Alejandro Gándara: «Los libros, sin comunidad, pueden producir locos»

Ser un autor multipremiado y que esos premios sean justos es un hecho excepcional en la literatura española. Es el caso de Alejandro Gándara (Santander, 1957), que ha ganado el Premio Nadal, el Premio Herralde de Novela y el Premio Anagrama de Ensayo y, por su último libro, el Premio Eugenio Trías de Ensayo. Que los acumule sin aspavientos dice mucho de un escritor que trabaja sin concesiones a la galería, sin otro interlocutor que la propia exigencia.

Su prosa tiene la precisión de quien conoce el peso exacto de cada palabra. Hay en ella algo que recuerda a Juan Benet —esa densidad moral, esa negativa a simplificar lo que es complejo— y también a estudiosos de la mística de la antigüedad, como Joseph Campbell. Su inteligencia se mueve con soltura entre el pensamiento abstracto y la experiencia concreta, sin que la costura se note. Pero Gándara es, sobre todo, una voz escéptica y emocional al mismo tiempo, que se ha ido afilando durante cuarenta y tantos años de enseñanza, lectura y escritura.

Pocos escritores en lengua española se mueven con semejante naturalidad en la Antigüedad. No como erudición decorativa, sino como herramienta viva. Gándara conoce el mundo grecolatino y el pensamiento semita —la Biblia, los trágicos, los presocráticos, Platón, Gilgamesh— con la familiaridad de quien no solo ha convivido con esos textos durante toda una vida, sino que le sirven para comprender el presente. No en vano, su último libro es un recorrido por la sabiduría antigua titulado Los textos robados a la felicidad. 22 historias para vivir sin miedo.

La entrevista tiene lugar en su casa-taller de Madrid.

© RECAREDO VEREDAS (con fotos de LUIS DAZA)

¿Qué pretende este libro, qué quiere causar en el lector? ¿Es una guía de vida? ¿Qué es?
Lo empecé a escribir cuando me di cuenta de que había un montón de enseñanzas que había impartido por aquí y por allá, pero mis hijas pequeñas ignoraban. Por su edad nunca me iban a oír hablar de esos temas y desde luego no tenían ninguna guía para conducirse en los dilemas de la vida. Me pareció que se lo debía. Durante un par de años fui apuntando asuntos relacionados con la forma de vivir una vida buena, dentro de lo difícil que es la vida, que es todo a la vez: lo bueno, lo malo, lo doloroso, lo alegre. El dolor llega en algún momento y sobre todo lo que llega más a menudo es el error a la hora de considerar no solo las circunstancias de la vida, sino también nuestra forma de enfrentarnos a ella.

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El segundo aspecto importante es que en los últimos años me fui dando cuenta de que la gente no percibía el daño. Destrozaba sus vidas, se hundían, pero por alguna razón estaban acostumbradas, lo daban por hecho y, por tanto, no actuaban directamente. Es como la morfina: en realidad no te quita el dolor. Lo que hace es que lo veas a distancia. Sigue estando ahí, pero es como si te hubieras situado en otra parte. Lo mismo le ocurría a gente querida. Era como si el daño que se estaban haciendo, la destrucción que estaban provocando en su vida, pudieran no sentirla, pudieran estar completamente ajenos a ella. Mientras, objetivamente, se iban destruyendo cada vez más. Entonces me pareció que era el momento de escribir el libro, más como la necesidad de dejar un legado sincero para que alguien lo leyera alguna vez y dijera: «¿Qué tengo que hacer? ¿Por qué tengo que hacer estas cosas? ¿Cuál es el sentido de todas estas convenciones culturales en las que estamos viviendo? ¿Qué nos enseñaron los antiguos? ¿Cómo puedo vivir, a pesar de las dificultades, una vida buena?». Porque se puede vivir una vida buena a pesar de todo lo malo.

Dices que hay que evitar que el dolor se convierta en daño, pero eso es muy difícil. Al menos hacerlo de una manera absoluta. Sobre todo si sabes quién te ha causado el dolor.
Sí, pero el dolor va a estar ahí siempre, ya proceda de los otros, de ti mismo o de las circunstancias. Cuando pasó la COVID, eso produjo una devastación enorme, una devastación psíquica, además. Después de la pandemia vírica vino la pandemia psiquiátrica; hubo un verdadero daño. Pero gran parte de ese daño —para sintetizar— es lo que nosotros hacemos con el dolor. Podemos considerarlo como parte de la vida y por tanto aceptarlo, intentar darle algún sentido. O podemos simplemente enfrentarnos a él, renegar o salir en direcciones erróneas. Eso nos daña de manera irremediable. Por ejemplo, dos personas se separan, una de ellas sigue amando a la otra y para evitar el dolor busca rápidamente es un sustituto. Ahí el daño está garantizado.

