León Felipe, de la celda a la guerra | Medio siglo después de su muerte

En el cincuentenario de la muerte de León Felipe, el autor he optado, en este riguroso artículo, por ceñirse a la etapa 1920-1938 de su trayectoria vital y literaria. En el fondo, es un período decisivo en su obra porque salvo dos títulos posteriores (Ganarás la luz y El ciervo), la poesía -y la vida- de León Felipe se encuentra en este período histórico trascendental.
© MANUEL MARTÍNEZ-FOREGA

18 de septiembre de 1968: muere León Felipe en Ciudad de Méjico. El 22 de octubre de 1938 había abandonado España para no regresar. Treinta años de exilio voluntario cuyas causas quizá se encuentren en su escepticismo después de conocer de primera mano la atomización ideológica republicana: en su breve pero entusiástico viaje para asistir al triunfo de la República en 1931, ya entrevió una situación que cinco años después constataría. Adepto a los valores por encima de las ideologías; hombre que creía en el hombre y en su entrega absoluta a la causa, no comprendía que su sacrificio fuera cedido a la disciplina ideológica (por otro lado caótica durante el trienio bélico) y no a su objetivo revolucionario. Acaso este utopismo tan caro al zamorano chocara con unas circunstancias tan concretas que anticiparon su temprana decepción. La historia, en cierto modo, le daría la razón, y bien que lo sentiría. Un año antes de la rebelión fascista publicaba, en 1935, su Drop a Star, libro con el que concluyó la primera etapa de su evolución poética y en el que había volcado buena parte de su amargura personal. Los acontecimientos vividos años antes le concedían una visión panorámica de la historia —en cierto modo determinista de acuerdo con el principio nugatorio impuesto por la realidad— que lo contraponía a su esperanza en un mundo justo, solidario, donde importara el hombre por encima de la norma sociopolítica: por un lado, vivió de cerca el crack económico estadounidense de 1929 y sus dramáticas consecuencias. Conoció el trato racista hacia los ciudadanos negros (visión crítica compartida con Lorca, con quien convivió durante la estancia del granadino en Nueva York). Observó cómo en las sociedades avanzadas coexistían opulencia, pobreza extrema y explotación sin diferenciarlas de las sociedades deprimidas vividas en Guinea. Estas evidencias no imaginadas, sino experimentadas in situ, le ocasionaban un conflicto entre lo que la realidad era y lo que debería ser. ¿Cómo resolverlo? Sólo a partir de una actitud profética; es decir, insistiendo en la utopía, en la demanda de una justicia real, imperativa.

León Felipe en 1968

El 31 de agosto de 1936, la radio panameña debía emitir el texto Good bye, Panamá. Conocía el poeta los apuros iniciales por los que estaba pasando la joven República y, como Agregado de la embajada española, tuvo tiempo durante ese mes y medio de agresión fascista de conocer la reacción de las instituciones políticas y la Iglesia panameñas y del empresariado español —con fuertes intereses en este país— ante tales dramáticos sucesos. Este discurso de León Felipe en defensa de la República, sin ahorrar duras críticas a la actitud pasiva de las clases dirigentes y la oligarquía empresarial, fue finalmente vetado. El 1 de septiembre de 1936 León Felipe toma un barco hacia España despidiéndose así: “Me voy porque no es posible por más tiempo seguir viviendo entre el aullido, la mentira y la difamación… donde la vibración épica y angustiosa de España llega sólo para provecho del comerciante […] Y yo me voy con ellos a dar mi vida…”

Defendía la Justicia por encima de cualquier otro valor ponderable de la acción humana; la República representaba la materialización de esa virtud insoslayable; así la enfrentó en Good bye, Panamá y con esa intención escatológica de dar su vida por la justicia, y ánimo esperanzado, llegó a España para combatir con sus armas la injusticia que representaba el levantamiento militar. Tiene 52 años y arrestos suficientes para combatir con sus herramientas —la pluma y la fe en la República— el golpe de estado contra la legitimidad democrática, justicia cuya defensa considera absolutamente trascendental. La consideración de este sustantivo mollar en la poesía de León Felipe no se circunscribe solamente a un estratégico ejercicio político, sino que surge de su convicción de ser un derecho ab origen, de su concepción como valor intrínseco que anida en el espíritu humano y, por ello, inviolable. Si fracasa la justicia, fracasa el hombre. La insignia, que compone y lee por primera vez en Valencia en noviembre de 1936, es un auténtico estertor en la voz de León Felipe y, a la vez, un canto panegírico a favor de una España republicana. En este objetivo se empeña esa «alocución poemática»: en alinearse con el sufrimiento de los españoles y proclamar las ideas por las que merece la pena combatir.

