Ernestina de Champourcin: la poeta silenciada por ser mujer, pero también mística cuando no procedía

El pasado 9 de diciembre de 2025 se celebró la tercera sesión del ciclo Maestras contemporáneas, dedicada a la poeta y narradora Ernestina de Champourcin, una de las voces más singulares —y más silenciadas— de la Generación del 27. El encuentro, bajo el título El legado simbólico, reunió a Ana Sofía Pérez Bustamante (Universidad de Cádiz) y Amelina Correa (Universidad de Granada), con la escritora y periodista Noemí Sabugal como moderadora.
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¿Qué condeno a Ernestina de Champourcin al ostracismo? La sesión dedicada a su figura, cien años después de que su publicara su primer obra, ‘En silencio’ y un siglo después, también, de que abriera sus puertas el Lyceum Club Femenino, del que fue activa participante, arrojó luz al respecto. Un silenciamiento que no fue casual, ni inocente, como se verá, sino fruto de una tradición crítica que dejó fuera a muchas creadoras del canon.

Ana Sofía Pérez Bustamante trazó un retrato de la joven Ernestina en los años veinte, cuando se convierte en una figura rompedora, una auténtica Sinsombrero. Asiste al Lyceum Club, al Ateneo, a la Residencia de Estudiantes, frecuenta tertulias literarias como la de Concha Méndez y Altolaguirre, acude a las exposiciones de Arte Nuevo y al cineclub de Buñuel. «Allí estaba ella», subrayó la doctora en Filología Hispánica.

En 1931, Champourcin se matricula en un curso de biblioteconomía y aprende encuadernación: quiere independizarse. Vive con sus padres, a quienes quiere, pero con quienes la distancia ideológica es cada vez mayor. Conoce a Juan Ramón Jiménez y a Zenobia Camprubí, a la que admira como mujer activa («más allá de su rol de víctima de mujer de poeta neurótico», apuntó Pérez Bustamente). En el poeta moguereño, señaló la experta, encuentra un maestro que la anima a leer a jóvenes autoras como Carmen Conde, con quien entablará una amistad duradera.

De izq a dcha: Ana Pérez Bustamente, Amelina Correa, Noemí Sabugal

Desde la influencia del abate de Bremond, Champourcin comienza a concebir la experiencia mística como análoga a la poética: la palabra —religiosa o literaria— es performativa, crea realidad en el mismo acto de decirse. A Carmen Conde le confiesa su modo exaltado de estar en el mundo y su aspiración a realizarse plenamente en la gracia del verso, fusionando lo erótico, lo místico y lo poético.

No se adhirió a la poesía de compromiso político, pero —como recordó Pérez Bustamante— en su época escribir ya era un gesto político. Ernestina se sentía sola en su entorno: leía, escribía y, por tanto, se sentía rara. Y es que, en la acepción de «poco habitual», lo era.

Entre la vanguardia y la mística

Su voz se fragua entre la poesía pura y la vanguardia, plenamente visible en La voz en el viento (1931). Un poema anterior, «Danza en tres vientos» (1928), la muestra como una figura que parece querer salirse del cuadro y de su tiempo. Juan Ramón Jiménez le dedica en 1930 un retrato donde alude a su carácter nervioso e inquieto, a su «alto laberinto de enredo cegador».

Champourcin (1905-1999)

Este afán de libertad se intensifica con la llegada a su vida de Juan José Domenchina, escritor, crítico y secretario de Azaña, cómplice y amante. Su poesía amorosa alcanza entonces una dimensión ascensional, cercana a lo divino, comparable a la de Juan Ramón o Pedro Salinas. Champourcin conocía bien esa tradición: su madre era uruguaya y admiraba a Alfonsina Storni.

Gerardo Diego la incluye en la segunda edición de su Antología española (1934). Junto a Josefina de la Torre, es una de las dos únicas mujeres del 27 reconocidas oficialmente como miembros de la generación. Champourcin rechazaba el término «poetisa», que consideraba «displicentemente patriarcal», y se declaraba al margen de escuelas y poéticas: para ella, la poesía era inspiración. «Creo en el Espíritu Santo y en la inspiración», decía.

El silencio posterior

Amelina Correa, catedrática de Literatura en la Universidad de Granada, centró su intervención en el proceso de borrado posterior. Recordó cómo, tras la muerte de Dámaso Alonso en 1990, comenzó a afirmarse que Rafael Alberti era el último superviviente del 27, pasando por alto que tanto Ernestina de Champourcin como Josefina de la Torre seguían vivas. «A mí me indignaba oírlo», confesó Correa, que recordó que ambas autoras entraron, digamos por la puerta de atrás, en la segunda edición de la famosa antología que llevó a cabo el poeta Gerardo Diego.

Las mujeres participaron en las mismas iniciativas culturales que sus compañeros varones en los años veinte y treinta, pero ellos acapararon el reconocimiento, los méritos y el relato fundacional. La famosa foto del grupo oculta un envés: la lucha de las Sinsombrero, invisibilizada tras la Guerra Civil, que condenó sus obras al olvido.

Champourcin concibe la experiencia mística como análoga a la poética.

Correa situó a Champourcin en una genealogía más amplia de mujeres que unieron escritura, espiritualidad y pensamiento crítico, desde Marguerite Porete hasta Teresa de Cartagena o santa Teresa de Ávila. En la segunda mitad del siglo XX, señaló, el prejuicio cambió de signo: una sociedad secularizada empezó a desconfiar de las voces que hablaban de Dios. Ese fue uno de los motivos —según recordó, citando a Emilio Lamo de Espinosa— del silenciamiento de Champourcin.

Obras como En presencia oscura (1952), escrita en el exilio mexicano, muestran una poesía marcada por la crisis espiritual, donde la pasión amorosa persiste, ahora orientada hacia lo divino, con ecos de san Juan de la Cruz y santa Teresa.

Un reconocimiento tardío

Noemí Sabugal cerró la sesión con un dato revelador: Ernestina de Champourcin recibió el Premio Euskadi de Poesía en castellano en 1989, diez años antes de su muerte. Un reconocimiento tan justo como tardío, que resume bien la trayectoria de una escritora a la que se silenció por ser mujer… y por hablar de Dios cuando ya no convenía.

El acto, lleno de efemérides, coincidió además con el centenario de la inauguración del edificio del Círculo de Bellas Artes, un marco simbólico para reivindicar, desde una institución independiente y en colaboración con la ACE, a una autora cuya trayectoria quedó oscurecida por una doble condición incómoda: mujer y mística.

Cien años después de su primer poemario, podemos acercarnos a la obra de esta poeta, que no poetisa, de hechuras trascendentales en un momento en que, más libres de prejuicios que antaño, quizá su voz vibre como merece.

 


 

Manuel Rico, presidente de ACE, introduce el acto

Martes 9 de diciembre – Sala María Zambrano
Maestras creadoras: el legado simbólico. Dedicado a Ernestina de Champourcin
Participan: Ana Sofía Pérez Bustamante, Amelina Correa
Modera: Noemí Sambugal 

 

Organizan Círculo de Bellas Artes y Asociación de Escritoras y Escritores (ACE)