Otra situación muy común: cuando te echan del trabajo, cuando las cosas te salen mal o cuando profesionalmente la cosa no funciona. A veces hay causas objetivas y ya está. Pero muchas veces no hay razones. Muchas veces en la vida no existe una razón que tú puedas encontrar. Es como cuando se deja de amar: a veces se sabe y a veces no se sabe en absoluto. Si buscamos razones donde no las hay, estamos produciendo una clase de daño bastante común en las relaciones humanas: querer saber lo que no se puede saber. De ahí que en el mundo antiguo el sabio no era el que sabía muchas cosas, sino el que sabía distinguir entre lo que se podía llegar a saber y lo que no se podría llegar a saber nunca. Y para hacer esa distinción hay que estudiar, hay que discutir, hay que vivir en comunidad, hay que reflexionar.

Dices que Dios nació para que pudiéramos entendernos. ¿Entendernos entre nosotros o a nosotros mismos? ¿Cómo es eso?
Siempre he mantenido que Dios es el espacio en que nos pensamos a nosotros mismos. Es decir, la forma en que nosotros pensamos aquello que desconocemos completamente, el sitio que nosotros ocupamos en el universo. Dicho de otro modo: la forma de decirnos a nosotros mismos quiénes somos. En la Biblia hebrea se ve con toda claridad cómo el pueblo elegido se dice a sí mismo que es un pueblo elegido, que triunfará, que sobrevivirá a todas las catástrofes, a través de una gran historia en la cual hay un creador que traza una promesa con su pueblo y una alianza. Para nosotros, como para santa Teresa de Jesús, Dios es ese espacio en el cual podemos pensar lo que estamos viviendo. Esa sería, al menos, mi definición canónica.

«A pesar de todo lo malo, se puede vivir una vida buena».

¿Cómo has afrontado la escritura de este libro? ¿Cuál ha sido el proceso? Porque tiene una escritura de un nivel muy alto. ¿Has corregido mucho?
No, ninguna. Lo escribí de un tirón, en seis meses o algo así. No era como escribir una novela, en la cual tienes que ir averiguando, buscando información o revisando la coherencia. Todo esto estaba más o menos hecho, porque llevo dando clases desde los veintiún años y ahora tengo sesenta y nueve. Son ideas muy sedimentadas, asuntos que he trabajado muchas veces y sobre los que a veces cuesta que los demás hagan caso en la experiencia diaria de la vida. Todos pensamos muy bien cuando nos ponen en una cátedra con un público delante, pero pensamos muy mal cuando estamos solos. Por eso siempre he defendido que leer está bien, siempre y cuando haya una comunidad lectora, un intercambio. Si no hay ningún intercambio, ninguna comunidad, los libros pueden producir locos fácilmente, como ya dijo nuestro insigne narrador de Alcalá de Henares.

Alejandro Gándara, en un momento de la entrevista. Fotos: LUIS DAZA

El amor verdadero es un maestro, dices. ¿Cómo lo entiendes?
Nos enamoramos y amamos para aprender. Eso es lo que dice Diotima en El banquete de Platón. Cuando nos relacionamos con otro, primero tenemos que aprenderle —no solamente conocerle, tenemos que aprenderle, saber quién es—, después tenemos que unirnos a él. Todo eso supone por nuestra parte un aprendizaje enorme, que afecta al otro y nos afecta a nosotros. En ese proceso nos vamos transformando. El aprendizaje es la única forma real en que aprendemos: solamente aprendemos a través del amor. Lo otro no se aprende, se sabe. La diferencia entre saber y aprender también la manejo en el libro: hay cosas que sabemos, pero no hemos aprendido. El aprender es lo que te atraviesa, lo que realmente te construye, te constituye. Hay muchas cosas que sé, pero hay muchas menos que he aprendido. Las que he aprendido son las que constituyen mi ética, mi conducta, mi carácter.