Versos y oraciones de caminante I (1920), muestra ya lo que sería su teoría estética: lenguaje sencillo, manifestación personal de las emociones sin que la morfología sea un obstáculo.

León Felipe y Berta Gamboa en Nueva York, en 1923

El payaso de las bofetadas y El pescador de caña (1938) incluye el poema «Oferta» que, desde los primeros versos, manifiesta un desengaño debido, acaso, a la constatación de sus sospechas acerca del resultado de las luchas internas entre las distintas ideologías del bando republicano: “Mercaderes: Yo, España, ya no soy nadie aquí. Aquí, en este mundo vuestro yo no soy nadie…, aquí, en vuestro mercado, yo no soy nadie ya. Un día me robasteis el airón y ahora me habéis escondido la espada…, aquí, en esta asamblea, yo no soy nadie ya… Mis manos están rojas de sangre fratricida y en mi historia hay pasajes tenebrosos… el mundo es un túnel sin estrella y vosotros sois sólo vendedores de sombras”. Es su  adiós a la patria. En La insignia, premonitoriamente, había dicho: “Nadie me entiende.  / Y habrá que irse a otro planeta / con esta mercancía / inútil aquí, / con esta mercancía Ibérica y quijotesca.//”

Desde “…me voy con ellos a dar mi vida…” hasta aquí han pasado dos años. León Felipe se lleva con él el dolor de España anejo al dolor propio de español desalentado.

En 1930 aparece Versos y oraciones de caminante II, en el que se produce el paso definitivo del sujeto poético singular al plural (el yo pasa a ser un nosotros); presenta también una modificación profunda respecto al tratamiento lacrimógeno vertido en el libro I afligido por su persistente soledad y que en este libro II abandona; y el hallazgo final de un sujeto (el ser humano) con quien compartir un objetivo común: la denuncia de la injusticia, el combate por la justicia universal y la manumisión del ser humano.

Versos y oraciones de caminante I (1920), muestra ya lo que sería su teoría estética: lenguaje sencillo, manifestación personal de las emociones sin que la morfología sea un obstáculo. Emoción por encima de todo porque la poesía debe fundarse en lo que comunica y no en lo que expresa. Responde también a la indagación sobre su perfil poético, la fisonomía del poeta emotivo que de momento no parece encontrar respuesta si no es en la suprarracionalidad de una voz, de una entidad ausente a la que apelar. Es, además, la constatación lírica de su soledad a lo largo de esa búsqueda con un «otro», un yo en tránsito por las luminosas llanuras castellanas errando en busca de un lugar donde reposar. No obtiene respuestas y la pulsión suicida está presente en esta poesía primera arrebatada de desamparo e identificada con una vida inseparable del poema, inserta en el determinismo de las circunstancias. Leyó en el Ateneo madrileño estos versos un León Felipe que firma ya como tal, yuxtaponiendo los nombres que el santoral conmemora el 11 de abril, día de su nacimiento. Fueron recibidos con desigual aceptación, quizá porque la figura poética del zamorano se caracteriza por su contracorrientismo. Si por nacimiento (1884), debió ser incluido en la Generación del 14, fue, sin embargo, preferentemente adscrito a la Generación del 27, cuando los poetas de esta generación deslumbrante acababan apenas de dejar el biberón. Contracorrientismo, porque su poesía nada tenía que ver (sino todo lo contrario) con la «poesía pura» reclamada por Juan Ramón ni con el alambicamiento que postularía la Generación del 27. Juan Ramón se refiere a él duramente en el fragmento primero de Tiempo que el onubense escribió en 1941. Tampoco escapó al rigor crítico de Cernuda, quien censuró el lenguaje y el estilo del zamorano, ni a la pluma descortés de Domenchina. No todo fueron rechazos y tanto Alberti como Teresa León y los autores reunidos por Alejandro Finisterre en León Felipe visto por cien autores manifiestan su aprecio por la poesía leonfelipina.

