LA INDEPENDENCIA DE LOS NIÑOS EN LA LIJ

La autora del artículo, escritora, editora y traductora, alerta del peligro que la nueva moral dominante ponga en peligro la frescura, espontaneidad e independencia de los niños de la ficción infantil y juventud, suplantados ahora por modelos férreos, cargados de orden y buenos propósitos con la batuta de los adultos vigilantes.
© MARINELLA TERZI

Finn y Yuki, su hermano de acogida, avanzan por las azoteas de su ciudad, se resbalan por los tejados de tejas a dos aguas, y no dudan en coger carrerilla, impulsarse y saltar de un edificio a otro si el suelo se acaba a sus pies. Lo importante es seguir adelante y huir de su perseguidor. La escena, muy impactante, pertenece al libro, inédito en España, Mein Bruder der Elbenritter hat nicht mehr alle Ziegel auf den Dach, de Sebastian Grusnick y Thomas Möller, publicado en Alemania por la editorial Dressler. Finn es un niño normal, ronda los diez años y no se lo ha pensado dos veces antes de seguir a Yuki. Pero, ¿lo saben sus padres? ¿Dónde están?

Como en bastantes novelas infantiles y juveniles, a una buena distancia, trabajando tranquilos, ignorantes de lo que ocurre, sin enterarse de nada.

La invisibilidad de los padres en los libros es inversamente proporcional al grado de aventuras que experimentan sus hijos en la historia.

La aventura parece más propia de una película de James Bond o, en todo caso, de un libro protagonizado por superhéroes, pero no es así. Pese a lo que pueda parecer, estamos ante un libro que, aun teniendo algún elemento fantástico, se halla más próximo al género realista que a la fantasía pura y dura.

 

Fantasía sin límites

También Amanda Black, la protagonista de la exitosa serie escrita por Juan Gómez-Jurado y Bárbara Montes, editada por B de Blok, es dada a trepar por edificios y azoteas, a la manera de Spider-Man, aunque ella pasa de ser una niña normal de trece años a desarrollar unos poderes de los que carece Finn. Aquí la falta de unos padres al uso facilita, además, una trama frenética y llena de aventuras, pese a que sí existe una tía –la tía Paula– que intenta proteger a su sobrina de cualquier peligro. Podríamos decir que Amanda alcanza un estatus de heroína en el que le está todo permitido. Porque la fantasía no tiene límites.

La escuela de detectives Avante, encuadrada en el subgénero del steampunk, es una serie escrita por el reconocido autor David Fernández Sifres y publicada por Edelvives. En ella, los cinco niños y un zorro que forman el equipo Nautilus tienen también poderes, pero, a diferencia del caso anterior, estos no son sobrenaturales. Los protagonistas, tres chicos y dos chicas, de distinta procedencia y edades que van de los seis a los quince años, cuentan con diferentes habilidades: un increíble don de la palabra, unos sentidos muy desarrollados, una gran capacidad para diseñar planes, una enorme facilidad para el dibujo o el poder de descubrir cualquier detalle por mínimo que sea.

La independencia falsa y juguetona de los niños de ficción corre peligro.

Todas ellas características muy adecuadas para dedicarse a la investigación de misterios. En definitiva, se trata de un equipo de investigadores nada al uso que viaja de un lugar a otro con total movilidad. En el primer libro de la colección, El extraño caso del castillo Billinghurst, los detectives tienen que resolver la desaparición de una colección de piedras preciosas ocurrida en un museo-castillo inexpugnable. Fernández Sifres confiesa que la serie es su particular homenaje a El club de los Cinco, de Enid Blyton, los libros que más le marcaron en su infancia porque los protagonistas podían vivir aventuras por su cuenta, eran absolutamente independientes.

Aquí lo tenemos otra vez: no hay padres a la vista, nada sabemos de las familias de los protagonistas. Esa falta de dependencias le confiere al autor total libertad para llevarlos y traerlos por el ancho mundo. Solo una tutora, la profesora Taffeine, los vigila de lejos.

Novela realista, ¿la semejante a la vida cotidiana?

Pero, ¿sucede lo mismo en el realismo?

En principio, la Historia de la Literatura nos ha enseñado que el género comporta unas normas que no podemos transgredir. En su Introducción a los estudios literarios, el filólogo, catedrático y académico Rafael Lapesa Melgar dijo que “en la novela realista tanto las figuras presentadas como los hechos referidos son muchas veces semejantes a los que a cada paso nos ofrece la vida cotidiana”. Y el diccionario de la RAE coincide con la misma idea, definiendo el realismo como “movimiento literario que se caracteriza por la recreación fiel de la realidad observada”.

