En La mujer que se avino (Difácil), Marisa López Soria (Albacete, 1956) «abrasa el alma de las cosas, el sonoro devenir de la palabra». Lo hace con una voz tan personal, libre, volandera, que el lector se deja vencer ante unos versos cargados de ternura.
© JOSÉ ANTONIO SANTANO
Escribe el poeta Alejandro Duque en el prólogo a las Poesías completas, de Vicente Aleixandre, publicadas por la editorial Visor (2005): «La poesía pertenece a los dominios del arte, pero antes que nada es un esfuerzo que implica también desgaste, ocupación; es “trabajo”. El poeta queda, son su generosa actividad, justificado con creces por ese otro modo de transformación de la realidad al que se entrega cuando escribe. La poesía participa de la gratuidad de lo estético, es cierto, pero no deja de ser un “hacer” de perfección. Y, como escribe Valéry: “perfección es trabajo”». ¡La poesía como un “hacer” de perfección!, es un muy aceptable concepto sobre el hecho poético.
El trabajo, la entrega continua a los avatares de la realidad más cercana, procuran al poeta los elementos necesarios para construir un edificio pleno de luz y palabras, porque como bien dice el también poeta Pedro López Lara: «La poesía es cuestión de límites: / los del verso y el ritmo, / los del lenguaje, las fronteras / de lo vivido y lo vivible». En estas estamos cuando centramos la mirada en la poesía de Marisa López Soria (Albacete, 1956) y más concretamente en su último libro publicado por la editorial Difácil: La mujer que se avino. Con anterioridad, López Soria se publicaron, también por la editorial Difácil, los poemarios Muy señores míos (2020) y En consideración te escribo (2023). Además, Marisa López ha desempeñado una labor muy activa en proyectos de Animación a la Lectura, Talleres de Creación en España e Institutos Cervantes; ha coordinado ciclos poéticos y dirige, desde 2004, el Taller de lectura, escritura y artes, La cometa, en la Fundación Cajamurcia.

Edita Difácil
Se ha dicho anteriormente que, «la poesía no deja de ser un “hacer” de perfección», y efectivamente, así podemos comprobarlo cuando nos sumergimos en la sugerente poesía de Marisa López. Es más, diría que su poesía surge de la cotidianidad y del asombro, con la pretensión de alcanzar visibilidad de “perfección”, tanto desde el punto de vista del lenguaje –forma–, como de las ideas, las emociones o las esencias del pensamiento –fondo. Todo aquello que se considera importante y trasciende la realidad vivida trasmuta a otra realidad diferenciada, que parte de un origen mistérico o desconocido, pero que activa la imaginación para ser “modelo” de excelencia. Se fundamenta esta poesía de López Soria en una perentoria necesidad de expresar mediante un rico y pulido lenguaje aquello que late en el asombro o el alma de las cosas, con extremada intensidad, con encendido amor.
Así, nos dice María Ángeles Pérez, en el prólogo del libro: «En Marisa López Soria es el asombro del amor, su intensidad, su desborde, su felicidad hacia las palabras que nos empapan en su juego y jugo (…) López Soria, enciende la imaginación amorosa en La mujer que se avino porque las palabras se rozan, los corzos se vuelven heteróclitos y santa expresividad del avenirse, ese verbo pronominal para entenderse bien, para concordar (unir de corazón, ponerse de acuerdo, tender una cuerda de un corazón a otro, como si se desplegase una intimidad que persigue la armonía después de haber conocido cataclismos)». Coincido plenamente con la profesora y poeta Pérez López, y añadiría que la voz de López Soria es tan personal que uno siente que las palabras vuelan de un lugar a otro, de la luz a la oscuridad, de la conciencia a la inconsciencia, y viceversa, y en todas nos conmueve su música, una que armoniza el universo y alumbra los silencios del camino.
En la primera parte del libro, que dedica Al que me da de cantar y titula “Cuerpo cósmico” (lo inefable), el amor ocupa el centro del universo poético de López Soria, con él se acompaña y se aviene: «Yo te amo /ye t’aime / Ich libe Dich / Io t’amo / ¿Cuánto?», en todos los idiomas y con todos los matices posibles: con fervor, con vértigo y locura, y, hasta desfallecer. Esta expresión amorosa recorre con asombro la cotidianidad de lo vivido, esos instantes mágicos que no regresan, pero que son temblor primero, nacimiento y corazón del mundo: «El hombre que se avino / no trajo joyas ni añadiduras llegó / con manta de cobijarnos, tapaderas, fuentes, cacerolas / y en las toallas aroma de tierra fértil (…) Cosa tan rara, magia simpática, que este hombre / tan hombre, tan elegante, no precise adjetivos / no utilice hugoboss ni reloj de marca. / Él, sin anillo ni grabada la fecha, esposada me tiene / con hilos invisibles y con un secreto / que solo es nuestro».
Su poesía surge de la cotidianidad y del asombro.
Difícil se hace una selección de versos cuando todos están entrelazados por la luminosa y honda mirada de Marisa López, y todos, además, son viva expresión de cuanto acontece y es esencia que no cesa en hallazgos y encuentros con el latir sereno del lenguaje: «En cuanto a ti y a mí amanteamoramigo / seremos floración calandria y pardal que pía / la voz de un narrador escalera / secreto y parte amanecer cadena trófica / cantar de los cantares significado / ventana / la liturgia del beso…».
“Hojas de limón en el jardín de loto”, es la segunda y última parte del libro, que dedica Marisa López, A su madre, la mi madre, madre e hija, «Las dos, juntas», a la búsqueda de los recuerdos acumulados en la espiral del tiempo. Por fin, las dos al unísono discurrir de los días, en la cotidianidad de las pequeñas cosas y la ternura de la mirada que traspasa murallas y fronteras, que solo es de quienes hallan «las palabras hermosas», la voz del verso en el campo o las acequias, en los labios de la tierra, abierto siempre el corazón. Sí, juntas al fin, madre e hija, ocupando el espacio de los ojos que dibujan sobre el aire nombres y colores: «Estamos juntas y atesoro esa mirada que antes tal vez / fui yo quien no la viera. Ahora soy madre y sé. / Las horas se han marchado / poco más contigo puedo hacer que ser ahora yo / la que te arrope, bese tu frente y te guinde el embozo. / Se me antoja, que estas cosas pequeñas / sin sucedido apenas nos hacen muy felices».