La poesía de León Felipe constituye en muchos aspectos un claro antecedente de la de los poetas de la Generación del 50

No cabe dudar de que es León Felipe uno de los grandes poetas españoles con quien la exégesis literaria ha cometido un lamentable memoricidio. José Paulino, Juan Villar Dégano, José Ángel Ascunce y Juan Frau han insistido en la trascendencia de la poesía del tabarense; son ajustes críticos relativamente antiguos y el acercamiento a su figura y a su obra ha quedado prácticamente ahí. La poesía de León Felipe —expresiva, emotiva, singular en sus tratamientos temáticos y contundente simbolismo—, constituye en muchos aspectos un claro antecedente de los poetas de la Generación del 50 y aun con claridad sirve como fuente de la poesía neorrealista y sus subepígrafes. No basta pretextar el exilio en Méjico como motivo de su inadvertencia crítica; se trata más bien de un prejuicio estético que secuestró a los poetas y la crítica posteriores (probablemente rendidos a las negativas apreciaciones de dos «autoridades» como Juan Ramón y Cernuda). O, por otra vía de fundamento débil: la retórica de la «experiencia» sin reparar en que mucho antes la síntesis epistemológica de Ortega y Gasset («yo soy yo y mi circunstancia…») había asentado la estética fundada en esa experiencia. León Felipe se adhirió a este postulado orteguiano, y Jaime Gil de Biedma, obvio influjo de la corriente neorrealista, lo advirtió en su obra y lo vertió en su pensamiento. Sin embargo, en lo que yo conozco, ni León Felipe ni Ortega figuran como expresos antecedentes del neorrealismo, quizá porque su evidencia restaba singularidad a sus propuestas conclusivas y totalizadoras. León Felipe escogió la libertad estética y nunca pretendió que su poesía siguiera otros dictados que no fueran los suyos. Esta independencia es admirable, pero bien pudo ser el motivo de su ostracismo literario.

Con Berta Gamboa (al fondo) en el frente de la Casa de Campo. Madrid, 1937

Comprender actualmente la obra de León Felipe significa advertir en ella un llamamiento al humanismo universal, una aspiración cuya inspiración parte de varios escenarios distópicos vividos por el poeta. En este objetivo ciclópeo caben dos sujetos temáticos fundamentales: la dignidad del hombre y la justicia. León Felipe todavía clamaba póstumamente por dar sentido a este concepto imprescindible en el poema «¡Justicia!» (Rocinante, 1969).