En los libros que leíamos, los padres, los tíos se quedaban en casa, esperando la vuelta de los niños protagonistas, nada más.

Por su parte, en Historia crítica de la Literatura Infantil y Juvenil en la España actual, y refiriéndose al período 1990-2015, el catedrático de Didáctica de la Lengua y de la Literatura, y especialista en LIJ, Jaime García Padrino apunta: “Una de las constantes más acusadas en buena parte de las narraciones orientadas a recrear literariamente la realidad de la infancia actual es el afán por reflejar su peculiar mirada ante los demás y ante el mundo en general. Y dentro de esa preocupación creadora diversos autores han centrado su interés en las relaciones con la realidad adulta y, en especial, las correspondientes al ámbito familiar, a los problemas con y entre los padres y hermanos o a la figura de los abuelos”.

Dicha premisa, sin duda, es así y son muchos los libros realistas dedicados a la infancia y a la adolescencia que reflejan las relaciones entre adultos y menores de una misma familia. Para bien, afianzando los vínculos existentes entre ellos, o para mal, describiendo confrontaciones y conflictos. Como muestra de lo primero, me viene a la memoria, por ejemplo, la hermosa obra de Ana Alcolea , El vuelo de las luciérnagas -de la editorial San Pablo-, en la que los distintos miembros de una familia se reúnen en una casa próxima a Génova para celebrar las bodas de oro de los abuelos. Mientras van desvelando misterios del pasado, queda una y otra vez patente la complicidad que existe entre los miembros de las distintas generaciones.

La verdadera historia de Pippi Calzaslargas

Como muestra de lo segundo, recuerdo, sin embargo, la durísima y emocionante trilogía de Las asombrosas aventuras de la singular, extraordinaria, espectacular, desenfrenada, maravillosa Maulina Schmitt, de Finn-Ole Heinrich, publicada por Edebé, que narra, entre otros temas, la conflictiva relación entre Maulina y su padre, a quien la niña culpa de haber dejado abandonada a su madre enferma.

Pero, ¿cumple la LIJ de género realista con esos términos siempre? ¿Las obras infantiles, escritas tanto por autores españoles como extranjeros, se ajustan a la realidad en todo momento sin obviar el papel clave de las figuras paternas? ¿Recrean la vida diaria tal como la viven nuestros niños y adolescentes en todos sus ámbitos?

Me atrevo a responder que solo hasta cierto punto… Sobre todo, en lo que se refiere al retrato que hacen de los padres, si existen, y, también, a la independencia extrema que los autores otorgan a niños y niñas protagonistas.

Padres en la sombra

Siguiendo la estela de clásicos como Pippi Calzaslargas, de la sueca Astrid Lindgren (Kokinos), protagonizado por la niña más independiente de todas, y de Matilda, de Roald Dahl (Loqueleo), en donde unos padres absolutamente desastres provocan que la protagonista, con muy buen criterio, opté por vivir de espaldas a ellos, o, simplemente, en otros casos, quitándose a los padres de encima por algún otro motivo -el más usual, que el desarrollo de la trama obligue a los personajes principales a alejarse del hogar, entendido como refugio protector-, una buena parte de los libros de LIJ están protagonizados por niños libres, autónomos, que toman constantemente sus propias decisiones y a los que nadie -¿unos padres al uso, quizá?- les dan pautas de conducta, les dicen lo que tienen que hacer o a qué hora deben estar en casa.

¿Se ajusta esa independencia a la realidad del mundo actual? No lo creo…

Torres de Malory (Ómnibus) (Inolvidables) : Blyton, Enid: Libros¿Dónde están esos padres de ciudad, sobreprotectores, que llevan a sus hijos en el coche a todas partes, que los van a recoger de sus actividades cotidianas, que no los dejan ni a sol ni a sombra, que no paran de llamarlos al móvil ni los sueltan literalmente de su mano?

De aparecer, lo hacen en muy contadas ocasiones y, precisamente, para que se les repruebe su actitud a lo largo de la historia. Pero son casos aislados. Lo más común -sobre todo en las novelas de aventuras y misterio, con las series a la cabeza- es la casi ausencia de adultos, como si estos fueran seres fantasmagóricos -de figura lejana, desvaída- que están pero no están para mayor confort de protagonistas y lectores.

La falta de unos padres al uso facilita, además, una trama frenética y llena de aventuras.

