Azaústre y el universo de Manuel Machado

El último Premio Málaga de Novela recayó en el cordobés Joaquín Pérez Azaústre por su particular mirada a esa figura secundaria y compleja como fue la de Manuel Machado. En El querido hermano (Galaxia Gutenberg), el escritor pone el acento en la libertad que subyace a las circunstancias, a la política, incluso a las guerras y los bandos.
© PEDRO GARCÍA CUETO

Late y respira en este nuevo libro de Joaquín Pérez Azaústre, El querido hermano, editado por Galaxia Gutenberg, la capacidad del poeta, narrador y crítico, para tratar a los personajes, describirlos, crear la tensión que la historia va desvelando. Ya lo hizo en La larga noche, contando con precisión y emotividad los últimos momentos de la muerte de Manolete.

En este caso, Manuel Machado, una decisión que rompe la habitual mención de Antonio en casi todos los libros, siendo Manuel un escritor menos investigado. Para Joaquín Pérez Azaústre, es Manuel Machado un hombre peculiar, que siempre estuvo unido a su hermano y su adhesión al Régimen fue una decisión quizá impuesta por las circunstancias trágicas en que les tocó vivir a ambos.

La Guerra Civil española fue un conflicto que separó hermanos, fomentó la violencia, los paseillos y los fusilamientos, las viejas rencillas por terrenos. La muerte de Antonio en Colliure, ya debilitado, agotado por todo lo que había vivido, hace que Manuel salga de Burgos para asistir al entierro de su hermano. El libro no solo es un documento histórico, sino que añade una prosa cuidada y elaborada que va creando personajes, los hace presente y los humaniza. Una virtud de la novela no es la búsqueda de buenos y malos, sino la introspección en el universo de cada ser humano, en sus contradicciones, en sus luchas interiores.

Hablamos de un libro que se mete en la piel de sus personajes, que relata ese crescendo de aquel terrible final de Antonio Machado y cómo Manuel sale de Burgos, una ciudad asediada por los rebeldes, para ver a su hermano por última vez. La prosa de Joaquín Pérez Azaústre nos cuenta:

Manuel Machado sabe que su hermano Antonio acaba de morir. El sonido de la madera al encajarse se apaga en el portal. Se mira el dorso de las manos, con los dedos extendidos hacia la calle Aparicio Ruiz. Aún es casi de noche. Siente el frío bajo la piel, como si estuviera congelándole las venas; pero sigue inmóvil frente a la puerta cerrada, envuelto en su batín, y ni siquiera piensa en frotarse las manos.

Vemos la precisión con la que Azaústre describe el instante en que conoce la muerte de su hermano. Parece ser que fue un cartero quien le dio la noticia. Como la imagen de la cubierta, Manuel Machado saca la pitillera para encender un cigarrillo. En el Diario de Burgos se hacen eco de la noticia y califican a Manuel como insigne poeta, porque ya es un hijo del Movimiento franquista, muy a su pesar, porque lo que la novela nos cuenta es que no hay convicción de fondo, que Manuel Machado sigue siendo un hombre libre y no atado a un Régimen, aunque las circunstancias lo hayan etiquetado entre los franquistas.

Lo que más importa es todo lo que ha significado Antonio en su vida.

Y el escritor cordobés afina también cuando describe a Eulalia, la mujer de Manuel, con esa precisión de amanuense que descifra textos en la sombra del refectorio:

Eulalia observa a Manuel desde el colchón, arropada con un chal negro de lana: el cuarto que hace también las veces de diminuta salita de estar del matrimonio es demasiado frío.

Joaquín Perez Azaústre

Joaquín Perez Azaústre logró el XVI Premio Málaga de Novela con esta obra.

Y la admiración de Raúl, que se acerca a la pensión enviado por José María Pemán, en el instante en que tiene de frente a Eulalia y la admira, porque ella fue la que insistió en que soltarán al poeta cuando fue detenido al comienzo de la Guerra por ser poeta del Frente popular, izquierdoso, decadente, republicano y masón.

