una historia de algún modo incompleta, pero no es menos cierto que, como él mismo puntualiza, a cualquier persona más o menos enterada de cómo va el mundo ¿no le parece bastante sensato que un país prefiera adherirse a la Unión Europea y no a la Federación Rusa? La cuestión es si hubiera sido posible una tercera vía para evitar tanta sangre derramada. El difícil equilibrio de la neutralidad cuyo fino alambre, sin duda alguna, hubiera sido cortado a la mínima oportunidad.
Ahora y en la hora, Héctor Abad Faciolince, Alfaguara, 2026, 224 páginas, 19,90 euros.
EL AUTOR

F. VICENTE MANJÓN GUINEA (Madrid, 1968) es licenciado en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid y licenciado en Criminología por la Universidad Camilo José Cela de Madrid.
Es autor del ensayo literario titulado De la literatura y las pequeñas cosas y del libro de relatos Altas miras. Como novelista, ha publicado Una lluvia fina mentirosa y Con tal de verte reír.
Editor y escritor del blog de artículos Memoria de un náufrago y colaborador en el Diario Siglo XXI.
Es socio de ACE.