No es algo nuevo. Como resalta Fernández Sifres, cuando de pequeños los de mi generación leíamos los libros de Los Siete Secretos y de Los Cinco, admirábamos y envidiábamos a partes iguales a aquellos personajes que iban de excursión solos a acantilados que caían en picado sobre un mar embravecido, con la única compañía de su perro y una cesta de mimbre llena de alimentos extraños. Los padres, los tíos se quedaban en casa, esperando su vuelta, nada más. Nunca hacían amago de entrometerse en sus aventuras. No estaba en sus planes -ni en los de Enid Blyton- que molestasen a los protagonistas.

Hoy en día sucede lo mismo. Hay protagonistas niños que investigan sucesos extraños, otros que descubren escabrosos secretos de familia. Algunos -a la manera del Marco de Edmundo de Amicis, por cierto, lo que indica que el fenómeno se daba ya en el siglo XIX- caminan kilómetros para reencontrarse con personas queridas, otros aman más de lo que nadie puede imaginar.  Se las ven con ladrones, algunos hasta con asesinos. Hacen, deshacen, reflexionan, comprenden, deciden, maduran… En definitiva, avanzan.

La fantasía no tiene límites.

Mientras, sus padres no acostumbran a enterarse de nada. La presencia de los progenitores sería muy fastidiosa en una trama en la que los niños se transforman en modelos inalcanzables para unos lectores que ansían identificarse con ellos hasta que mamá o papá los llame porque ha llegado la hora de cenar. Los autores lo saben bien y obran en consecuencia.

Dicotomía entre el mundo real y la ficción

Se produce, así, una dicotomía clara entre el mundo real y la ficción. Y, por regla general, la invisibilidad de los padres en los libros es inversamente proporcional al grado de aventuras que experimentan sus hijos en la historia. A más peripecias de los pequeños, menos injerencias de los adultos, y viceversa.

Ver las imágenes de origenCumple al pie de la letra esta fórmula el encantador protagonista de la serie Mister Marple y la banda de los fisgones, del alemán Sven Gerhardt, publicada en España por Edebé. Theo es un niño hipocondríaco, miedoso, prudente y muy ordenado, que no olvida nunca ponerse su chaleco reflectante para salir a la calle. En definitiva, Theo es la viva imagen de su padre, tan pusilánime y amedrentado como él. Pero en la vida del niño irrumpe de repente una vecina nueva, Elsa.

Se trata de una niña valiente y decidida, que con paciencia y mano izquierda lo empuja a salir del hogar y a hacer cosas que Theo jamás se habría atrevido ni a imaginar. Resumiendo, a medida que el chico va “cortando el cordón umbilical” -en este caso, con su padre-, comienza a pasearse más y más por las calles de barrios alejados de su casa, a trepar a los árboles pese al vértigo que sufre y a ir olvidándose de todas las bacterias que pululan por la ciudad.

En casa, por supuesto, el progenitor no se entera jamás de los progresos de su hijo. Lo que, sobra decirlo, es una suerte. Tanto para el protagonista como para los lectores.

La historia no es nueva. También es una chica, Lily, la que da alas a Maxi, el protagonista de Maxi el aventurero, de Santiago García-Clairac, libro publicado por SM a finales del siglo XX, y que posteriormente dio paso a una serie. En el primer volumen, Maxi recibe con emoción -y también con algo de temor- el encargo de su madre de que vaya a buscar el pan. Por primera vez en su vida, lo hará solo y las cosas no saldrán como pensaba. El empuje de Lily lo llevará, a sus pocos años, a bajar en ascensor pese a la prohibición expresa de la comunidad de vecinos y a recorrer todo su barrio, el de Cuatro Caminos, en Madrid. En fin, una auténtica odisea espacial y temporal, que incluye coches, semáforos, peleas, robos y transgresiones constantes.

¿Podría ocurrir algo similar en la vida real?

Claro que sí. Pero, de suceder que el hijo no regresara a casa en un tiempo prudencial, a la madre probablemente se le dispararían todas las alertas y comenzaría una batida por las calles que, de no ser fructífera, culminaría en una denuncia policial. Es evidente que en el libro no sucede nada de eso. Ni falta que hace.

A veces, los padres sí están físicamente, pero su incomprensión, su falta de empatía, es tanta que parecen hallarse a años luz de sus hijos. Eso es lo que le ocurre a Daniela Peces Fortunati, la imaginativa y sensible protagonista de La casa del tejado rojo, publicada este año por la editorial Anaya. Con su delicadeza habitual, Mónica Rodríguez, la autora de la novela, nos relata cómo esa niña valiente y llena de magia, que no encuentra en casa unos interlocutores adecuados, conoce por fin a alguien -una escritora- que la comprende, la apoya y le ofrece un regalo excepcional.

