De cuando Mercè Rodoreda acusó a Carme Riera de copiarla

El pasado 20 de enero se celebró la cuarta sesión del ciclo Maestras contemporáneas, que organizan ACE y CBA, dedicada a escritora Mercè Rodoreda, unas de las voces más valiosas de la literatura catalana y cuyo legado literario cobra con el tiempo una mayor relevancia, una mayor presencia.
Intervinieron Carme Riera y Julia Barella, moderadas por Lourdes Ventura. Esta crónica recoge la intervención de Riera. La siguiente abordará la exposición de Barella.
© REDACCIÓN ACE

Mercè Rodoreda (Barcelona, 1908 – Girona, 1983) tiene el privilegio de ser escritora que no ha dejado de ser leída, estudiada y reinterpretada. Tesis, tesinas y monografías —como la ya clásica de Montserrat Casals, Contra la vida, la literatura— han intentado desentrañar no solo su obra, sino también una personalidad tan hermética (celosa de sus amores y vida privada) como consciente de sí misma. Sin embargo, como recordó la escritora y académica Carme Riera, quizá lo más honesto siga siendo lo más sencillo: leerla. Y dejar que sean sus personajes —Aloma, Teresa Goday— quienes nos conduzcan a su mundo interior, a su universo de ficción, que también da pistas, claro está, sobre su figura.

Riera, catedrática de Literatura Española en la Universitat de Barcelona, presidenta de CEDRO y una de las grandes especialistas en la llamada Escuela de Barcelona, habló desde la experiencia lectora antes que desde el pedestal académico. Evocó el verano de 1978 en que leyó por primera vez Mirall trencat (en castellano, Espejo roto) mientras escribía su primera novela.

Mercè Rodoreda o la historia de un crisantemo

Rodoreda, en una foto de archivo

El deslumbramiento fue tal que abandonó la redacción de la primera novela que escribía para lanzarse a buscar, librería tras librería, toda la obra de Rodoreda. Y a lamentarse por no haber descubierto antes la obra de una escritora tan fascinante, en una demostración de las carencias educativas de la época, especialmente indiferentes a la literatura en general, incluida la propia, la catalana.

Aquel entusiasmo —confesó— la llevó incluso a escribirle una carta, ingenua y fervorosa, pidiéndole perdón por no haberla leído antes. Pero la respuesta no solo no llegó, sino que tomó un giro impredecible, como recuerda la propia Riera:

«Durante un par de semanas fui cada día al estanco del pueblo, a la pequeña oficina de Correos…, pero Rodoreda nunca me contestó. Pensé que quizá mi carta no le había llegado; tiempo después comprobé que no había sido así: un compañero me trajo un recorte de un diario gerundense en el que ella declaraba que yo la copiaba».

Un supuesto plagio que, por otra parte, era físicamente imposible, porque la obra publicada de Riera era anterior a ese descubrimiento lector que tuvo lugar en 1978, cuando le escribió la primera carta.

Una disgustada Riera renunció entonces, y de «manera absoluta», a la persona y se quedó con los libros. Y, sobre todo, con Espejo roto, al que sigue regresando como a uno de sus textos de cabecera. «Para mí, Una de las mejores novelas de la literatura catalana y universal».

Porque Mirall trencat es, en sí misma, una novela sobre el tiempo. No un tiempo histórico o costumbrista —aunque esté ambientada en la Cataluña de antes de la guerra—, sino un texto en el que el tiempo se trata como fuerza imparable, como erosión. Así, según Riera, la historia que Rodoreda sitúa en torno a una casa soñada, esa obsesión de tantos escritores, podría transcurrir en cualquier ciudad europea sin perder intensidad: «Lo que está en juego es la imposibilidad humana de detener calendarios y relojes». La vida, vino a decir Riera, es una batalla perdida de antemano contra el tiempo, ese enemigo que acaba por volver opacas incluso las pasiones más intensas.

De ahí que la novela funcione también como un texto profundamente literario, consciente de su linaje. Entre sus líneas dialogan Virginia WoolfWilliam FaulknerMarcel Proust o James Joyce, junto a lecturas menos evidentes como Giuseppe Tomasi di Lampedusa. La rata final de la novela, último testigo de un mundo arrumbado, remite directamente a El Gatopardo: ni siquiera embalsamados podemos abstraernos del derrumbe familiar y moral.

Tal vez por eso Rodoreda se detiene con tanta minuciosidad en los objetos, sostuvo la autora de Te deix, amor, la mar com a penyora. Son ellos, los objetos, —más duraderos que los cuerpos— quienes resisten mejor el desgaste temporal. En su prosa, los objetos no son decoración, sino símbolos; así, objetos como un simple broche se convierten en un leitmotiv que articula las relaciones entre los personajes y fijan lo que el tiempo se empeña en borrar.

Contra el tiempo, al final, solo queda la literatura, vino a concluir Carme Riera, cuya obra más icónica se acaba de reeditar, cincuenta años después, demostrando que el tiempo avanza sin tregua pero también nos permite mirar atrás con cariño. Y en el caso de Rodoreda, una literatura que sigue devolviéndonos, fragmento a fragmento, el reflejo de lo que fuimos y de lo que inevitablemente dejamos atrás.

 


Julia Barella, Carme Riera y Lourdes Ventura, en el Círculo de Bellas Artes

 

Martes 20 de enero de 2026 – Sala Ramón Gómez de la Serna – CBA
Maestras creadoras en el no lugar. Dedicado a Mercé Rodoreda
Participaron: Carme Riera, Julia Barella
Moderó: Lourdes Ventura