Traducción, edición y culturas fueron de la mano en una de las jornadas de la primera de las dos sesiones del ciclo ‘Los archipiélagos de la literatura española’, dentro del programa ‘Archipelagos’, que aterrizó en Madrid los días 8 y 9 de abril (de 2026). A continuación, crónica de la sesión ‘La traducción editorial y la bibliodiversidad: el papel del traductor como prescriptor’. Participaron traductores como Mateo Avit Ferrero, Marco Vidal y Montse Tutusau, moderados por la también traductora Elia Maqueda. Introdujo el evento Marta Sánchez-Nieves, de ACE Traductores.
© REDACCIÓN ACE
Si bien apenas un 10 % de los traductores viven exclusivamente de traducir, el diagnóstico sobre la situación del sector que se ofreció en la primera sesión de ‘Los archipiélagos de la literatura española’ no fue tan sombrío como suele ser norma en los eventos que aúnan literatura y economía. Si bien resultaba algo paradójico celebrar dicha sesión el día en que al menos un escritor o escritora se sentiría, al menos por un día, millonario, con la concesión del abultado Premio AENA de Narrativa, la sensación que se llevaron los asistentes, o al menos este que tradujo lo allí expuesto a esta crónica que lees, no fue tan desoladora como de costumbre. Cuando menos, se contribuyó a ofrecer algo de luz en un sector tradicionalmente críptico como el editorial español, como recordó Marta Sánchez-Nieves, de ACE Traductores, encargada la organización de estas jornadas.
Mateo Pierre Amit Ferrero, uno de los tres asistentes del acto moderado por la también traductora Elia Maqueda constató que vivimos en un mundo de «hibridación» laboral. Una realidad forzosa dado el contexto de tarifas bajas y una oferta no siempre suficiente pero que, viendo la botella medio llena, provoca que el traductor, la traductora, se tengan que bregar en otras suertes. Como le pasa también al escritor, por no hablar del corrector o incluso del periodista, tres patas del perfil del autónomo cultural que se ve obligado a convertirse en multitasker, término empleado por Enrique Murillo en su Personaje secundario, de sus tiempos de hombre-para-todo en Anagrama.
De momento, los no agraciados con premios millonarios dedicados a los oficios por cuenta propia del libro, excepto ese afortunado y pequeño porcentaje de traductores que sí viven de ello, se ven empujados a combinar sus trabajos. Así, Montse Tutusaus, traductora del checo al castellano y catalán, trabaja como profesora en un instituto, y combina ese trabajo con las traducciones. Por su parte, Marco Vidal, otro de los participantes, se ha embarcado en un proyecto editorial, La tortuga búlgara, especializado en voces de aquel país.
Al margen de los equilibrios para llegar a fin de mes, en lo que coincidieron los ponentes es que en España queda mucho por hacer para colocar el papel del traductor en el papel que le corresponde. «En Francia se cuida mucho la profesión del traductor porque también son conscientes de que [los traductores] somos los responsables de llevar a sus autores a otros públicos», subrayó Mateo Avit Ferrero. A su juicio, en ese país se valora comme il faut la dimensión del traductor como un «puente cultural» entre dos mundos, y no tanto como una suerte de tecleador a destajo.
Tutusaus, que por la tarde ofreció una sesión sobre literatura checa, recordó que el Ministerio de Cultura checo ofrece una subvención importante para traducir las obras de sus autores a otras lenguas. «Sin la cual sería todo más dramático», reconoció esta traductora que comenzó sus pasos con la traducción de un libro infantil, Los zampacalcetines, de Pavel Šrut, que funcionó muy bien en el mercado español.

De izq. a dcha: Marco Vidal, Montse Tutusau, Mateo Avit Ferrero y Elia Maqueda
Porque, y esta es otra de las lecciones aprendidas en la primera de las dos sesiones de ‘Los archipiélagos de la literatura española’, celebrado en la emblemática Residencia de Estudiantes (Madrid), para llegar a la traducción todos los caminos son buenos. Así lo comentó Marco Vidal, que comenzó su andadura como traductor del búlgaro al español con la poesía. «La novela requiere constancia y dominio de la lengua escrita. La poesía permite entrar poco a poco, empiezas, paras, tiene algo de juego», comentó este licenciado en Filología Eslava que, cuando entró en contacto con la lengua y cultura búlgaras, quedó atrapado, hasta la fecha, por su magnetismo.
Traductores y editores mantienen una peculiar dependencia.
