El sol no es solo patrimonio de la infancia. Así lo demuestra Miguel Munárriz en Empeñados en ser felices, libro de memorias que es también un repaso a casi medio siglo de actividad literaria y cultural en la España democrática.
© EDUARDO LAPORTE
Si Enrique Murillo, como dejó patente en su Personaje secundario (Trama), es el hombre en España —parafraseando a Astrud— que lo ha hecho todo en el mundo de la edición, de Miguel Munárriz (Gijón, 1951) se podría decir algo parecido dentro de la gestión cultural literaria. Así, en Empeñados en ser felices (Aguilar), hace un repaso de sus diversas facetas como hombre comprometido con la literatura, como leemos en la propia contracubierta. Munárriz (sin parentesco con el editor de Hiperión con el que comparte apellido) ha sido un letra-herido que se ha desempeñado como «librero, agitador cultural, periodista, escritor pero, sobre todo, lector».

Edita Aguilar
Las 350 páginas (clavadas) de este libro netamente memorialístico (más que confesional) se leen como un viaje social y cultural que va desde los primeros años del autor como librero en un establecimiento llamado Lorca en Langreo, Asturias, a toda una vida entregada al mundo del libro en sus diversas manifestaciones, tanto es así que hay quien lo etiquetó como «factótum literario». Como muchos amantes de la lectura, a aquel joven Munárriz metido a librero le pudo el corazón: «En aquellos años yo sabía un poco de libros y nada de finanzas. Aun así, me embarqué en una aventura de la que no me arrepiento, aunque me hubiera dejado sin blanca».
Munárriz nos lleva por su recorrido literario-biográfico al tiempo que describe la historia reciente de España desde la óptica de la intrahistoria, que es como realmente uno puede captar el Zeitgeist de una época. Y cita títulos como El libro rojo del cole, del ilustrador Romeu, como una publicación libre, fresca, subversiva, que certificaba la muerte del franquismo.
El autor ha elaborado estas memorias tirando de recuerdos, pero también de lo que entiendo son notas, cuadernos, diarios, pues hay mucho rigor, riqueza, nombres, datos y poca divagación o comentario nebuloso y gratuito. Munárriz es un agente cultural activo de la Transición a nuestros días (recordemos que en 2004 se asocia con Palmira Márquez para fundar la agencia literaria DosPassos, una de las más activas de nuestro país) y todo lo vivido y lo aprendido se comparte en este ameno tomo.
En las antípodas del ajuste de cuentas —el citado libro de Murillo pone unos cuantos puntos sobre las íes—, Munárriz nos ofrece un retrato amable de los personajes, muchos, que por su libro circulan, más en la órbita de un Juan Cruz con sus Egos revueltos que de otras remembranzas más procaces o aciduladas, y pienso en la Segunda memoria, de Salvador Pániker.
Apostar por la felicidad
El libro se mantiene fiel al título y tiene más de colección de buenos momentos que de otra cosa, lo cual le confiere algo de outsider, o texto a contracorriente, pues no se cae en la celebración empalagosa ni tampoco en una jovialidad excluyente. Pienso en esas tertulias radiofónicas en que a la mínima los invitados irrumpen en una sonora carcajada como para dejar claro un estatus: yo soy feliz y me da igual si tú lo eres. No pasa esto en el libro de Munárriz, donde la clave pasa por compartir y no por ostentar.
El libro se sitúa en las antípodas del ajuste de cuentas.
Porque decía Jodorowsky que quien atesora un saber, sobre todo llegado a cierta edad, está en el deber de compartirlo y quizá suceda algo parecido con la dicha, y haya algo de obsceno en guardársela para sí, al contrario de lo que se suela pensar. A mí, al menos, como lector, esta fiesta no me ha resultado pomposa ni ajena, y no me ha costado esfuerzo, al revés, identificarme con el espíritu del libro y que da origen al título. A saber, una reunión informal tras un acto literario, los Encuentros Literarios (impulsados por Munárriz desde 1987 hasta el año 2000), en el Oviedo antiguo. «A los postres, por indicación de Bárbara Jacobs, pedí una buena tabla de quesos. A [Augusto] Monterroso, al verla, le brillaron los ojos y dijo: «Estamos empeñados en ser felices»».
La trastienda de la publicación
Si recientemente se celebró, dentro del ciclo Escribir y sus circunstancias, una sesión dedicada a la «trastienda de la edición», en este libro nos encontramos con buenas páginas referidas a la vida literaria, a ese alternar con escritores y participar de su estrella. Ese otro lado que solo quienes tienen un trato cercano con los autores y autoras llegan a conocer, como es el caso de Munárriz, tanto como gestor cultural, como por su labor en comunicación en las editoriales más importantes de España o como coordinador de aquel suplemento cultural, ya desparecido, del diario El Mundo, La Esfera.