¿Cómo diferencias eso, lo que sabes de lo que has aprendido?
La parábola de los talentos lo explica muy bien. Hay gente que hace cosas con lo que sabe y hay gente que no. En la parábola, el señor —alguien que le gusta tomar donde no ponía y segar donde no sembraba, como todos los siervos lo saben— deja un talento a tres siervos para que hagan algo con él. Dos lo multiplican y se lo devuelven. Pero hay uno que, sabiendo eso, lo entierra en el suelo y cuando el señor llega, se lo devuelve sin más. El reproche del señor no es que le devuelva un solo talento, sino que, sabiendo lo que el amo quería, no lo hiciera. Conocemos muchas cosas que no hacemos. Sabemos que hay que ser leales, que hay que actuar con rectitud, y nos da igual. Todo el mundo sabe lo que sabe y lo que hace con lo que sabe.

«El orden que deseamos no es el orden que existe. En el tiempo y el espacio, todas las cosas son apropiadas.» ¿Es eso una afirmación teológica?
No, es bastante sencilla. Generalmente existimos y nos relacionamos con lo que está fuera de nosotros a través de las ideas que tenemos de las cosas. Decía Goethe que no hay que buscar teorías, que la teoría está ya en los hechos. Si prestáramos atención, entenderíamos muchísimo más que si vamos simplemente con nuestras ideas preconcebidas a relacionarnos con la vida. Cada cosa seguramente está en ese sitio por algo. También la muerte debe estar por algo; si no, seríamos otros. Pero creo que la contemporaneidad se define porque los individuos viven en su propia mente. No viven en ningún otro sitio ni con los demás, no viven en la acción transformadora de las cosas: viven en su propia mente.

«Debes aprender quién eres, pero quién eres entre los otros».

También escribes que ningún ser humano puede negar lo que es sin convertirse en un monstruo.
Cuando Sócrates dice aquello de «conócete a ti mismo», que es una máxima muy antigua —también estaba en Heráclito—, lo que está diciendo es que esa es la tarea más difícil de todas, pero también tiene que ser la más rigurosa. Debes aprender quién eres, no en un sentido psicológico, sino en el sentido de quién eres entre los otros. Y esa es una tarea complicadísima, porque entre los otros tendemos a conducirnos como si fuéramos un ideal de nosotros mismos. Estás entre los otros como el ideal que esperas que los otros vean. Es muy difícil sustraerse al influjo que tienen los otros sobre tu propia elaboración del ideal.

¿Qué se pierde y qué se gana cuando se baja al infierno según el heroísmo clásico? Eso está vinculado también con lo del dolor que comentábamos antes.
Tiene que haber una conciencia de la mortalidad. Debe haber una conciencia de que lo que somos, porque vamos a morir. Si no, muchas cosas no tendrían sentido: ni los placeres, ni los esfuerzos, ni la reproducción. Entonces, en la catábasis, el viaje clásico al inframundo, para que el héroe realmente pueda desafiar la vida, pueda imponer su carácter sobre el mundo y no ser simplemente un muñeco del destino, necesita morir y resucitar de la propia muerte, necesita no temerla. Porque ¿qué es lo que sucede cuando bajas a los infiernos, cuando mueres? Que ese miedo se pierde. Eso lo cuenta mucha gente que ha tenido una ECM, una experiencia cercana a la muerte: el mayor efecto que tienen es que le pierden el miedo. Perder ese miedo y poder desafiar la vida es un aprendizaje que no está solo entre los griegos; está también en los egipcios, está en el propio Gilgamesh, y por supuesto está en Dante, dentro de lo más reciente.

Gándara conversa con Recaredo Veredas

¿Cómo fue la poda de este libro, qué has dejado fuera? Porque tenías bastante más material, seguro.
No, no lo creas. La escritura fue muy rápida. Escaloné los temas, los puse en secciones. Evidentemente, fuera se ha quedado todo lo demás: la historia de la literatura y el pensamiento antiguos. Pero están dedicados a demostrar algo que yo creo muy importante: que la literatura antigua —ya sea la Biblia o los trágicos griegos— es sobre todo una guía de viaje. Te cuentan cómo es la vida sin ningún tipo de perífrasis. Hablan tan crudamente como les es posible para que no nos engañemos acerca de la naturaleza misma de la existencia, que es crueldad, dolor, miseria, pérdida, infamia y destrucción. Tú lees los diez primeros capítulos de la Biblia y puedes morir de terror: hay fratricidios, un dios que se enfada y aniquila a la humanidad. Es un repertorio realmente inquietante. La Ilíada es lo mismo: no hay compasión con el lector.

«Dios es el espacio en que nos pensamos a nosotros mismos».