Los tres traductores presentes han participado en el programa ‘Archipelago’, con residencias en países de las lenguas que dominan, para traducir fragmentos de obras de autores locales de referencia, así como para establecer contacto con colegas de profesión, así como editores y escritores.
Traductores y editores: la extraña pareja
La expresión «amor-odio» se escuchó en la mesa de ponentes. Porque esos autores, reconocidos por la ley de propiedad intelectual, que son quienes se dedican a poner en lengua nueva los textos escritos en la lengua del escritor o escritora correspondiente, están condenados a trabajar con editores. Ambos se necesitan y ambos pueden beneficiarse de esa relación.
Porque, como apuntó Mateo Avit Ferrero, los traductores tienen la capacidad también de realizar labores de «scouting», esto es, tomar nota de autores que despuntan en sus países de origen y sugerir su traducción al español y, por tanto, convertirse en prescriptores. Pensemos en libros como El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes, de Tatiana Tibuleac o en las obras de Cărtărescu, dos autores en lengua rumana que han resultado de lo más rentable, en términos de ventas pero también de imagen, para una editorial como Impedimenta y que en algún momento alguien dio a conocer. Y es probable que fuera una traductora; de hecho, el editor de la citada editorial, Enrique Redel, ha reconocido que muchas de sus decisiones editoriales las fía a traductores de confianza, como Marian Ochoa de Eribe.
Porque, aunque parezca evidente, no está de más recordar que el traductor tiene esa facultad que en el editor, por norma general, no tiene. Porque un editor medio podrá conocer el inglés, el francés y quizá el italiano, pero no es tan habitual que conozca lenguas más minoritarias como las eslavas o algunas de las centroeuropeas.
«Los traductores tienen la capacidad también de realizar labores de scouting».
Y es ahí donde la figura del traductor emerge, nunca mejor dicho, con especial valor, pues es capaz de hacer ver, y esa es una de las ideas motoras de estos encuentros, esas islas a menudo solapadas por el mar de fondo de los grandes grupos, de las lenguas mayoritarias, que las arrinconan sin remedio. De ahí la labor de ese traductor no solo como prescriptor de obras de valor, sino como el puente cultural que se citó anteriormente, más rico si cabe si pone en conexión a mundos tradicionalmente ignorados mutuamente.
Una propuesta editorial
Latitudes distantes no solo en lo geográfico o lingüístico, como también en lo cultural o lo literario. Es el caso de Calendario de poetas, obra que tradujo el propio Mateo Avit Ferrero (con Pablo Martín Sánchez) y que reúne curiosidades diarias de distintos escritores a lo largo de un año, con especial querencia por las autoras del grupo Oulipo, del que Avit Ferrero es experto.

Lema del programa Archipelagos
Así, traductores y editores mantienen una peculiar dependencia, que se mueve entre los «silencios administrativos» y la mutua cooperación. Porque, como reconoció la moderadora, Elia Maqueda, a veces puede resultar algo intruso querer plantear obras a un sello editorial que tiene su propia política, su propio catálogo. De ahí que, como señaló Avit Ferrero, lo más productivo a la larga sea mantener un contacto fértil con un reducido grupo de casas editoriales que lanzarse a lo loco a enviar propuestas.
Un ejemplo de esa colaboración lo ilustró Montse Tutusaus con el caso de la escritora checa Radka Denemarková, escritora checa premiada que, si bien ya tiene obra publicada en España (en Galaxia Gutenberg), hay obras aún sin ver la luz y que merecía la pena traducir. «Es una autora que busca la verdad, la verdad histórica, con un estilo muy atractivo», recalcó Tutusaus.
Marco Vidal consideró que esa relación con las editoriales es un trabajo un poco ingrato al principio. «Nadie te ubica, básicamente no existes en el mapa. No te explican en la carrera como hacer una propuesta editorial y al principio andas un poco perdido, sin comunidad y sin apoyo de otros traductores», comentó. Además, los traductores que comienzan no tienen un currículum amplio que mostrar, sumada a su propia inexperiencia, lo que dificulta su inserción laboral. Para suplir esas carencias, surgen iniciativas como CELA, que busca crear una comunidad de «artistas literarios emergentes de los mercados lingüísticos minoritarios» dentro de Europa.
Iniciativas que, como el propio programa Archipelagos (voz de origen griego, pronúnciese arkipélagos), contribuyen a dignificar la labor de traducir.