Miguel Munárriz, rodeado de libros
El lector curioso por conocer esas entretelas disfrutará con ese trato cercano con aquellos autores, de cierto prestigio, que un día conocieron la consagración que trae un galardón como el Nobel. Como el caso de Günter Grass, que antes de aquel reconocimiento podía moverse con toda paz por Madrid, meses antes de su Nobel de 1999. El hecho de que un lector lo reconociera, en un restaurante («¡Es Günter Grass, el escritor alemán!») lo dejó atónito. Apenas cuatro años después, lo recuerdo porque estuve ahí, la presentación de sus memorias, A paso de cangrejo, llenaban hasta la bandera la sala de columnas del Círculo de Bellas Artes de Madrid.
También se leen con gusto capítulos como el referido al también Nobel de Literatura (2006), Orhan Pamuk, y cómo no tuvo reparo en usar el suelo de la editorial, con moqueta eso sí, para echarse una reparadora siesta tras un encuentro con periodistas. Tres años después, aquel escritor apenas conocido en España, menos incluso que Grass, ganaba el mayor premio literario.
Puestos a colocar un pero a un texto, este vendría precisamente de lo que se entienda como virtud, es decir, esas «intenciones luminosas», como el propio autor señala en el prólogo, que atraviesan la obra. Porque si bien hay capacidad para el juicio riguroso cuando procede —como el capítulo «Un poeta en un 127», dedicado a Ángel González pero también a su viuda, Susana Rivera, y cómo ella habría tomado un «camino tan contrario al espíritu» del escritor ovetense—, en otras, como en el caso del director teatral Ángel Gutiérrez (1931-2024), del que leemos que su vida «es una oportunidad para que un escritor la novele y sea llevada al cine», se echa en falta un cierto ir también a lo oscuro. Porque de hacer una película de la vida de dicho director, habría que abordar también las incómodas acusaciones que recayeron sobre su persona en su última etapa al frente del Teatro de Cámara Chéjov. Claro que el autor de estas memorias quizá no conocía dicho capítulo controvertido de alguien que dijo: «Agradezco al destino que me enviara tantas dificultades».
El lector de Empeñados en ser felices agradece, en cambio, esa biografía cargada de anécdotas, encuentros y oportunidades para ver, aunque sea por un rato la cara luminosa ese contexto, el literario, a menudo tildado de hoguera de vanidades y de concurso de narcisismos, algo, ya digo, que tiene algo de valiente gesto a contrapelo y que se valora especialmente en estos tiempos cenicientos.
Empeñados en ser felices. Crónica sentimental de una vida entre libros, Miguel Munárriz, Aguilar, 2024, 376 pp, 20,80 euros.
EL AUTOR

Foto Berta Delgado. YANMAG
EDUARDO LAPORTE. Escritor y periodista cultural. Nacido en Pamplona en 1979, reside en Madrid desde 2005. Ha publicado libros como Luz de noviembre, por la tarde, o La tabla, en Demipage, así como un diario íntimo en la editorial Pamiela y su particular visión sobre Baroja en Ipso Ediciones.
En 2021, publicó otra entrega de su Diario a ninguna parte en la editorial papeles mínimos bajo el título de Tiempo ordinario y la primera biografía en español sobre Battiato (tras la de Margaretto de 1990) en el sello Sílex: En presencia de Battiato. En 2024, ha reunido su visión sobre su tierra natal en Navarra-Madrid, también en Sílex.
En enero de 2025 publicó, en Sr. Sc
—