Poco puede decirse entonces de un hombre que no encajaba en los parámetros de los franquistas, un hombre que había hecho de su libertad su bandera. Parece que todo es fruto del destino, estar en Burgos, ser nombrado académico, ser aplaudido por el futuro Régimen. Lo que más importa es todo lo que ha significado Antonio en su vida, su relación, sus obras literarias y teatrales, todo lo que han vivido juntos.

Manuel va al cementerio, se queda horas allí, como si la vida pasase entera por su recuerdo.

Y el recuerdo, esa fotografía que va destilando esta novela que aparece como secuencias, una virtud del narrador, que siempre expresa a través de la prosa poética su luz, la que vierte en sus personajes. Es, indudablemente, un mérito más de Azaústre, revivir el tiempo de ayer, hacer que los dos poetas parezcan un solo eslabón:

Manuel asocia a Antonio a otras ciudades: no solo Sevilla, o Baeza y Segovia, sino especialmente Madrid, de la adolescencia a la madurez…

Pero siempre, en el duermevela de Manuel, lo recuerda en París, en los lugares del placer, en Montmartre y además lo califica como “el hombre en claroscuro”, como lo definió el gran Rubén Darío. Y en el discurso que pronuncia como académico, para adherirse al Régimen, Manuel Machado no deja de hablar de su mundo, tan lejano de banderas, de insignias, de cruzadas. Pero pocos lo entienden, porque, para ello, hace falta algo más que patrioterismo barato. Abel Cubero, ese personaje siniestro que crea el escritor cordobés sí lo comprende, porque conoce el paisaje de Manuel Machado, su universo:

Escucha con atención el discurso:  conoce los poemas y está seguro de haber comprendido la doblez de su enfoque, entre la apariencia de arrepentimiento y la reafirmación que supone su exhibición del pasado.

Y en la parte final una descripción de Antonio Machado, aún vivo, ya derrotado, poético y valiente, huyendo de los que fusilan, que son en realidad todos, de los dos bandos, en una España cainita. La descripción minuciosa del escritor cordobés es desoladora:

Antonio Machado se esfuerza por avanzar, aunque está al borde del derrumbe y querría encontrar la paz en la caída, porque su pesado su pesado cuerpo se ha quedado sin fuelle…

Para Joaquín Pérez Azaústre, es Manuel Machado un hombre peculiar.

Y cuando llega Manuel, hace una semana que Antonio ha sido enterrado, que su madre ha muerto y José le abraza. Manuel va al cementerio, se queda horas allí, como si la vida pasase entera por su recuerdo, los años con Antonio, la niñez en Sevilla, todo lo que ambos vivieron. Todo tamizado por el buen hacer de Joaquín Pérez Azaústre para relatarlo con intensidad y luz, como si al escribir todo fuera llama, que se convierte en ceniza. Cuando se va del cementerio, van al mar, porque es el mar quizá el fin de todo, como en aquel poema titulado “Ocaso” de Manuel que terminaba diciendo: “el mar, la mar y no pensar en nada”.

Manuel Machado (1874-1947).

Quizá la vida sea eso en realidad, un paso frágil por el mundo, seres que se derrumban al final, porque vivieron una etapa maldita de España, aún el odio continúa y esta novela, tan bien escrita y tan verdadera, sigue siendo necesaria. Un libro para que no olvidemos lo que pasó, lo que podría pasar, lo que al fin y al cabo nos une, que es mucho y lo que nos separa, que no es tanto si queremos.

 

El querido hermano. Joaquín Pérez Azaústre, Galaxia Gutenberg, 2023, 264 pp.


EL AUTOR

La Gran Biblioteca de David: Entrevista a Pedro García Cueto, autor de La primavera de nuestro desencanto

PEDRO GARCÍA CUETO. Ensayista español (Madrid, 1968). Doctor en filología y licenciado en antropología por la Universidad Nacional de Educación a Distancia (UNED). Docente en educación secundaria en la Comunidad de Madrid. Crítico literario y de cine, colaborador en varias revistas literarias y de cine, autor de dos libros sobre la obra y la vida de Juan Gil-Albert y un libro, La mirada del Mediterráneo, sobre doce poetas valencianos contemporáneos.