Marina Tapia nos enseña a retratar la edad

En Nômade, Marina Tapia convierte un viaje por Portugal en una ocasión para explorar memoria e identidad. Lo hace con un espíritu errante, en una sugerente combinación entre el verso libre y el soneto clásico.

© JESÚS CÁRDENAS

Conocedor del trayecto poético de Marina Tapia —poeta, artista plástica y divulgadora cultural, nacida en Valparaíso (1975) y afincada en Granada—, su vocación sostenida encuentra un nuevo cauce en Nômade (Entorno Gráfico Ediciones), que es un libro nacido a raíz de su estancia en Óbidos en 2023, tal y como señala atinadamente Virgilio Cara Valero en las páginas preliminares. La anterior antología, Mixtura (Averso), que reunía diez libros y adelantaba algunos inéditos, permitía reconocer ya una poética asentada sobre determinados núcleos, tales como identidad, paisaje, erotismo, memoria y reflexión sobre la propia poesía. A ellos, se les pueden añadir unos rasgos formales que aquí adquieren especial relieve: la plasticidad de las imágenes, la riqueza sensorial, la densidad simbólica y un tono íntimo que nunca pierde su dimensión metapoética.

Nômade reúne casi cuarenta poemas articulados en dos capítulos y una coda. No se trata, sin embargo, de una simple distribución organizativa: la estructura reproduce el movimiento esencial del libro. El primer capítulo, «Cuaderno portugués», dialoga con Pessoa y Ana Luísa Amaral, convirtiendo el desplazamiento por Óbidos, Caldas da Rainha, Peniche y otras geografías en una experiencia de conocimiento. En Tapia, la geografía se interioriza, se vuelve memoria y acaba modificando a quien la contempla. Portugal y Valparaíso, Granada y Sierra Nevada, terminan configurando la cartografía del afecto, en la que el origen es precisamente aquello que se reconoce al desplazarse.

Cuarenta poemas y una coda

Así se presenta en «Destino», donde las «viejas chimeneas», los «arcos que se caen» y las «puertas derribadas» componen una arquitectura de la ruina. En este caso, el poema avanza mediante una sucesión de imágenes visuales, casi pictóricas, y el movimiento verbal —«Me iré», «Buscaré»— transforma el viaje exterior en búsqueda de una esencia que será, paradójicamente, «intensa y diluida». La paradoja es relevante: no puede poseerse del todo aquello que persigue. De ahí que el lenguaje aparezca como insuficiente. «No hacen falta recuerdos ni poemas», afirma en «De la existencia de otros lenguajes», para concluir: «Hoy no necesitamos las palabras». Eso nos deja ante su paradoja fundacional: cuando la experiencia alcanza determinada intensidad, la palabra descubre sus límites a la par que la confirma en su necesidad.

El verso libre que integra esta primera parte propicia esa condición errante. Los encabalgamientos, las pausas y las enumeraciones favorecen el desplazamiento de la mirada de un objeto a otro sin someterse a una arquitectura excesivamente cerrada. La sintaxis hace ahora de cámara que recorre fachadas, muros, sombras, musgos y objetos. «La luz, alguna sombra, el musgo y el verdín / dibujan las palabras», así transmuta la percepción en escritura: pintura y poesía, en ese momento de la revelación, llegan a hermanarse. Algo similar sucede en «Bodegón portugués», donde la cerámica remite al «barro elemental», materia originaria que ya había adquirido relevancia en su anterior poemario, Piedra que mengua. El objeto primario y cotidiano conserva una memoria de la materia y del tiempo.

El segundo capítulo propone un desplazamiento decisivo: los poemas adoptan la forma del soneto clásico consonante. La poeta nómada se somete ahora a una forma rigurosa. Esta aparente contradicción constituye uno de los aciertos estructurales de Nômade: la errancia se encauza. Endecasílabos, rima y distribución estrófica canalizan la emoción sin anularla: «Fui nómada, lo sé, una emigrante» condensa así una identidad que, además de recorrer el itinerario, hace de ese movimiento su condición existencial.

La dedicatoria —«A Valparaíso y a Granada, tierras de asombro y errantía»— establece los principios de esta segunda sección. El origen ha llegado a convertirse en una doble pertenencia. «Sierra Nevada: en ti Valparaíso» funde espacios distantes mediante una imagen de superposición temporal: «contenido el ayer en el ahora». El paisaje se modifica entonces por un territorio interior donde memoria y presente se reconocen. Y por supuesto, la escritura proporciona una forma de arraigo: «solo escribiendo sola en mi solsticio, / puliendo cada texto sin apremios»; y más adelante, con una formulación que puede servir como declaración de poética: «mi tiempo es el lenguaje». La errancia determina un modo de estar.

La poeta construye toda una cartografía del afecto.

La tradición literaria aparece asumida como otra forma de viaje. José Hierro, Gonzalo Rojas y Valente conviven con las autoras del soneto 7 —Rosalía, Emily, Alfonsina, Mulder, Atencia, Gloria, Ángela Varela, Pizarnik y Szymborska—, cuya herencia se resume en una triple anáfora: «Me mueve». La repetición imprime ritmo y convierte la genealogía literaria en latido: «Me mueve su lenguaje que es latido. / Me mueve esa verdad en femenino. / Me mueve para amar lo que perdura». La tradición no pesa como biblioteca, sino que actúa como impulso vital y conciencia ética.

De esta manera, la pregunta vertebra la mayor parte del libro: «¿quién huye de una vida proyectada?», «¿Quién cambia lo seguro por la nada?». Aquí el nomadismo toma otra  dimensión interior: si se elige una «vida fronteriza», se acepta la incertidumbre en el contexto de una forma de integridad. El viaje exterior se revela finalmente como movilización de una conciencia y de una búsqueda de una identidad que existe por abrirse.

La coda mantiene esa tensión que recupera a su vez en la imagen final de enorme potencia: «¿Qué paisaje de fondo en mi retrato?». La poeta termina viene a ser figura y paisaje a la vez. Nômade convierte la errancia en método de conocimiento. Tal vez ser nómada consista en aprender que el destino también se escribe mientras se busca.

 

Nômade, Marina Tapia, Entorno Gráfico Ediciones, 2026, 80 páginas, 10 euros.


 

EL AUTOR

JESÚS CÁRDENAS (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es profesor de Lengua Castellana y Literatura. Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Sevilla.

Como investigador literario, ha escrito ensayos y dado conferencias sobre Juan Ramón Jiménez, Antonio Machado, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, García Lorca, Pier Paolo Pasolini… Como crítico literario colabora con reseñas en diferentes revistas literarias.

Hasta la actualidad es autor de los libros de poemas: La luz de entre los cipreses (Sevilla, 2012), Mudanzas de lo azul (Madrid, 2013), Después de la música (Madrid, 2014), Sucesión de lunas (Sevilla, 2015), Los refugios que olvidamos (Sevilla, 2016), Raíz olvido, en colaboración con Jorge Mejías (Sevilla, 2017), Los falsos días (Granada, 2019) y Des