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Si el amor transita por “Cuerpo cósmico”, también la huella de su fulgor permanece inalterable en “Hojas de limón en el jardín de loto”, es más, materia y espíritu se ensamblan para componer un solo corpus, una clase de mística maternal que, como un sublime himno, eleva su voz a los altares del tiempo, para ser instante único y para siempre: «Tendremos que hacer algo. / Amar, amar morir de empacho amando / mezclar los ápices, los cuerpos, los afectos / estar, estar, cogerte de la mano y caminar contigo / junto al rincón florido abrazarte cantar / retener el instante mirarte mucho para mejor guardarte / frente a otros grandes planes del universo. / Y el pequeño ingrediente, o sea nosotras / vivas de genio / en medio la acidez y el cósmico temblor de la ternura / tarde tras tarde, ante un árbol de limón.
Y en ese temblor de la ternura, esa que es conmoción y perturba los sentidos, abierta siempre al mundo, crece la palabra, la gracia de su luz inagotable: «La gracia, el pájaro, la vid / la lluvia, el don del arte y su misterio, el ángel / tú los tenías / contigo se fue la perfecta plomada / luto el mundo sin ti / la muerte para siempre mudó abril en duelo / en lluvia sucia, en légamo». No hay vuelta atrás, abril, «el mes que arribó bárbaro a llevarse a una madre”, habita el silencio de los días y la palabra poética de Marisa López, que alumbra los caminos y el corazón del mundo. Porque, como ha dejado dicho Eloy Sánchez Rosillo: «En la poesía de Marisa López Soria no hay lugares comunes, ni convencionalismos poéticos.
El lenguaje tiene mucha fuerza, gracia y originalidad. Sin retóricas dulces, enjuto, casi Vallejo o a veces». Convengo con él, plenamente. Demostrada, sobradamente, queda la singularidad y la grandeza poética de Marisa López Soria, una voz que abrasa el alma de las cosas, el sonoro devenir de la palabra.
La mujer que se avino, Marisa López Soria, Difácil (2026), 96 páginas, 14 euros.
EL AUTOR

JOSÉ ANTONIO SANTANO (Baena, Córdoba, 1957) cultiva la poesía, la narrativa, el ensayo y la crítica literaria. Entre sus más de veinte libros publicados destacan: Silencio. Poesía 1994–2021; Trasmar; Sepulta plenitud y La luna en el olivar (Cancionero de haikus). Más información, aquí.