El lector debe entender que no hay otra vida que esa, que si quieres trabajar con el material del que está hecha la vida, tienes que trabajar con esos materiales, no con los materiales ideales de tu mente.
En ese sentido, la diferencia entre el mundo antiguo y el mundo posterior al cristianismo es que este último se llena de ideales acerca de todo. La piedra clave es el amor, que se idealiza hasta el punto de convertirse en una verdadera religión: ese amor que es feliz, que siempre lleva a buen término, que crea armonía. Cuando la experiencia de cualquiera anterior al siglo I de Cristo es que el amor es una tortura, un peligro; el amor puede aniquilarte. En el amor hay una incertidumbre, un riesgo y una pérdida de identidad que se pueden convertir en aniquiladoras para los protagonistas. Siempre está Sócrates cuando le preguntan cómo siente la vejez. Dice: «Pues mucho más tranquilo, desde luego, que la juventud, porque hay cosas que ya no tengo». Y se refiere a Eros. La pasión ya no está ahí, como un aguijón.

Quienes lo quieren todo y lo esperan todo no tienen corazón.
Hay que saber amar lo que uno tiene. Tarea también de las más difíciles. Lo que a uno le ha sido dado —que es una suerte casi siempre—, lo que se le concede, incluso aquello que uno preferiría no tener pero que es él al fin y al cabo, hay que saber amarlo. Lo que no puedes amar es aquello que no puedes tener o que simplemente no tienes. Decía Freud que una de las cosas más difíciles de aprender para los seres humanos es que no podemos tenerlo todo. Ese es el capítulo de Áyax: en el momento en que, después de ser un gran héroe, además quiere las armas de Aquiles, lo quiere todo, como si se lo mereciera de alguna manera. La vida nunca te lo da todo. La vida te da unas cosas y otras te las quita.

Por último, ¿en qué se ha diferenciado la escritura de esta obra del resto de tu obra ensayística y de la escritura narrativa? Porque esto tiene algo de libro de relatos también.
Sí, claro. Son los relatos que nos han contado de nuestra vida, cómo los han leído, cómo nos han dicho que había que leerlos y la diferencia con lo que dicen en realidad. Uno de los asuntos más importantes de este libro, aparte de ser un legado de lo que he hecho a lo largo de muchos años, es criticar en profundidad la forma en que nos han hecho leerlos. A veces simplemente por desidia; otras veces por mala intención; otras por inclinaciones doctrinales o ideológicas, nos explicaron e hicimos interpretar los clásicos en una dirección. Creo que uno debe enfrentarse a los textos clásicos sin interpretación de ninguna especie: de forma desnuda, en comunidad —eso sí—, con otros, porque hay mucho que discutir. Pero uno no debe estar nunca en la posición del intérprete. La posición del intérprete es la de alguien que va a salirse del texto y usarlo para otros intereses más o menos espurios. Yo no creo, como Steiner, que haya que estar interpretando todo el tiempo los textos en virtud de su contexto. Lo que hay que saber es el idioma en que está escrito el texto, conocerlo en profundidad, y en el texto está todo. No hay que buscar por fuera. Todo lo que tienes que encontrar está ahí. Si lo lees con otros, está todo ahí. No necesitas que te lo interpreten.

 

Los textos robados a la felicidad, Alejandro Gándara, IV Premio Eugenio Trías, Galaxia Gutenberg, febrero 2025, 336 pp., 22 euros.

 


EL AUTOR

RECAREDO  VEREDAS  (Madrid, 1970) ha estudiado Derecho, Edición y Creación Literaria. Ha publicado diez libros. Incluye los poemarios Nadar en agua helada (Bartleby, 2012) y Esa franja de luz (Bartleby, 2019), el ensayo No es para tanto (Sílex, 2016), la recopilación de testimonios Todo es verdad (Sílex, 2020), las novelas Deudas vencidas (Salto de Página, 2014) y Amores torcidos (Tres Hermanas, 2021), las colecciones de relatos Actos imperdonables (Bartleby, 2013) y Pendiente (Dilema-Escuela de Letras 2004) y el manual Cómo escribir un relato y publicarlo (Dilema-Escuela de Letras, 2006). Ha trabajado para diversas editoriales, entre las que destaca Alfaguara. Ha sido profesor en la Escuela de Letras y en Fuentetaja. Ha reseñado, entre otros medios, en Quimera, ABC, Política Exterior,  Letras Libres y Revista de Letras. Su última publicación tras Vida después del sueño (Sílex, 2021), co-escrita con el editor Ramiro Domínguez Hernanz, es Soberbia (De Conatus, 2024).