Había nacido en 1884 como Felipe Camino de la Rosa Galicia en Tábara (Zamora). De padre notario, pasó su infancia y adolescencia en Sequeros (Salamanca) y en Santander. Estudió Farmacia en Madrid. Estudiante adinerado y diletante curioso, su bolsillo le permitía comprar libros y devorar a los clásicos españoles, asistir a museos y a funciones de teatro. Descubrió a Shakespeare y lo amó para siempre. Regresó a Santander como farmacéutico, pero siguió una vida disipada y ludópata. Acumuló deuda sobre deuda. Le fue embargada la farmacia y la vendió fraudulentamente; huyó (1912) a Barcelona para enrolarse en una compañía de teatro. Fracasó como actor. Fue detenido por la policía en Madrid (1915) acusado de desfalco. Regresó a Santander como delincuente común. Fue condenado a veinte meses y veintiún días, que cumplió íntegros. En la celda comenzó a ser poeta. Al salir de la cárcel (1916), regentó una farmacia en Valmaseda, donde conoció y se enamoró de Irene Lambarri («La rubia y dulce Ofelia / que llamó a tu puerta.»). Felipe no pasó de ser una aventurilla veraniega para Irene. Silvestre Lambarri, tío y tutor de Irene, desaprobaba su relación y se lo hizo saber a Felipe con palabras y con un par de bofetadas. Irene marchó a Barcelona para tomar un barco al Perú y Felipe volvió a abandonarlo todo. Con lo puesto, escapó en busca de su «Ofelia». La encontró para saber que su relación terminaba ahí. Una piadosa Irene le entregará 500 pesetas junto a la recomendación de buscar fortuna literaria en Madrid (1919). Para sobrevivir, recorre distintos pueblos de Castilla como regente farmacéutico mientras permanece durante el invierno en Madrid y escribe. Conocerá a los regeneracionistas,  al exiliado mejicano Alfonso Reyes. Viajará a Guinea Ecuatorial (1920) con el cargo de Administrador de Hospitales. En 1922 regresa a España de vacaciones; al concluirlas, se traslada a Cádiz para volver a Guinea, pero toma un vapor con destino a Méjico. Allí, conseguirá un empleo en los campamentos públicos de verano (1923). En Méjico conocerá a Berta Gamboa; se casarán en Nueva York en diciembre de 1923 después de falsificar su pasaporte. Fracasó como docente en la Escuela Berlitz, donde lo «colocó» su esposa. Federico de Onís lo convencerá para seguir estudios de Letras. De Onís lo matriculará en la universidad de Cornell y le proporcionará un empleo como lector. Lee y traduce a Whitman, a Eliot…, y se imbuye del Quijote, de Nietzsche y del misticismo clásico británico (Donne, Blake); se interesa por los Salmos y devora la Biblia y el teatro griego. En 1929 termina sus estudios literarios. Tenía 45 años cumplidos; su primer libro de poemas lo publica con 36 años. En 1930 regresa a Méjico a explicar El Quijote en los cursos de verano de la UNAM. En 1931 es nombrado Agregado Cultural de la Embajada española en Panamá.

Y, ahora, volvamos al principio.


EL AUTOR

© Foto de Berna Martínez-Foreega

MANUEL MARTÍNEZ-FOREGA (Molina de Aragón, Guadalajara, 1952). Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, cursó también estudios de Derecho, que no concluyó. Poeta, ensayista y traductor, ha publicado más de treinta títulos en esas disciplinas. Es autor de los poemarios Un infierno de salvac(c)ión (1982); Cuerpo de la edad (1985); He roto el mar (1987, 1993); Ocho poemas de deseo (1989, 1990); Berna (1997); 333 días (2006); Ademenos (2008); El dolor de la luz (2009); Labios (2013); Litiasis (2014); En el rincón más oscuro (2014); En la solidez del aire (2017), con fotografías de Berna Martínez-Forega; y Luz, más luz (2018). Ha traducido a V. Holan, J. Kostohryz,, F. Halas, A. P. de Mandiargues, F. Villon, «Molière»; Ariel Kyrou; traducido, introducido y anotado la edición canónica de Monsieur Teste de Paul Valéry y la antología Los poetas malditos de Paul Verlaine. Muy recientemente ha dado a conocer en español al poeta simbolista Laurent Tailhade (Vidrieras). Es autor además de numerosos ensayos y artículos de crítica literaria y de arte reunidos, respectivamente, en los volúmenes El viaje exterior (Ensayos censores) y Sobre arte escritos, sobre artistas. Editor literario y antólogo de diversas ediciones poéticas y ensayísticas: 20 poetas aragoneses expuestos, Ángel Guinda. Toda la luz del mundo, Los Borbones en pelota, La mística, Amantes. 88 poetas aragoneses… Fundó en 1985 la colección de poesía «La Gruta de las Palabras» de Prensas Universitarias de Zaragoza y, en 1984, co-fundó el programa «Poesía en el Campus» de la universidad zaragozana. Editor de la revista Pasarela de Artes Plásticas. Está incluido en diferentes antologías poéticas de España y del este de Europa, y su obra está traducida al checo, búlgaro, rumano, ruso, italiano y alemán. Ha obtenido algunos premios nacionales de poesía e internacionales de traducción y fue finalista del Premio Nacional de la Crítica en 2009. Posee el Premio Búho a la labor editorial y el Premio Imán de la Asociación Aragonesa de Escritores a la trayectoria literaria. Es campeón de España de pesca en la modalidad de «Salmónidos-lance» (Asturias, 2007).

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