“De los dieciséis ojos que nos miraban, solo los de Perla (la gata) me parecieron humanos.” Esa es, nada más y nada menos, la frase con la que la protagonista del relato describe por primera vez a su familia: abuelos, padres y hermanas. No se puede decir más con menos palabras.

En la interesante novela Ventanas, de Paloma González Rubio, publicada recientemente por la editorial Anaya también y ambientada en una dictadura no especificada, sucede algo profundamente distinto pero con una concomitancia clara: la carencia de unos adultos protectores. En el libro de Mónica Rodríguez, por una incapacidad innata que les impide aproximarse; en el de Paloma González Rubio, por ausencia real.

Tras la detención inesperada de sus padres y tíos, cinco niños de distintas edades deben valerse por sí mismos y sobrevivir en una casa y un barrio, cuyos vecinos acechan desde las ventanas de las demás viviendas.

“Contrariamente a lo que podría parecer y quizá también en contra de su propia voluntad, mis padres eran dos tipos muy pragmáticos. Cuando anuncié que a las cinco de la mañana siguiente me encontraría con una chica del pueblo, todo lo que mi padre me preguntó fue: “¿Tienes algún despertador que funcione?”, dice Morice, recordando lo ocurrido en el pequeño pueblo corso al que se trasladó su familia cuando él contaba once años de edad, en el libro Los zorros del desierto, del prolífico escritor italiano Pierdomenico Baccalario, y la frase en esta época en que vivimos no deja de ser chocante. La obra, publicada por Edebé, es realmente adictiva y una de las pocas del autor que se encuadra en un registro realista.

El argumento muestra muy a las claras que, aunque los padres del chico velan por él y por sus hermanas, lo hacen de lejos y les dejan la suficiente autonomía como para que el mediano de los hijos se pueda involucrar sin problemas en un caso que entronca con la Segunda Guerra Mundial.

¿Las cosas están cambiando? ¿A peor?

Dejemos, entonces, a los creadores inventando esos mundos ficticios a favor de la libertad y la autonomía de sus protagonistas, y a los niños y niñas, felices, leyendo esas historias que van más allá de su cotidianidad. ¿Que las cosas en los libros no son exactamente iguales a lo que sucede en su día a día? Mejor que mejor.

En la interesante novela Ventanas, de Paloma González Rubio, sucede algo profundamente distinto: la carencia de unos adultos protectores.

Pero, ay, confieso que tengo un temor. Conforme se asienta la niebla de lo políticamente correcto para borrar del mapa la frescura del aire puro, siento que la independencia falsa y juguetona de los niños de ficción corre peligro y la LIJ comienza a llenarse de orden, de buenos propósitos y de adultos vigilantes. De hecho, conozco un caso de primera mano: el de Josete, un chico imaginativo que iba solo al colegio porque a esas horas tempranas sus padres ya habían salido camino del trabajo, pero aquellos paseos en soledad no le amargaban el día ni lo exponían a graves peligros, al contrario: le regalaban esos momentos de intimidad que necesitan todos los escritores para que su imaginación vuele a partir de lo cotidiano y prenda la semilla de futuras historias.

Sin embargo, conforme fue pasando el tiempo, a base de corrección y más corrección -tómese la palabra en la acepción que más se desee-, Josete acabó yendo acompañado de Bongo, su perro guardaespaldas, en una primera revisión, y de la mano de su abuela Luz, en una segunda. ¿El cuento ganó en sensatez? Puede… pero, sin duda, perdió buena parte de su encanto y mucha, mucha espontaneidad. Tras tantos avatares, a estas alturas el libro que contaba las peripecias mañaneras de Josete –Josete y Bongo van de safari, de Marinella Terzi y Rosanna Vicente Terzi– está ya descatalogado, algo que sucede diariamente con muchos libros.


 

LA AUTORA

MARINELLA TERZI. Tras licenciarse en Ciencias de la Información (rama de Periodismo) por la Universidad Complutense de Madrid, colaboró con diversos medios de comunicación y comenzó a escribir libros para niños y jóvenes, y relatos para adultos. Traductora de más de cien libros infantiles y juveniles -que ha vertido al castellano desde el catalán, el italiano y el alemán-, durante veintiún años trabajó como editora en una prestigiosa editorial de literatura infantil y juvenil. Actualmente compagina la escritura con la edición y la traducción freelance. Buena parte de su tiempo lo dedica también a realizar encuentros con sus lectores en los colegios y a impartir clases de creación, edición y redacción.

Más información, en su página personal.